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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

El carnicero de Formentera (un microrrelato de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Publicado en 5 Octubre 2017 por deliriosdeautor

Cuando entré en la nave se me removieron las tripas. Las arcadas ascendieron por mi esófago una tras otra y una fina película de sudor me enfrió la piel del cuello. El lugar apestaba a vísceras, había sangre aquí y allá y la hoja de aquel enorme cuchillo destellaba sobre el tablero de la mesa. No me encontraba cómodo en medio de aquel escenario, he de reconocerlo, aunque ya contara con cierta experiencia en esas lides. Alguien me había advertido que no se me ocurriera estar presente, pero la ansiedad por acabar de curtirme en las enseñanzas del conocido carnicero de Formentera pudo con el aviso. El hombre parecía tranquilo. Yo no acababa de entender que su garganta tratara de moldear un tango y se entregase al primer bloque de pasos con esa naturalidad en un momento de tal intensidad como aquel. Cuando me vio aparecer, en vez de sobresaltarse y echarme a patadas de allí me saludó y abrió sus brazos para recibirme. Me estaba esperando. Se dirigió a la puerta, colocó en la posición correcta el letrero de "cerrado" de la carnicería y me ofreció el primer trozo de morcilla que había obtenido de la matanza.

Cuando entré en la nave se me removieron las tripas. Las arcadas ascendieron por mi esófago una tras otra y una fina película de sudor me enfrió la piel del cuello. El lugar apestaba a vísceras, había sangre aquí y allá y la hoja de aquel enorme cuchillo destellaba sobre el tablero de la mesa. No me encontraba cómodo en medio de aquel escenario, he de reconocerlo, aunque ya contara con cierta experiencia en esas lides. Alguien me había advertido que no se me ocurriera estar presente, pero la ansiedad por acabar de curtirme en las enseñanzas del conocido carnicero de Formentera pudo con el aviso. El hombre parecía tranquilo. Yo no acababa de entender que su garganta tratara de moldear un tango y se entregase al primer bloque de pasos con esa naturalidad en un momento de tal intensidad como aquel. Cuando me vio aparecer, en vez de sobresaltarse y echarme a patadas de allí me saludó y abrió sus brazos para recibirme. Me estaba esperando. Se dirigió a la puerta, colocó en la posición correcta el letrero de "cerrado" de la carnicería y me ofreció el primer trozo de morcilla que había obtenido de la matanza.

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