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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

"Pecado" (por Manuel Fernando Estévez Goytre)

Publicado en 14 Octubre 2017 por deliriosdeautor

El padre Luis me tenía preocupado. No lo veía en misa de doce desde hacía semanas. Aunque parezca una estupidez echaba de menos el olor a habano que destilaba el confesionario cuando estaba presente. La última vez que me dio la absolución me habló de la Providencia y del pecado, me comentó que Lucifer se solía presentar a los hombres con apariencia de mujer joven y bella y viceversa... que estuviese alerta para que el momento no me cogiera con la guardia baja.<br> <br> Mi esposa se quedaba últimamente en casa. En algún momento me aclaró que prefería la caída del sol para ir a misa, que las tareas domésticas le partían las mañanas de los domingos y la relajación no le llegaba hasta la sobremesa.<br> <br> Aquel día salí de la Iglesia a las doce y media. El sol alimentaba las calles del pueblo, aún resbaladizas por la lluvia de la mañana. Camino de casa me crucé con el padre Luis. Me saludó con un buenas tardes y unos ojos diminutos. No sabía por qué, pero creí ver en ellos la mirada de Satán. Entonces lo entendí todo. Quise dejar de vivir cuando llegué a casa y olfateé en el ambiente los efluvios de sus habanos.

El padre Luis me tenía preocupado. No lo veía en misa de doce desde hacía semanas. Aunque parezca una estupidez echaba de menos el olor a habano que destilaba el confesionario cuando estaba presente. La última vez que me dio la absolución me habló de la Providencia y del pecado, me comentó que Lucifer se solía presentar a los hombres con apariencia de mujer joven y bella y viceversa... que estuviese alerta para que el momento no me cogiera con la guardia baja.<br> <br> Mi esposa se quedaba últimamente en casa. En algún momento me aclaró que prefería la caída del sol para ir a misa, que las tareas domésticas le partían las mañanas de los domingos y la relajación no le llegaba hasta la sobremesa.<br> <br> Aquel día salí de la Iglesia a las doce y media. El sol alimentaba las calles del pueblo, aún resbaladizas por la lluvia de la mañana. Camino de casa me crucé con el padre Luis. Me saludó con un buenas tardes y unos ojos diminutos. No sabía por qué, pero creí ver en ellos la mirada de Satán. Entonces lo entendí todo. Quise dejar de vivir cuando llegué a casa y olfateé en el ambiente los efluvios de sus habanos.

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