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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

Arcoíris

Publicado en 27 Octubre 2017 por deliriosdeautor

Arcoíris.- Manuel Fernando Estévez Goytre.-     Mi nombre es Gabriel. Pero podría ser Antonio. O Carlos. O Alfredo. El arcoíris por el que me paseó el cornezuelo era muy intenso, parecía no tener fin, y cualquiera de las realidades que me tendió en su mano era diferente a todas las que había conocido con anterioridad. Los colores sonaban en un tono cordial y la música tenía un tacto suave, uniforme. Todo era armonía. Todo eran risas. Todo era distensión. Pero cuando llegué a la cima el panorama cambió como por ensalmo. La experiencia empezó a agrietarse y el pánico se apoderó de mí cuando asomé al precipicio. La energía que momentos antes había iluminado mi mente sufrió un apagón brusco, repentino, y comenzó una angustiosa cuenta atrás. Procuré bajar la pendiente por los terrenos menos escabrosos posibles, pero cualquier intento de hacerlo resultó inútil. Las caídas eran contínuas y lo peor de todo fue que la sangre se acumulaba en mi conciencia. Sobre todo en mi conciencia. Nunca más, me repetí una y otra vez. Cuando acabé el descenso lo reconocí en cuanto lo vi. Hectáreas y hectáreas sembradas de centeno. Para las personas que empezaban el paseo a través del arcoíris todo era música y color, pero para mí... para mí todo era negativo. Sentí náuseas y allí mismo vacié el estómago. Al llegar a casa bebí agua y me miré en el espejo. Quise buscar al joven alegre y cargado de ilusión que había sido, pero no encontré más que un semblante pálido y una mente rota por la falta de neuronas. Nunca más, me escuché decir de nuevo. Me metí en la cama e intenté conciliar el sueño, pero la caterva de luces y sombras (más sombras que luces) que se empeñó en desfilar ante mí durante las siguientes horas me lo impidió.

Arcoíris.- Manuel Fernando Estévez Goytre.- Mi nombre es Gabriel. Pero podría ser Antonio. O Carlos. O Alfredo. El arcoíris por el que me paseó el cornezuelo era muy intenso, parecía no tener fin, y cualquiera de las realidades que me tendió en su mano era diferente a todas las que había conocido con anterioridad. Los colores sonaban en un tono cordial y la música tenía un tacto suave, uniforme. Todo era armonía. Todo eran risas. Todo era distensión. Pero cuando llegué a la cima el panorama cambió como por ensalmo. La experiencia empezó a agrietarse y el pánico se apoderó de mí cuando asomé al precipicio. La energía que momentos antes había iluminado mi mente sufrió un apagón brusco, repentino, y comenzó una angustiosa cuenta atrás. Procuré bajar la pendiente por los terrenos menos escabrosos posibles, pero cualquier intento de hacerlo resultó inútil. Las caídas eran contínuas y lo peor de todo fue que la sangre se acumulaba en mi conciencia. Sobre todo en mi conciencia. Nunca más, me repetí una y otra vez. Cuando acabé el descenso lo reconocí en cuanto lo vi. Hectáreas y hectáreas sembradas de centeno. Para las personas que empezaban el paseo a través del arcoíris todo era música y color, pero para mí... para mí todo era negativo. Sentí náuseas y allí mismo vacié el estómago. Al llegar a casa bebí agua y me miré en el espejo. Quise buscar al joven alegre y cargado de ilusión que había sido, pero no encontré más que un semblante pálido y una mente rota por la falta de neuronas. Nunca más, me escuché decir de nuevo. Me metí en la cama e intenté conciliar el sueño, pero la caterva de luces y sombras (más sombras que luces) que se empeñó en desfilar ante mí durante las siguientes horas me lo impidió.

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