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16 septiembre 2017 6 16 /09 /septiembre /2017 13:35
Una reseña de Manuel Fernando Estévez Goytre.  "El guardián entre el centeno”.   J. D. Salinger.  A menudo se escucha que “El guardián entre el centeno” es el sustituto del Quijote en América. Una comparación, a mi entender, un tanto arriesgada si tenemos en cuenta que no han pasado ni tres cuartos de siglo desde su primera edición. Cierto es que la que nos ocupa es una obra maestra de la literatura escrita en inglés, pero hasta el punto de compararla con nuestro querido Quijote… No sabría qué contestar. Y si lo supiera afirmaría rotundamente que la novela de J. D. Salinger tendría que someterse al examen del tiempo, aguardar a tener una longevidad de más de cuatrocientos años (como la obra de Cervantes) para demostrar si aguanta el paso de los siglos o si por el contrario se doblega a los caprichos de las modas que se imponen, precisamente, desde la lejana América. Pero como la historia me ha seducido desde el primer hasta el último capítulo y he salido más que satisfecho con su lectura, he decidido dedicarle un pequeño homenaje y contribuir con mi granito de arena a que supere con creces ese periodo del que acabo de hablar. Como curiosidad daré comienzo al cuerpo de esta reseña haciendo alusión a un hecho de sobra conocido: Mark David Chapman, como otros criminales tristemente famosos, estaba leyendo “El guardián entre el centeno” los días previos al asesinato de John Lennon. Entrando en harina en el análisis de la novela, lo primero que habría que dejar claro es que presenta una estructura completamente lineal, en primera persona, lo que se ajusta perfectamente al tipo de relato que el autor nos ofrece, ya que de haber estado en manos de un narrador omnisciente habría perdido frescura, cercanía y, con toda probabilidad no habría alcanzado la cota de éxito que obtuvo desde el mismo momento de su publicación. Cuenta con un estilo directo, va al grano tanto en las descripciones como, y sobre todo, en las inquietudes del protagonista. Sin introducción, epílogo ni partes que estructuren la obra, contiene 26 capítulos cortos y muy ágiles, donde no solo no se excede en nada, cosa extremadamente importante en la literatura que se impone en nuestros días, sino que tampoco peca de escueta. Ni una descripción de más, ni un diálogo de menos, cosa que el lector agradece leyendo un capítulo tras otro, devorando el texto en apenas un par de sesiones. La novela se inicia cuando el protagonista, Holden Caulfield, después de haber sido expulsado de varios centros, suspende cuatro asignaturas y lo vuelven a expulsar de Pencey, donde sus padres, intentando quemar el último cartucho en lo que respecta a su educación, deciden enviarlo. Holden no tiene pelos en la lengua y pone constantemente en tela de juicio la reputación del colegio, diciendo, a modo de ejemplo, “que está lleno de tíos falsísimos capaces incluso de robarle el abrigo a uno”. Se percibe durante toda la obra su incomodidad en ese y en los anteriores colegios en los que ha cursado sus estudios. El fin de semana anterior a su expulsión oficial (hecho que debería producirse un miércoles), se escapa del centro y se presenta en casa de Spencer, su profesor de historia, pidiéndole cobijo. Allí mantiene una conversación que empieza a atrapar al lector. A la salida de la casa del profesor, durante su huida, hace un recorrido por hoteles, clubes nocturnos y bares de lo más variopintos, donde conoce a taxistas, putas, chulos o chicas con las que ligar. Durante la trama vamos conociendo a un Holden de diecisiete años cuyo desorden mental le lleva a contar esta historia. Se palpa desde el primer capítulo que actúa de una forma un tanto agresiva (al menos verbalmente, ya que después él mismo reconoce que es un cobarde) para resarcirse del cargo de conciencia por su expulsión de Pencey y, por extensión, del resto de centros en los que tampoco ha encajado. Hay capítulos para leer una y otra vez, como el del taxista, con quien el protagonista mantiene una conversación sobre los peces y los patos de Central Park que raya lo absurdo; el dedicado a Sunny, la prostituta, y a su chulo; o aquel en el que se encuentra con un par de monjas en el vagón de un tren.  En cuanto a la temática, está claro que el autor aborda sin complejos la conducta, en especial la sexualidad de un adolescente de los años cuarenta. Incide en cosas banales, un tanto psicológicas, que otros escritores pasarían por alto. Si está hablando de un tema en concreto, se entretiene en la descripción de cualquier persona, animal o cosa que no guarda ninguna relación con el hilo de la trama. El protagonista profundiza mucho en algunas conversaciones. A veces llega a provocar a su interlocutor, parece que siente una necesidad imperiosa de atacarlo. Es un inadaptado que está en contra de todo y de todos, para él casi todas las personas son “falsísimas”, excepto su hermana Phoebe. En ese aspecto creo que coincido plenamente con todo aquel que ha leído el libro. Siempre juzga a los demás por cualquier cosa y da su opinión, casi siempre negativa, sobre ellos, dice si les caen bien o no aún sin un hecho concreto que sustente la reflexión. Critica todo lo que se le viene a la mente. Hace muchos comentarios sobre el cine. La mayoría de los actores y de las películas de la época son malísimos en su opinión. También habla mucho de libros, si bien hay algunos autores que se salvan de la crítica agresiva que emprende contra todo lo que se le plantea. En ocasiones, tanto él como sus compañeros actúan sin otro fin que molestarse entre ellos, como también mienten constantemente y sin razón aparente. Es su forma de salir del paso en el trato con los adultos, algo lógico si se tiene en cuenta la franja de edad en la que se encuentran. Sin tener nada que ver una con otra, en ciertos aspectos se podrían encontrar ciertas similitudes con la novela “En el camino”, de Jack Kerouac, por la actitud rebelde de sus protagonistas en una época que desemboca directamente en la generación beat. Algo que llama la atención es que Salinger recurre con frecuencia a ciertos símbolos, como la gorra de caza roja o los patos de Central Park, que nunca están de más en una obra de estas características.  Hay que decir que muletillas como “y todo eso”, “jo”, “por el amor de Dios” o “qué nervioso estaba” y algunas frases que el autor usa con frecuencia, pueden llegar a cansar, pero Salinger conoce bien el terreno que pisa y coloca cada frase y cada expresión en el lugar adecuado. Si la novela presenta un lenguaje que en una primera lectura puede parecer pobre, la cosa cambia cuando al paso de las páginas se entiende y se asimila que se trata del habla propia de un adolescente de dieciséis años –diecisiete cuando narra la historia- y uno se pliega sin contemplaciones al estilo del autor. Esa riqueza intrínseca que esconde el texto y que arrolla durante toda la historia es quizá la parte más encantadora de la narración. Es lo que el autor pretende transmitir al lector desde el primer párrafo. Quizá un adolescente español de los últimos años utilizaría un tipo de lenguaje diferente –no demasiado, todo hay que decirlo-, pero creo que clava el de un chico americano de finales de los cuarenta (más aún sabiendo lo conservador que un país como Estados Unidos era y es en ciertos aspectos). Los personajes principales son básicamente Holden, Holden y Holden, donde apenas se observa la redondez (entre otras cosas porque en los cuatro días en los que se desarrolla la trama no da tiempo a una evolución llamativa) que debería acusarse en un protagonista. Los secundarios, obviamente planos, son muchos y muy variados. Como antagonistas habría que enumerar nombres que solo se citan en capítulos puntuales, como el chulo, Maurice, que le reclama dinero de más por los servicios prestados por su chica. A mi entender se encuentra más antagonismo en las situaciones que Holden vive en sus días de escapada que en los personajes que llenan las páginas de la novela. Todo le es hostil. La mayoría de los personajes, tanto principales como secundarios, están muy bien construidos teniendo en cuenta el escaso espacio que les dedica en la obra. Son muy peculiares, si no pintorescos, y se diría que no hay ni uno que se pueda catalogar de “normal”: D.B., hermano del protagonista, que solo aparece por alusiones; Allie, también hermano de Holden, dos años menor que él, muerto de leucemia; Thurner, director del colegio, o Salma, su hija; Ossenburger, antiguo alumno del colegio que con el paso del tiempo se hace rico con las pompas fúnebres y dona dinero al centro; Stradlater, compañero de habitación, o Robert Ackley, que habita el cuarto contiguo; Robert Tichener o Paul Campbell, también compañeros del protagonista, o Sally Hayes y Jane Gallagher, amigas; el señor Zambesi, profesor de biología; Ed Banky, entrenador de baloncesto; Anne Louse Serman, una amiga con la que se besa; y Phoebe, su hermana menor, a la que visita en casa sin que sus padres se enteren.  Para cerrar esta reseña me permito citar un fragmento del capítulo que da título al libro, no sin antes decir que “El guardián entre el centeno” es una obra con la que disfrutar un par de tardes, inmerso en una lectura que con toda probabilidad despertará el interés del lector desde la primera página, una novela corta, ágil y fácil de entender, muy recomendable para un fin de semana o para pasar un buen día bajo una sombrilla en la playa. “No hacía tanto frío como el día anterior, pero seguía nublado y no apetecía mucho andar. Pero hubo una cosa agradable. Delante de mí iba una familia que se notaba que acababa de salir de la iglesia –el padre, la madre y un crío como de seis años-. Parecían bastante pobres. El padre llevaba uno de esos sombreros gris perla que llevan mucho los tíos pobres cuando quieren parecer elegantes. Él y la mujer andaban, hablando, sin hacer ningún caso al niño. El crío era estupendo. Iba por la calzada en vez de por la acera, pero muy pegado al bordillo. Trataba de andar en línea recta, como hacen los críos, sin parar de cantar y tararear. Me acerqué para oír qué cantaba. Cantaba esa canción, “Si un cuerpo agarra a otro cuerpo cuando viene entre el centeno”. Tenía una vocecita muy bonita, también. Cantaba porque sí, se le notaba. Los coches pasaban a toda velocidad, los frenos chirriaban todo alrededor, sus padres no le hacían caso y él seguía andando junto al bordillo y cantando “Si un cuerpo agarra a otro cuerpo cuando viene entre el centeno”. Eso hizo que me sintiera mejor. Que no me sintiera tan deprimido”.  Alicante, septiembre de 2.017 Manuel Fernando Estévez Goytre

Una reseña de Manuel Fernando Estévez Goytre. "El guardián entre el centeno”. J. D. Salinger. A menudo se escucha que “El guardián entre el centeno” es el sustituto del Quijote en América. Una comparación, a mi entender, un tanto arriesgada si tenemos en cuenta que no han pasado ni tres cuartos de siglo desde su primera edición. Cierto es que la que nos ocupa es una obra maestra de la literatura escrita en inglés, pero hasta el punto de compararla con nuestro querido Quijote… No sabría qué contestar. Y si lo supiera afirmaría rotundamente que la novela de J. D. Salinger tendría que someterse al examen del tiempo, aguardar a tener una longevidad de más de cuatrocientos años (como la obra de Cervantes) para demostrar si aguanta el paso de los siglos o si por el contrario se doblega a los caprichos de las modas que se imponen, precisamente, desde la lejana América. Pero como la historia me ha seducido desde el primer hasta el último capítulo y he salido más que satisfecho con su lectura, he decidido dedicarle un pequeño homenaje y contribuir con mi granito de arena a que supere con creces ese periodo del que acabo de hablar. Como curiosidad daré comienzo al cuerpo de esta reseña haciendo alusión a un hecho de sobra conocido: Mark David Chapman, como otros criminales tristemente famosos, estaba leyendo “El guardián entre el centeno” los días previos al asesinato de John Lennon. Entrando en harina en el análisis de la novela, lo primero que habría que dejar claro es que presenta una estructura completamente lineal, en primera persona, lo que se ajusta perfectamente al tipo de relato que el autor nos ofrece, ya que de haber estado en manos de un narrador omnisciente habría perdido frescura, cercanía y, con toda probabilidad no habría alcanzado la cota de éxito que obtuvo desde el mismo momento de su publicación. Cuenta con un estilo directo, va al grano tanto en las descripciones como, y sobre todo, en las inquietudes del protagonista. Sin introducción, epílogo ni partes que estructuren la obra, contiene 26 capítulos cortos y muy ágiles, donde no solo no se excede en nada, cosa extremadamente importante en la literatura que se impone en nuestros días, sino que tampoco peca de escueta. Ni una descripción de más, ni un diálogo de menos, cosa que el lector agradece leyendo un capítulo tras otro, devorando el texto en apenas un par de sesiones. La novela se inicia cuando el protagonista, Holden Caulfield, después de haber sido expulsado de varios centros, suspende cuatro asignaturas y lo vuelven a expulsar de Pencey, donde sus padres, intentando quemar el último cartucho en lo que respecta a su educación, deciden enviarlo. Holden no tiene pelos en la lengua y pone constantemente en tela de juicio la reputación del colegio, diciendo, a modo de ejemplo, “que está lleno de tíos falsísimos capaces incluso de robarle el abrigo a uno”. Se percibe durante toda la obra su incomodidad en ese y en los anteriores colegios en los que ha cursado sus estudios. El fin de semana anterior a su expulsión oficial (hecho que debería producirse un miércoles), se escapa del centro y se presenta en casa de Spencer, su profesor de historia, pidiéndole cobijo. Allí mantiene una conversación que empieza a atrapar al lector. A la salida de la casa del profesor, durante su huida, hace un recorrido por hoteles, clubes nocturnos y bares de lo más variopintos, donde conoce a taxistas, putas, chulos o chicas con las que ligar. Durante la trama vamos conociendo a un Holden de diecisiete años cuyo desorden mental le lleva a contar esta historia. Se palpa desde el primer capítulo que actúa de una forma un tanto agresiva (al menos verbalmente, ya que después él mismo reconoce que es un cobarde) para resarcirse del cargo de conciencia por su expulsión de Pencey y, por extensión, del resto de centros en los que tampoco ha encajado. Hay capítulos para leer una y otra vez, como el del taxista, con quien el protagonista mantiene una conversación sobre los peces y los patos de Central Park que raya lo absurdo; el dedicado a Sunny, la prostituta, y a su chulo; o aquel en el que se encuentra con un par de monjas en el vagón de un tren. En cuanto a la temática, está claro que el autor aborda sin complejos la conducta, en especial la sexualidad de un adolescente de los años cuarenta. Incide en cosas banales, un tanto psicológicas, que otros escritores pasarían por alto. Si está hablando de un tema en concreto, se entretiene en la descripción de cualquier persona, animal o cosa que no guarda ninguna relación con el hilo de la trama. El protagonista profundiza mucho en algunas conversaciones. A veces llega a provocar a su interlocutor, parece que siente una necesidad imperiosa de atacarlo. Es un inadaptado que está en contra de todo y de todos, para él casi todas las personas son “falsísimas”, excepto su hermana Phoebe. En ese aspecto creo que coincido plenamente con todo aquel que ha leído el libro. Siempre juzga a los demás por cualquier cosa y da su opinión, casi siempre negativa, sobre ellos, dice si les caen bien o no aún sin un hecho concreto que sustente la reflexión. Critica todo lo que se le viene a la mente. Hace muchos comentarios sobre el cine. La mayoría de los actores y de las películas de la época son malísimos en su opinión. También habla mucho de libros, si bien hay algunos autores que se salvan de la crítica agresiva que emprende contra todo lo que se le plantea. En ocasiones, tanto él como sus compañeros actúan sin otro fin que molestarse entre ellos, como también mienten constantemente y sin razón aparente. Es su forma de salir del paso en el trato con los adultos, algo lógico si se tiene en cuenta la franja de edad en la que se encuentran. Sin tener nada que ver una con otra, en ciertos aspectos se podrían encontrar ciertas similitudes con la novela “En el camino”, de Jack Kerouac, por la actitud rebelde de sus protagonistas en una época que desemboca directamente en la generación beat. Algo que llama la atención es que Salinger recurre con frecuencia a ciertos símbolos, como la gorra de caza roja o los patos de Central Park, que nunca están de más en una obra de estas características. Hay que decir que muletillas como “y todo eso”, “jo”, “por el amor de Dios” o “qué nervioso estaba” y algunas frases que el autor usa con frecuencia, pueden llegar a cansar, pero Salinger conoce bien el terreno que pisa y coloca cada frase y cada expresión en el lugar adecuado. Si la novela presenta un lenguaje que en una primera lectura puede parecer pobre, la cosa cambia cuando al paso de las páginas se entiende y se asimila que se trata del habla propia de un adolescente de dieciséis años –diecisiete cuando narra la historia- y uno se pliega sin contemplaciones al estilo del autor. Esa riqueza intrínseca que esconde el texto y que arrolla durante toda la historia es quizá la parte más encantadora de la narración. Es lo que el autor pretende transmitir al lector desde el primer párrafo. Quizá un adolescente español de los últimos años utilizaría un tipo de lenguaje diferente –no demasiado, todo hay que decirlo-, pero creo que clava el de un chico americano de finales de los cuarenta (más aún sabiendo lo conservador que un país como Estados Unidos era y es en ciertos aspectos). Los personajes principales son básicamente Holden, Holden y Holden, donde apenas se observa la redondez (entre otras cosas porque en los cuatro días en los que se desarrolla la trama no da tiempo a una evolución llamativa) que debería acusarse en un protagonista. Los secundarios, obviamente planos, son muchos y muy variados. Como antagonistas habría que enumerar nombres que solo se citan en capítulos puntuales, como el chulo, Maurice, que le reclama dinero de más por los servicios prestados por su chica. A mi entender se encuentra más antagonismo en las situaciones que Holden vive en sus días de escapada que en los personajes que llenan las páginas de la novela. Todo le es hostil. La mayoría de los personajes, tanto principales como secundarios, están muy bien construidos teniendo en cuenta el escaso espacio que les dedica en la obra. Son muy peculiares, si no pintorescos, y se diría que no hay ni uno que se pueda catalogar de “normal”: D.B., hermano del protagonista, que solo aparece por alusiones; Allie, también hermano de Holden, dos años menor que él, muerto de leucemia; Thurner, director del colegio, o Salma, su hija; Ossenburger, antiguo alumno del colegio que con el paso del tiempo se hace rico con las pompas fúnebres y dona dinero al centro; Stradlater, compañero de habitación, o Robert Ackley, que habita el cuarto contiguo; Robert Tichener o Paul Campbell, también compañeros del protagonista, o Sally Hayes y Jane Gallagher, amigas; el señor Zambesi, profesor de biología; Ed Banky, entrenador de baloncesto; Anne Louse Serman, una amiga con la que se besa; y Phoebe, su hermana menor, a la que visita en casa sin que sus padres se enteren. Para cerrar esta reseña me permito citar un fragmento del capítulo que da título al libro, no sin antes decir que “El guardián entre el centeno” es una obra con la que disfrutar un par de tardes, inmerso en una lectura que con toda probabilidad despertará el interés del lector desde la primera página, una novela corta, ágil y fácil de entender, muy recomendable para un fin de semana o para pasar un buen día bajo una sombrilla en la playa. “No hacía tanto frío como el día anterior, pero seguía nublado y no apetecía mucho andar. Pero hubo una cosa agradable. Delante de mí iba una familia que se notaba que acababa de salir de la iglesia –el padre, la madre y un crío como de seis años-. Parecían bastante pobres. El padre llevaba uno de esos sombreros gris perla que llevan mucho los tíos pobres cuando quieren parecer elegantes. Él y la mujer andaban, hablando, sin hacer ningún caso al niño. El crío era estupendo. Iba por la calzada en vez de por la acera, pero muy pegado al bordillo. Trataba de andar en línea recta, como hacen los críos, sin parar de cantar y tararear. Me acerqué para oír qué cantaba. Cantaba esa canción, “Si un cuerpo agarra a otro cuerpo cuando viene entre el centeno”. Tenía una vocecita muy bonita, también. Cantaba porque sí, se le notaba. Los coches pasaban a toda velocidad, los frenos chirriaban todo alrededor, sus padres no le hacían caso y él seguía andando junto al bordillo y cantando “Si un cuerpo agarra a otro cuerpo cuando viene entre el centeno”. Eso hizo que me sintiera mejor. Que no me sintiera tan deprimido”. Alicante, septiembre de 2.017 Manuel Fernando Estévez Goytre

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Published by deliriosdeautor
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