Por aquellos días mi vida, como la de la mayoría de los mortales, había degenerado en un cúmulo de desgracias que ninguno de nosotros merecía. Podría afirmar sin temor a equivocarne que residía en un auténtico infierno, una especie de inframundo nada recomendable para un tipo como yo, solidario con todas las causas justas y todos mis semejantes. La sociedad era decadente y los robos, los asesinatos y los suicidios continuos. El pez grande se come al pequeño, se escuchaba en cada esquina, la ley del más fuerte. Y era verdad... era la cruda realidad.
Ante esa tesitura me propuse hacer de mi capa un sayo y dedicar mi existencia a devolver a mis congéneres la dignidad perdida, la esperanza, la ilusión y la risa. Tenía que procurar una vida mejor a cuantas personas pudiera si quería conservar mi conciencia en buen estado. Un santo, decían unos. Un nuevo Mesías, profetizaban otros cuando analizaban los resultados de mi actitud, completamente altruísta.
En unos años me convertí en un líder nacido del pueblo que se dejaba la piel por el pueblo. Centraba mi trabajo y dedicaba mi dinero a mejorar las circunstancias personales de los más desfavorecidos.
Pero no era suficiente...
Todos mis esfuerzos, todas mis palabras y mis buenas acciones eran solo una gota de agua en un océano de contaminación. Eso sí, estaban hechos de agua bendita que me purificaba el alma e iba transmitiendo fuerza y seguridad a los demás. Comprendí, pues, mi obligación de sanear la sociedad desde su raíz, y para hacerlo había que dedicarse plenamente.
Pero ciertos gobernantes y mandatarios religiosos unieron sus fuerzas en defensa de sus propios intereses y decidieron cortarme las alas con las que había volado sobre un mundo prefabricado por ellos. Me llamaron hereje, me juzgaron sobre la marcha sin testigos, sin abogados y sin plazos de garantía que me permitieran preparar mi defensa y me encerraron en un calabozo sucio, oscuro y maloliente. La sentencia, tan falsa como la acusación, fue sustentada solo por el odio y el ansia de poder y se materializó en una década a pan y agua en un penal de muros inexpugnables y un plazo en galeras no inferior a un lustro que conseguí superar a base de recuerdos, una voluntad de hierro y mucha, mucha fuerza interior.
Pero como dicen que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, los astros se alinearon en el momento justo, el paso del tiempo se posicionó a mi favor y fue el clamor popular lo que me devolvió la libertad antes del cumplimiento total de la condena. Comprobé una vez más que nunca se debe infravalorar la fuerza de un pueblo iluminado por un líder. Sin embargo, la miseria aumentaba y la gente seguía robando y matándose en las calles. No había remedio, pensé, para un mundo como el que me había tocado vivir.
Las sucesivas intentonas de ayudar a los demás y mejorar las condiciones de la sociedad resultaron, como la anterior, infructuosas. Aunque la gente me pronosticaba la salvación, la vida eterna, yo no lo tenía tan claro. La eternidad. El paraíso ¿Qué era eso? ¿Que significaban esos conceptos? No creía en otras vidas después de la vida, ya se refiriesen al cielo prometido o a la amenaza del fuego del averno. Todos decían que el mundo no acababa con la muerte, o al menos esa era esperanza generalizada, pero prefería no escucharlos. Solo oía la voz de mi conciencia, y esa voz pedía mi colaboración para construir un mundo justo y equitativo. Me lo exigía. Así y todo, mis esfuerzos resultaron absurdos. Me di cuenta cuando cerré los ojos por última vez y escuché las voces de las personas a las que había ayudado. ¡El cielo! ¡El cielo! ¡La vida eterna! Pero mi vida acababa y dejaba mucho por hacer.
Dejé atrás aquel mundo de despropósitos, sinsabores y sinsentidos y abrí mis diminutos ojos mientras emitía mi primer llanto en una casita situada en el bosque, entre el murmullo del agua arrastrándose por su cauce, el gorjeo de los pájaros y un sol que coronaba las montañas que rodeaban la espesura. ¡El cielo!, me dije a mí mismo en un balbuceo que no entendía más que yo.
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