Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
4 mayo 2015 1 04 /05 /mayo /2015 19:27

Mi relato "Septiembre de 1936" se acaba de llevar una mención en el III concurso literario Leopoldo Marechal.

Septiembre de 1936

Manuel Fernando Estévez Goytre

La guerra me sorprendió una tarde de verbena en la que el tinto y los pasodobles me habían dejado para el arrastre. ¡Cómo negarlo, si medio Rojales sabía que la noche anterior me había reconciliado con las sábanas de madrugada, después de haber invitado a bailar a más de una veintena de chicas! Y eso que era tímido… ¡Virgen Santísima, lo que hace el vino!
A pesar de los pesares, mi cuerpo rebosaba vitalidad y no estaba dispuesto a perderme un día de fiesta por nada del mundo. Además, también merecía darme un homenaje de vez en cuando, ¡qué carajo!, no iba a ser todo trabajar, trabajar y más trabajar.
Como era de esperar en aquellos días en los que el llanto devoraba a la risa y el látigo y la mano dura acallaban voces y voluntades, tanto el ejército como los cuerpos paramilitares trataban de captar seguidores, casi siempre de una manera forzosa, pero yo, que no sentía especial simpatía por ninguno de ellos, alegué que mi trabajo era fundamental para el sostenimiento de mi familia y negué mi colaboración. ¡Qué iluso! ¿Cómo fui capaz de dar de lado a quienes ostentaban el mando? Mi actitud me costaría cara. ¡Cristo, cuánto me arrepentiría!
A los pocos días, cuando volvía de recoger coles de la huerta, encontré los cadáveres de mi padre, mi madre y mi hermana semienterrados en un barranco a la salida del pueblo. El suelo se hundió bajo mis pies. El infierno había abierto sus compuertas y dejado escapar la furia que encerraba dentro. ¿Quién había sido el autor del triple crimen? Nadie decía nada. ¿En qué momento, exactamente, había sucedido? Nadie parecía saberlo. ¿Alguien me ayudaría a recopilar información? Nadie quería implicarse. Y lo peor es que la escena empezaba a repetirse por todo el país. Era la tónica general. Unos cometían un asesinato. Los otros cometían dos. Venganza. Violencia. ¿Sangre? Sí. Sangre. ¡Mucha! Más de la que nunca debería haber corrido. Odio. La gente se mataba entre sí. Hermanos, primos, vecinos. ¿Nos habíamos vuelto locos? Peor aún, nos habíamos convertido en criminales. Llegamos a un punto en que ya no eran la política y la diferencia de clases las razones de tanta crueldad, sino las rencillas personales y familiares guardadas desde hacía décadas. El más miserable galón otorgaba poder para apretar el gatillo y ajusticiar a cualquier hijo de vecino. ¡Sin más explicación! Tumbas improvisadas, cal gruesa, paseos, paseos… sobre todo paseos. «¡Corred, hay que salvar la vida!» ¿Vida? ¿Qué era eso? ¿Cuánto costaba? ¿Qué significaba esa palabra en una España que agonizaba, que se ahogaba en su propia sangre? ¿Vida? Nos habíamos olvidado de lo esencial: del respeto mutuo, del amor al prójimo, de la libertad individual, y empezábamos a pagar las consecuencias de una guerra que, iniciada por un puñado de militares que jugaba a los soldaditos sobre un plano, superó en cuestión de días todas las expectativas en cuanto a muertes, torturas y represión y degeneró en el mayor desastre de la historia de nuestro país. Vuelta a la edad media. Vuelta al clero y a la vida castrense. Vuelta a la injusticia. ¿Nuestras vidas?, comenzada la contienda, no valían una perra chica.
¡Huir! Veintiocho años, solo y con la moral por los suelos. ¿Era aquel el panorama que me esperaba? Aunque la respuesta parecía ser afirmativa, me negaba a aceptarla. Sin embargo, por más que buscaba consuelo ni siquiera lo encontraba pensando en los bienes materiales que me pertenecían por herencia: un trozo de tierra cuyo cuidado se me antojaba un infierno, una cueva donde me sentía enterrado en vida, quinientos reales que mis padres habían guardado bajo siete llaves en uno de los cajones de la cómoda y una vieja mula, la Colorá, que siempre había tenido a mi disposición. Tristeza, nostalgia, recuerdos, ¡qué vida más perra!, no veía la luz ni al principio ni al final del túnel.
¿Qué hacer? ¿Hacia dónde ir? ¿Qué billete comprar?
La fe en Dios mamada de mis mayores se agrietó a la sombra de un naranjo, donde permanecí dos días con sus respectivas noches sin alimentarme más que de fruta y bebiendo y fumando como un cosaco. ¡Huir! ¿Sería capaz de hacerlo, yo, una persona que no había salido de la vega Baja? ¡Poner pies en polvorosa! ¡Alejarme del pueblo que había llevado a la muerte a mi familia! Necesitaba convencerme de que todo había sido una pesadilla, pero las raras veces que conseguía despertar de mi delirio me encontraba cansado, pálido y hambriento. «No soy yo –me repetía una y otra vez-, estoy acabado. ¡Necesito huir!»
Sin embargo, como sabía que la rabiosa juventud que circulaba por mis venas difícilmente me traicionaría en un momento tan delicado, decidí ponerme manos a la obra y sin saber cómo abandoné el trozo de tierra que había tomado por colchón, lavé mi cuerpo a conciencia y me desprendí de la mortaja que llevaba por ropa, que ya desprendía cierto olor a podrido. «¡No hay mal que por bien no venga –me dije-. ¡Ahora o nunca!» Me obligué entonces a alimentarme en condiciones, beber agua y zumos abundantes y hacer algo de ejercicio. En otras palabras, recuperar la dignidad que había perdido días atrás. ¡Vivir! Cierto es que mi herida emocional seguía abierta, no podré negarlo nunca, pero en poco más de una semana me sentí preparado para iniciar una etapa que nada tenía que ver con la anterior. ¡Huir!

Compartir este post

Repost 0
Published by deliriosdeautor
Comenta este artículo

Comentarios