EL CAPÍTULO IV
Manuel Fernando Estévez Goytre
Tal vez nunca hayas leído algo de mi puño y letra, querido lector, por eso puede que esto te interese. Lo primero que debes saber es que este es solo el capítulo IV de mi vida. Los tres anteriores no importan. Estuvieron tan faltos de esperanza que podría afirmar que no existieron o permanecieron en el cajón del olvido. Tampoco creo que mi nombre, mi edad u otros datos personales sean importantes en esta historia. Presentarme a mí mismo sería como profundizar en un pasado que no deseo arrastrar hasta el presente. Siempre he huido de todo lo que pudo haber sido y no fue.
Es en esta última etapa en la que veo que la ilusión por vivir empieza a seducirme. ¿Por qué? Con ese ingrediente y otros más es precisamente con los que quiero aderezar esta breve historia.
Como todos sabemos, después de la infancia viene la adolescencia y a continuación... ¿El matrimonio? ¿Una supuesta felicidad? No lo creo. Al menos no necesariamente. Para no caer en posibles errores de cálculo hablaré solo de mi experiencia personal. En base a ella puedo afirmar que por fin he conseguido vivir de mis ingresos y alquilar un apartamento en un barrio residencial del extrarradio de la ciudad. Anteriormente siempre había entregado mi vida de una manera incondicional a diferentes personas, ya se tratara de mi familia, mis amigos más cercanos o mi propia mujer. Dudaba si sería capaz de moverme en un entorno diferente, aunque, siendo honesto conmigo mismo, tampoco creo que me hiciera falta. Sin embargo, tal vez en un futuro me decida a dar curso literario a las primeras etapas de mi vida o, mejor dicho, a esos capítulos de los cuales no guardo más que un borrador poco o nada concluyente.
Conociendo las limitaciones y las divergencias que aplastan mi autoestima, que las tengo como las tienes tú, las tiene él, las tenemos nosotros, vosotros o ellos, he decidido entregar este nuevo capítulo a una persona muy especial para mí. El problema es que solo existe, o existía, y ahora hablo en pasado, en mi imaginación. Me llenaba de ilusión escribir cartas a una chica que no conocía. O al menos eso creí por algún tiempo. En mi mente brotaron un nombre y una dirección que tampoco interesan en esta historia. Ni siquiera escribía mi remite pues no lo consideré necesario. En esas cartas solo contaba la última parte de mi historia, no la de esos tres primeros capítulos en los que protagonicé todo un culebrón de insatisfacciones y desdichas.
Sin esperar nada a cambio, me propuse enviar a diario una carta que pasaba la noche preparando para no pecar ni por exceso ni por defecto en cuanto a extensión, fondo y forma. Me levantaba de la cama y, como estaba de baja definitiva por causas que tampoco vienen a cuento, dedicaba buena parte de la mañana a escribir para alguien cuyo nombre y señas eran producto de mis delirios, que solían asaltarme de noche. Después pasaba horas repasando una y otra vez, quitando aquí, introduciendo allá y sustituyendo palabras o párrafos enteros.
Esperaba que me devolvieran las cartas pues era lógico que con una dirección ficticia no llegaran a su destino. Pero eso no ocurrió, entre otras cosas porque tampoco llevaban remite. Lo único que sabía con seguridad era que la cartera, una chica de muy buen ver, las recogía del buzón donde los vecinos dejábamos la correspondencia y se las llevaba.
Con la mosca detrás de la oreja pregunté a Judit, que así se llamaba la cartera, si sabía algo sobre la supuesta contestación que debería recibir de la destinataria de mis misivas. Lo que pretendía era descartar posibles incidencias delirantes o cercanas al más allá, un campo en el que me estaba introduciendo por aquellos días en progresión geométrica. Pero la chica me contestó que no sabía nada de eso, que ella se limitaba a entregarlas en la estafeta de correos y a recoger las que debía repartir.
Así, en contra de todo pronóstico, fui forjando una lenta pero fructífera relación con Judit que nunca pasó de ser una muy buena y saludable amistad. La chica, que solía emplear el tiempo del desayuno charlando conmigo, no tardó en convertirse en mi mejor mentora.
Entre desayuno y desayuno le hablé de todas las chicas de las que me había enamorado. Le conté mi historia con Sara, con Rut y con Jezabel, incluso con Josué, un chico que sin motivo aparente se coló en la lista de mis amores platónicos. Pero con la muchacha que más congenié fue con Ester, la última por la que perdí el sentido y que nunca he conseguido olvidar. De ella le hablé a Judit largo y tendido, le conté con pelos y señales dónde trabajaba o los sitios que frecuentábamos.
La confianza se estrechaba más y más entre Judit y yo. Un día me hizo entrega de una carta. Llevaba como remite el nombre y domicilio que yo había inventado como dirección de envío de mis misivas diarias. Judit quedó en silencio, a la espera de que la abriera. Me preguntó si quería leerla solo, pero contesté que no me importaba, que lo haría en voz alta y delante de ella. La carta estaba redactada en un tono parecido al mío y contaba cosas similares. Eran declaraciones de amor y futuros proyectos en común. Preñada de te quieros, besos y abrazos, estaba escrita con un trazo firme y a la vista estaba que rápido, la letra inclinada hacia la izquierda. Fue la primera de una serie que a partir de entonces recibiría a diario. Como no podía ser de otra forma, busqué en internet la dirección a la que yo enviaba mis cartas, era posible que, de existir, no hiciera falta que coincidiera el nombre con la persona que ocupaba esa vivienda para su entrega. Pero esas señas no aparecieron. En la ciudad no había ningún bulevar de San Judas, 7.
Me sentía halagado y angustiado al mismo tiempo. Era una sensación muy extraña. La ansiedad crecía en mi interior al no conocer la autoría de las cartas. Era cierto que la única persona que podía escribirlas era Judit, pero la descarté después de la negativa que me dio cuando le pregunté al respecto. Y no solo eso, sino que me confesó que desconocía por completo de quién podría tratarse. Incluso indagó en correos y todas las respuestas de sus compañeros fueron negativas. Eran días de sorpresa en los que no daba crédito a la aventura de amor que estaba viviendo. Mi corazón empezó a latir por una desconocida, alguien cuyo rostro ni siquiera podía fotografiar mentalmente.
Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando, además de las cartas, empecé a recibir flores y bombones.
Un día Judit se puso enferma y pidió la baja médica. Lógicamente, durante esos días dejé de recibir cartas, aunque pusieron a una sustituta para que continuara con el reparto del correo. Judit y yo nos telefoneábamos casi a diario, pero eso no impidió que cogiera una depresión que me dejó fuera de juego. Una más en mi colección. Fue entonces cuando decidí volver a visitar al psiquiatra y al psicólogo. Necesitaba fármacos y consejos, y no los de un cura precisamente. Derramé un mar de lágrimas por alguien que ni siquiera conocía. Entre llantos y encierros en mi cuarto empecé a notar que necesitaba una mujer en mi vida. La echaba de menos. Me sentía como si estuviera encerrado en un contenedor de plástico que poco a poco se llenaba de agua y cada vez quedaba menos espacio para respirar. No sabía en lo que podría convertirme si seguía sin averiguar quién me enviaba las cartas, las flores y los bombones. Probablemente en una piltrafa humana. Llegué a creer que todos los demonios se habían confabulado contra mí. Pensé en reñir a Judit cuando volviera a pasarse por mi casa, pues creía tener claro quién era la autora de las cartas. Pero ¿en realidad me quería tanto como afirmaba? Yo no me había fijado en ella más que como una buena amiga. La telefoneé y le pregunté por su estado de salud. Fui claro y concise cuando le exigí que me contara la verdad. Pero Judit me juró y me perjuró que no era la autora de las cartas.
Un día estaba sentado a mi escritorio cuando sonó el timbre. Me extrañó sobremanera, porque no solía recibir visitas ni a esa hora ni a ninguna. Me pregunté si sería ella, que a pesar de seguir de baja había decidido desayunar conmigo ese día.
Como siempre he sido una persona que suele pensar lo peor, me dirigí a la puerta con un temor creciente invadiendo mi interior. Pregunté quién era para cerciorarme de que no era un vendedor o algún indeseable que se colara en casa y me atracara a punta de navaja o algo peor.
–Soy yo –contestó una voz tímida y lejanamente conocida.
Pegué el ojo a la mirilla y vi a una chica de mi edad que en aquel momento no reconocí. Mi corazón tembló cuando, a pesar de no saber quién había detrás de la puerta, me decidí a abrir. Me sorprendió gratamente encontrar a Ester. La chica venía con un montón de cartas en las manos, un ramo de flores y una caja de bombones. En uno de los sobres reconocí mi letra. Fue un instante de felicidad a través del que mi vida se introdujo en su capítulo IV por la puerta grande.
Granada, agosto de 2024
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