"Almas grises", de Philippe Claudel .- Una reseña de Manuel Fernando Estévez Goytre.- Sobre el autor: Philippe Claudel (Dombasle-Sur-Meurthe, Francia, 1962) ha impartido clases de literatura y antropología cultural en la Universidad Nancy II, en liceos, prisiones y centros para niños discapacitados, destacando, además, por su faceta como guionista de cine y televisión. En su trayectoria literaria ha recibido varios galardones, como el premio Francia de televisión 2000, por su novela “J'abandonne”; el Renadout, por “Almas grises”; o el Gouncourt 2003, por su conjunto de relatos “Petites mécaniques”; además de otros tantos como guionista y director de cine. Sinopsis que aparece en la novela: “Diciembre de 1917. En un pequeño pueblo del norte de Francia, el cuerpo sin vida de una hermos niña aparece flotando en el canal. La crónica de los hechos, escrita veinte años después del suceso por el policía a cargo de la investigación, invita al lector a descubrir una realidad inesperada. En su implacable relato, donde la emoción aparece contenida por el pudor del narrador, nadie es inocente, y los culpables, de una forma u otra, son también víctimas. El gris es el tono dominante, pero no el gris de la muerte, ni el del duro clima invernal, ni siquiera el de la cobardía, sino el gris en que se desenvuelve la condición humana: la ausencia de certezas absolutas, las sombras, los claroscuros, en suma, el peso rotundo de la duda”. Personajes: Nos encontramos ante una obra en la que aparece un amplio elenco de personajes. Algunos de los principales serían: Pierre-Ange Destinat, fiscal en V., y Clelis, su esposa; el juez Mierck y el coronel Matziev, que a priori representan el lado más oscuro de la historia; Lysie Verhareine, la nueva maestra; Bourrache, dueño del restaurante Rébillon, y Alive, Rose y Bell de Joure, sus hijas. Entre los secundarios habría que citar a Berfuche y Grosspell, gendarmes; Bréchut, que descubre a la chica muerta en el agua; Postilla, secretario del juzgado; Víctor Desharet, médico; Ostrone, enterrador; Barbe, cocinera del fiscal, y el Rancio, su esposo; Fracasse, maestro; Berthiet, notario jubilado; Louisette, criada del alcalde; Martial Maire, alumno; Eduard Gachentard, compañero del narrador; Hipolyte Lucy, médico; el padre Lurant; y otros como Bassepin, Josephine, Agathe, Adelaide Siffert, Víctor Doyharet, Vignot, Arsene Meyer o Despiaux. Análisis de la obra: Como reza la contraportada, esta novela posee una belleza sombría y seductora que emana tanto del clima misterioso que envuelve la historia como del profundo y descarnado retrato de los personajes que la componen. A partir de la tragedia inicial, que sobrevuela a lo largo de toda la obra, se van exponiendo las conjeturas de unos y otros a través del punto de vista del narrador, el agente encargado del caso, que decide coger el bisturí veinte años después de los hechos, analizarlos y contarlos sin ningún tipo de pudor. Una historia que bien podría haber sido el reflejo de un descarnado hecho verídico ocurrido en cualquier escenario rural del primer tercio del siglo XX. Desde las primeras líneas, “Almas grises” se intuye como una novela ambigua en la que nada es cierto hasta que el desenlace cae a plomo en las últimas páginas, si es que hay algo cierto en la trama, pues su resolución es algo que no queda claro del todo. Un final abierto a la opinión del lector, quizá uno de los mayores atractivos de la historia en cuestión, cuyos indicios van alimentando progresivamente su imaginación a medida que se pasan las páginas. Después de leer la obra y alguna que otra reseña sobre ella uno se puede inclinar fácilmente a pensar que el autor de la muerte de Belle de Jour es una persona cuando otros creen que es otra. Por otra parte, la maestría de Philippe, que no deja de jugar con la psicología del lector, tratando de influir en su mente de una manera constante a través de sus vaivenes narrativos, hace que se vaya cambiando de opinión al respecto a medida que avanza la trama. Antes de continuar la crítica me veo casi en la obligación de poner en conocimiento de quienes aún no han leído la obra que el tema de la Primera Guerra Mundial está presente en cada fragmento del texto, aunque solo sea por alusiones, pues el escenario real nunca se traslada al campo de batalla. No obstante, cuando el autor habla de guerra no lo hace como una cuestión que se dirime entre vencedores y vencidos, como podría deducirse después de leer una historia que trata un tema tan delicado, ya que se desprende de la lectura que en esta historia ambos bandos son vencidos y no hay duda de que las consecuencias de la contienda se extrapolan a la población civil, una de las almas grises colectivas de la obra. Pero... ¿en qué subgénero encuadrar la quinta obra de Philippe Claudel? ¿Novela negra? ¿Realista? Podría, dado el argumento y las sugerencias de parte de la crítica, meterse dentro del primer saco. Otros pensarían que el segundo sería el más adecuado. Incluso, si se me apura, se podría decir que es una novela de costumbres. Pero, a mi parecer, y por lo que deduzco al leer la opinión del grueso de los lectores, ninguna de esas clasificaciones sería la correcta. El autor va más allá y huye de cualquier etiqueta que se le pretenda colgar. Se podría afirmar que estamos ante una obra profundamente psicológica. Lo importante en esta historia no son los personajes en sí, sino su compleja construcción. Por lo general tienen un perfil mucho más interior que exterior. No se trata simplemente de un fiscal (a modo de ejemplo), sino de un fiscal y de todas y cada una de las circunstancias que lo rodean: una persona atormentada por la pérdida de su esposa que sin embargo, aunque el autor no lo mencione en el texto, recupera parte de la ilusión perdida años atrás con la llegada de Lysia Verhareine, la nueva maestra. Es cierto que los personajes, si bien habitualmente sombríos, tristes y grises, a veces se prestan a tópicos, llegando a lo irónico, lo sarcástico o incluso a lo grotesco, como se puede observar en Bourrache, el dueño del restaurante, que cuida de sus clientes, en especial del fiscal, quien tiene reservada mesa en el establecimiento todos los días del año, vaya o no vaya y se llene o no se llene el local; o en la intransigencia con la que el autor retrata al juez y el coronel. El de Philippe Claudel (al menos en la obra que nos ocupa) es un estilo muy personal que desprende poesía por los cuatro costados. De vocabulario sencillo y sin demasiadas pretensiones, en general sigue un ritmo ajustado a las exigencias del texto. Para nada lineal, es casi siempre ágil, solo se se excede en explicaciones o descripciones cuando se supone que el lector anda escaso de datos o en determinados capítulos, como los que desenlazan la obra, donde se suceden una tras otra las cartas que la maestra dirige a su amante, la mayor parte de ellas, a mi parecer, innecesarias. Pero, como digo, el autor dosifica la información en su justa medida. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. En resumen, “Almas grises” es una novela muy recomendable, casi diría que imprescindible en la biblioteca de cualquier lector que se precie. Por último, citaré un breve fragmento, uno de los muchos preñados de belleza en la obra, para que el lector conozca el suelo que pisa Philippe Claudel: “En el fondo, por extraño que pueda parecer, me había acostumbrado a vivir en la duda, en el misterio, en la penumbra, en la vacilación, en la falta de respuestas y certezas. Responder a Vignot habría hecho desaparecer todo eso; de golpe, se habría hecho la luz, que habría dejado inmaculado a Destinat y hundido al joven bretón en la negrura. Demasiado simple. Uno de los dos había matado, ese seguro, pero el otro podría haberlo hecho y, en el fondo, entre la intención y el crimen la diferencia era nula”. Alicante, noviembre de 2017
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