El padre Luis me tenía preocupado. No lo veía en misa de doce desde hacía semanas. Aunque parezca una estupidez echaba de menos el olor a habano que destilaba el confesionario cuando estaba presente. La última vez que me dio la absolución me habló de la Providencia y del pecado, me comentó que Lucifer se solía presentar a los hombres con apariencia de mujer joven y bella y viceversa... que estuviese alerta para que el momento no me cogiera con la guardia baja.<br> <br> Mi esposa se quedaba últimamente en casa. En algún momento me aclaró que prefería la caída del sol para ir a misa, que las tareas domésticas le partían las mañanas de los domingos y la relajación no le llegaba hasta la sobremesa.<br> <br> Aquel día salí de la Iglesia a las doce y media. El sol alimentaba las calles del pueblo, aún resbaladizas por la lluvia de la mañana. Camino de casa me crucé con el padre Luis. Me saludó con un buenas tardes y unos ojos diminutos. No sabía por qué, pero creí ver en ellos la mirada de Satán. Entonces lo entendí todo. Quise dejar de vivir cuando llegué a casa y olfateé en el ambiente los efluvios de sus habanos.
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