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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

Breve fragmento de "La sangre sobre las azucenas", de Manuel Fernando Estévez Goytre

Publicado en 29 Septiembre 2017 por deliriosdeautor

Breve fragmento de "La sangre sobre las azucenas", de Manuel Fernando Estévez Goytre.-         Parecía que a la corazonada del comerciante la acompañaban ciertos designios premonitorios. Mar adentro, el trayecto ni siquiera se había mediado, resbalaban unas nubes pesadas y panzudas que se presentaban en pie de guerra y lamían amenazantes el azul del cielo. No vacilaron en ensañarse con la superficie ondulada y traviesa del mar y sembrar el terror, que empezó a cundir a lo largo de la nave como una ola de lava incandescente, a frustrar esperanzas y a repartir incertidumbre entre los pasajeros. Semblantes de hombres y mujeres reflejaban una pregunta común, «¿por qué?», pero la respuesta no se hallaba en ellos. La fuerza de la naturaleza se había desatado como por ensalmo, dando al traste con la temperatura benigna y el horizonte claro que predominaban en el momento de levar anclas. La espesa lluvia dio rienda suelta a un histerismo impropio en tales latitudes y comenzó a golpear la cubierta de proa a popa y de babor a estribor. La intensidad del viento creció a medida que el viejo cascarón se alejaba de la costa.

Breve fragmento de "La sangre sobre las azucenas", de Manuel Fernando Estévez Goytre.- Parecía que a la corazonada del comerciante la acompañaban ciertos designios premonitorios. Mar adentro, el trayecto ni siquiera se había mediado, resbalaban unas nubes pesadas y panzudas que se presentaban en pie de guerra y lamían amenazantes el azul del cielo. No vacilaron en ensañarse con la superficie ondulada y traviesa del mar y sembrar el terror, que empezó a cundir a lo largo de la nave como una ola de lava incandescente, a frustrar esperanzas y a repartir incertidumbre entre los pasajeros. Semblantes de hombres y mujeres reflejaban una pregunta común, «¿por qué?», pero la respuesta no se hallaba en ellos. La fuerza de la naturaleza se había desatado como por ensalmo, dando al traste con la temperatura benigna y el horizonte claro que predominaban en el momento de levar anclas. La espesa lluvia dio rienda suelta a un histerismo impropio en tales latitudes y comenzó a golpear la cubierta de proa a popa y de babor a estribor. La intensidad del viento creció a medida que el viejo cascarón se alejaba de la costa.

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