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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

Intervención del autor en la presentación de Las cenizas del Danubio en Granada

Publicado en 1 Diciembre 2017 por deliriosdeautor

Jueves, 30 de noviembre de 2017. 19:00 horas. Biblioteca Municipal Francisco Ayala

Jueves, 30 de noviembre de 2017. 19:00 horas. Biblioteca Municipal Francisco Ayala

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PRESENTACIÓN “LAS CENIZAS DEL DANUBIO”
BIBLIOTECA MUNICIPAL FRANCISCO AYALA
30-11-2017 (GRANADA)

Buenas tardes a todos. Gracias por vuestra asistencia, muy especialmente a los que os habéis tenido que desplazar desde otros lugares. Gracias a Gustavo García Villanova por su excelente presentación, gracias a Manuel Ortega por la impecable edición de “Las cenizas del Danubio”, una novela a la que por tratar el tema que trata, la música  clásica concretamente, le tengo un cariño especial, y gracias a los anfitriones, la Biblioteca Municipal Francisco Ayala, que nos ha ofrecido por segunda vez esta sala para la presentación de una de mis novelas. La ocasión anterior le correspondió a “La sangre sobre las azucenas”, en 2016, que como sabéis es una obra ambientada en la Granada nazarí. Ahora le toca el turno a “Las cenizas del Danubio”. Tengo que decir que Gustavo, además de un erudito en otros temas que no vienen al caso, tiene un talento especial para la escritura. Y no lo digo a la ligera, por decir algo, no, lo digo con conocimiento de causa. He leído algunas de sus creaciones y me consta que su talento le abrirá muchas puertas a lo lago de la vida. Bien, después de barajar varios nombres, me quedó claro que era la persona idónea para la presentación de este acto, un gesto por el que siempre le estaré agradecido.

Con esta novela no me dio tiempo prácticamente a tocar la puerta de ninguna editorial ni a enviarla a certámenes literarios, salvo alguna que otra vez, ya que fue el propio Manuel Ortega quien me telefoneó para preguntarme si tenía alguna obra escrita. Le contesté que sí, se la envié y al cabo del tiempo me respondió que le gustaba, con lo que empecé el proceso de corrección y la editorial con la maquetación y el diseño de la portada, que tengo que decir que encaja a la perfección con la historia que pretendo contar en el libro.

Bien, os preguntaréis por qué me decidí por escribir sobre un tema como este, y os diré que con esta obra quería hacer algo distinto a todo lo anterior. Había escrito una novela realista, como “El Señor de Gran Capitán”, que publiqué en 2008; otra de corte de misterio y ficción, como lo fue “Sueños de futuro”, que obtuvo el primer premio Escribiendo 2010; y dos de tipo histórico: “Toda la verdad sobre Patricio Cervilla”, ambientada en la guerra civil española, que se alzó con la VII edición del premio Onuba en 2011, y “La sangre sobre las azucenas”, que quedó cuatro veces finalista en distintos certámenes literarios y que como ya he dicho publiqué el pasado año 2016. Cuando digo que quería hacer algo distinto me refiero a que, aunque parezca mentira, no hay demasiadas obras literarias de autores españoles centradas en la Viena del primer tercio del siglo XIX. No en vano invertí un tiempo precioso en buscar novelas ambientadas en aquellos años y no encontré sino algunas, muchas, de autores franceses, suecos, americanos o incluso austriacos, pero españolas, pocas.

Bien, hechas las primeras puntualizaciones sobre la obra en cuestión, me gustaría continuar el acto leyendo un breve fragmento de la introducción de la novela, un párrafo cortito que dice así:

“Viena, septiembre de 1841
Aquel era mi gran día, ese que había esperado durante meses con tanto anhelo, pero estaba deseoso de acabar mi intervención en la sala y largarme a casa a meditar sobre la última parte de mi vida y sobre mi futuro inmediato. Pero no podía hacerlo. Al menos en unas horas. No si quería seguir siendo una persona bien considerada en el círculo en que me movía.

Me preciaba de ser un tipo alto y corpulento, de piel más blanca que negra y ojos más bien oscuros; mis patillas, muy pobladas y crecidas, se aproximaban con descaro a las comisuras de mis labios, robaban la práctica totalidad de la superficie de mi mentón, y llevaba con orgullo una larga melena castaña que casi siempre recogía con un lazo de raso de algún color oscuro que camuflaba con disimulo entre el pelo.

Desde el lugar que me habían adjudicado podía observar, como si del proscenio de un teatro se tratara, esa escena reconfortante que tan variadas y profundas emociones me ofrecía cada tarde al caer el sol. Pero aquel escenario novelesco se desvaneció de repente cuando cerraron las cortinas y el salón quedó a oscuras, sin más iluminación que la que proporcionaban los candiles que los bedeles se afanaron en encender. Los miembros de la mesa sabíamos que el momento se acercaba. Nos dedicamos una mirada dubitativa y dimos nuestra aprobación en medio de un silencio contagioso: por fin teníamos claro que en esas condiciones podríamos vernos las caras y leer el texto que cada uno llevaba escrito o simplemente improvisar sobre la marcha, si ese era nuestro estilo y nuestra decisión.

A mí, como era lógico, me habían asignado uno de los asientos centrales, el que mejor vista tenía desde el patio de butacas. Era el protagonista de la noche y mi libro el objeto de las sucesivas intervenciones que comenzarían en un abrir y cerrar de ojos.

A mi izquierda habían colocado a un tipo bajito y regordete que ni siquiera conocía. Exhibía una sonrisa de reptil que perfilaba el contorno de sus labios cuando alguien se atrevía a mirarlo y se diría que su voz aguda era capaz de arrancar la carcajada a un pelotón de fusilamiento. Por un trozo de frase rescatado de entre las muchas que circulaban alrededor de la mesa supe que se trataba de un músico de cierto prestigio, un director de orquesta al que habían encargado la charla de presentación de la biografía objeto del evento, un erudito que navegaba entre Bonn y Viena dando conferencias sobre los compositores más ilustres.

A su lado, en el extremo izquierdo de la mesa ovalada, habían desplazado a Dominik Steimberg, que ocupaba el cargo de rector de la universidad desde hacía más de un lustro. La suya, atendiendo a la costumbre, y las costumbres se acaban haciendo leyes, sería una intervención corta. Como anfitrión, su misión no consistía más que en abrir y cerrar el acto, ensalzar la labor de la honorable institución respecto a la oleada de músicos que circulaba por la capital austriaca y tratar de dorar la píldora a los presentes, entre los que se encontraban los personajes más selectos de la ciudad. A fin de cuentas era como funcionaba este tipo de acontecimientos públicos.

A mi derecha se encontraba mi padre, un hombre que había salido de Austria para instalarse en España tres décadas atrás. Hasta hacía apenas unas horas nadie, ni siquiera el rector, tenía clara la conveniencia o no de su presencia en la mesa. Era un tipo que conocía como nadie la música vienesa de final del siglo XVIII y principio del XIX y cuyas palabras, que con toda seguridad sentarían cátedra en un acto de tal envergadura, esperaban todos los asistentes con impaciencia.

Sobre la encimera de pórfido había cuatro letreros de mediano tamaño donde, a modo de presentación, los amanuenses habían improvisado nuestros nombres, cargos y otros datos explicativos dignos de mención. Deslicé ligeramente la mirada y observé el que habían colocado delante de mi silla. Lo moví hacia un lado y leí: Johannes Zweig, autor de Las cenizas del Danubio. Biografía oficial de Lukas Hüttenbrenner.”

Bien, terminada la lectura de este breve fragmento, continuó con la presentación de “Las cenizas del Danubio”. Si la vida de Ludwig van Beethoven –Ludovicus, como rezaba en su partida bautismal- es apasionante, su legado lo es más aún. Esta novela pretende ser un homenaje a la música clásica en general y a la obra del compositor alemán en particular. Tras decidir escribir un libro que girara en torno al universo de uno de los mayores genios de la música (el maestro, por excelencia) decidí dar inicio a una exhaustiva labor de documentación durante la que analicé biografías y semblanzas, leí novelas, consulté enciclopedias (me puse en contacto, incluso, con la universidad de Viena) y contrasté unas páginas de internet con otras para garantizar la fiabilidad de la información que después tendría que dosificar a lo largo de estas páginas.

Creo que en un acto de este tipo no viene mal hablar un poco sobre la vida de Beethoven, aunque sea muy brevemente. Nacido en Bonn en 1770, fue nieto de un maestro de capilla de la misma ciudad. Su padre, por desgracia, no destacó por sus dotes musicales, sino por su alcoholismo. Maltrataba a su hijo, Ludwig, obligándolo a tomar clases nocturnas de música. Así, el maestro fue adquiriendo un carácter hosco y desordenado. Vivió de pleno la Revolución Francesa y el advenimiento de Napoleón  como gran reformador y liberador de la Europa del Antiguo Régimen. Unos dicen que fue el último músico perteneciente a la corriente del clasicismo. Otros, por el contrario, sostienen que se trata del primero de los románticos. Para la mayoría, sin embargo, su obra se situaría a caballo entre uno y otro movimiento.

Tras ser nombrado segundo organista de la corte de Colonia y ganarse el reconocimiento como el mejor virtuoso de piano conocido, cosechó amistad con el que sería uno de sus mecenas, el conde Waldstein, decisiva para establecer los contactos imprescindibles que le permitieron instalarse en Viena, centro indiscutible del arte musical y escénico, en noviembre de 1792, donde recibe las alabanzas del propio Mozart. Allí, en un viaje de estudios bajo la tutela musical de Haydn, conoció al príncipe Lechnowsky, que lo hospedó en su casa, recibió lecciones de Johann Schenck, del teórico de la composición Albrechtsberger y del maestro dramático Antonio Salieri.

Después de esto se estableció definitivamente en la capital austriaca. En su primer período, que podríamos considerar clasicista, tuvo influencias de Haydn y de Mozart. Su fama como virtuoso le abre las puertas de las casas de las familias más nobles. Así, la alta sociedad lo acoge, olvidando su origen de pequeño burgués, su aspecto desaliñado, sus modales asociales y su desprecio por las normas sociales. Siempre atrevido, se mezclaba en las conversaciones íntimas, estallaba en público en ruidosas carcajadas y contaba chistes de dudoso gusto. Lo tacharon de misántropo, megalómano y egoísta. Muchos se distanciaron de él y hubo quien llegó a retirarle el saludo y a negarle la entrada en sus salones, sin sospechar que Beethoven era la primera víctima de su carácter asocial.

Sus obras más conocidas, por decir solo algunas, serían: “Para Elisa”, “Claro de Luna”, “Quinta sinfonía”, “Novena sinfonía”, “Appasionata (sonata para piano)”, “Sonata patética”, “Overtura Leonore”, “Concierto para piano nº 5 Emperador”, “Fidelio” o la “Missa solemnis”.

Tras varios fracasos sentimentales (uno de los más sonados fue el protagonizado con Giulietta Guicciardi, la destinataria de su sonata Claro de Luna) se recluyó voluntariamente en su casa, barajando por primera vez la idea del suicidio y redactando el Testamento de Heiligenstadt. Pero como dicen que un clavo saca a otro clavo, se enamoró de nuevo, esta vez de las hermanas Joesphine y Therese von Brunswick, un trío que por mediación de la familia de las muchachas no llegó a consolidarse nunca. Un nuevo fracaso. Una nueva caída de su estado emocional. Pero su relación más fuerte fue con Toni Brentano, esposa de un comerciante de Frankfort.

Mientras tanto su sordera iba creciendo y su mal humor acrecentándose. Entre otras muchas, habría que citar como una de las anécdotas más famosas de la vida de Beethoven el incidente de Teplitz.

Tras pasar por varias etapas de apuro económico, pasa sus últimos días prácticamente aislado por la sordera, relacionándose solamente con sus mejores amigos a través de sus cuadernos de conversaciones.

La salud del maestro decayó inexorablemente durante su estancia en la casa de su hermano en Gneixendorf, quien solía decir «al almuerzo comía únicamente huevos pasados por agua, pero después bebía más vino, y así a menudo padecía diarrea, de modo que se le agrandó cada vez más el vientre, y durante mucho tiempo lo llevó vendado. Tenía edemas en los pies y se quejaba continuamente de sed, dolores de vientre y pérdida de apetito». El 20 de marzo de 1827 fue el propio Beethoven quien dijo: «estoy seguro de que me iré muy pronto». Y el día 24, ya moribundo, exclamó, tumbado en la cama y subiendo el brazo: «aplaudid amigos, la comedia ha terminado». Bajó el brazo después de que sonara un estrepitoso trueno y dejó de respirar.

El poeta Franz Grillparzer escribió un texto que leyó en el entierro del maestro ante veinte mil personas, en el cementerio de Währing:

“Las espinas de la vida hieren profundamente, pero, cual náufrago que se aferra a la orilla, él se lanzó a tus brazos, hermana sublime de la bondad y de la verdad, consoladora del dolor, oh Arte, que bajas de lo alto… Fue todo un artista; y ¿quién es digno de ser colocado junto a él? Desde el arrullo de la paloma hasta el borboteo de la tempestad, desde el empleo sutil de sabios artificios hasta ese tremendo límite en que la cultura se pierde en el caos de las tumultuosas fuerzas de la naturaleza, él pasó por doquier, todo lo sintió. Quien venga tras él no continuará; deberá volver a empezar, pues este precursor ha terminado su obra allí donde terminan los límites del arte”.

Antes de continuar me gustaría dejar clara la veracidad de los datos que aporto en relación a la vida de Beethoven, así como de la existencia de las mujeres que se citan y que de alguna manera pasaron por la vida del músico, como Giulietta Guicciardi, Teresa Malfatti, Therese de Brunswick o Antonie von Birkenstock, esposa del comerciante de Frankfurt Franz Brentano. De igual manera, son reales las cartas a la Amada Inmortal, el testamento de Heiligenstdt, el incidente de Teplitz con Goethe, la información que aporto acerca de su infancia y su juventud, la descripción de su carácter hosco o su extraña pero sugerente forma de vida.

Sin embargo, también habría que aclarar que estamos ante una novela de ficción, y como tal hay ciertos hechos que se alejan de la realidad. Aunque es prácticamente unánime la aceptación del romance entre el músico y Antonie Brentano (los estudiosos creen que las cartas a la Amada Inmortal están dedicadas a ella), en beneficio de la trama en general he optado por supeditar esa relación a la amistad ficticia de Beethoven con Lukas Hüttenbrenner, siempre en cuanto a lugares, fechas y aventuras. Obviamente también son ficticias las vidas de Johannes Zweig, Andreas y Viktoria Wallman y las familias de unos y otros.

Pero si bien todos estos hechos pertenecen al universo de la ficción, los he ubicado en épocas históricas y lugares reales que creo que engrandecen la novela a medida que se van presentando personajes como el literato Goethe, los músicos Mozart, Bach o Salieri, los emperadores Fernando I y María Ana de Saboya, el conde de Lichnowksy o, y sobre todo, el propio Ludwig van Beethoven.

Asimismo, estas páginas absorben determinados hechos decisivos en la historia de Austria, como la guerra de la Quinta Coalición, la ocupación de la capital austriaca por parte de Napoleón Bonaparte, el congreso de Viena o los cambios que experimentan el paisaje y la moda en dos épocas no demasiado distantes entre sí (1800 y 1840).

Bueno, metiéndonos ya en el análisis de la obra, quiero decir que nunca tuve duda respecto al título. Fue de las primeras cosas que tuve claras al comenzar la escritura. “Las cenizas del Danubio” me parecía el título más oportuno para una novela cuya escena principal está centrada en un incendio del Danubio.

Para la escritura de esta obra, como la de cualquier otra, habría que contar con la parte de la documentación, la de la escritura y la de la corrección, además de la creativa, necesaria para construir un mundo paralelo al histórico propio de la primera mitad del siglo XIX. Para todo ello he necesitado dos años de mi vida. Dos años que comienzan en Granada, en 2013, y finalizan después de fijar mi residencia en Alicante, en 2015. He dicho al principio que esta novela significa mucho para mí, y eso no atiende más que al hecho de que trato en ella mis dos grandes pasiones: la música y la escritura. La música materializada en los personajes, unos reales y otros ficticios, y la escritura a través del protagonista y narrador, Johannes Zweig, un escritor zaragozano a quien le encargan la biografía de Lukas Hüttenbrenner.

Como todos los seres humanos evolucionamos constantemente, también los personajes de la novela evolucionan. Los principales son redondos, y esa redondez o esa evolución, si comparamos las dos partes en las que se centra la novela: 1810 y 1840, se palpa en Johannes Zweig, en la posadera, Amelie, Andreas Wallmann, Viktoria, Christoph Wallmann, Antonie Brentano, Philipp, Katharina, Moritz Krakauer, o en el propio Lukas Hüttenbrenner. Incluso en los huéspedes de la posada se nota cierta evolución a lo largo de la historia, si tenemos en cuenta al padre Mathias, a Alexander, a Sebastian o a Jonas. Los personajes planos suelen ser los secundarios, como el duque de Klosterneuburg, Dominik Steinberg, Noah, Ralph Credenstolk, Sophie, Stefan Oehler o Monsieur Champfleury.

Johannes es un personaje inquieto, capaz de aceptar todo lo que le ofrezcan con tal de forjarse una buena carrera como biógrafo. Sus sueños se materializan en el viaje a Viena que le ofrece la propia universidad, para escribir la biografía de Lukas Hüttenbrenner. Deja su Zaragoza natal como un joven que no acaba de abandonar las faldas de sus padres y se convierte en Viena en un hombre adulto, capaz de desarrollar una investigación sobre el músico objeto de la biografía que derrotaría a cualquiera.

Otros personajes son Amelie, la posadera, mujer algo ligera de cascos que pretende a Johannes desde el principio, y con el que forma una pareja capaz de solucionar los problemas más graves.

Clemence, padre de Johannes, es un músico de cierto prestigio establecido en Zaragoza 30 años atrás, empeñado en que su hijo salga adelante como biógrafo. Es un hombre amante de la música y de su familia.

Lukas Hüttenbrenner es un famoso músico austriaco fallecido en 1810 con solo treinta años en un duelo por motivos pasionales. Es, junto a Johannes, y a veces solo por alusiones, el protagonista de la obra. Tiene una juventud un tanto bohemia, a pesar de su creciente fama.

Andreas Wallman, heredero del condado de Wolfsberg en la primera parte de la trama, es un joven sarcástico al que le gusta la vida bohemia, algo atípico en alguien que pertenece a la nobleza. Sin embargo, en su madurez, su forma de vida da un giro hacia, digamos, la normalidad.

Philipp, hijo del duque de Klosterneuburg, es un joven recto que pretende la mano de Viktoria, más que por consejo, por imposición de su padre.

Viktoria, hermana de Andreas, es una chica de carácter fuerte, fuera de lo común en una época donde la mujer estaba completamente supeditada al hombre.

Cristoph Wallmann, el conde de Wolfsberg, que junto con Moritz Krakauer representan la encarnación del mal en la historia. Son los antagonistas puros y duros.

Hay que decir que por las páginas de la obra sobrevuelan una serie de personajes reales, sobre todo relacionados con el mundo de la música, como Mozart, Salieri o Haydn, además de otros pertenecientes a la nobleza o a la realeza, como el conde Lichnowksy, la emperatriz María Ana de Saboya, el emperador Fernando I o herr Kempelen, inventor de la máquina de ajedrez.

Estructurada en tres partes: la Primera titulada “Las aguas del Danubio”, la segunda “Juego de amantes” y la tercera “Las cenizas del Danubio”, no es una novela lineal, sino todo lo contrario, es una obra en la que recurro a los relatos retrospectivos que ciertos personajes van desgranando a través de sus páginas. Se va cambiando continuamente de época y por tanto de escenarios y de personajes Tiene un estilo sencillo y creo que ágil y en continuo movimiento, en el que utilizo un vocabulario también sencillo. Las frases no son demasiado largas ni complicadas. He intentado con esta forma de escribir conseguir un ritmo adecuado a las exigencias de cada parte de la novela, sin detenerme demasiado en espacios cortos de tiempo ni en largas descripciones, que por otro lado resultan innecesarias.

Bien, antes de dar por terminado el acto me gustaría leer una parte del texto que finalmente deseché porque me di cuenta de que hacía perder un poco el hilo de la historia, pero que disfruté mucho cuando la escribí y ahora tengo como un relato breve. Dice así:

“Sentí añoranza, tal vez del pasado, tal vez de otros lugares lejanos o tal vez añoranza de la propia añoranza. Noté una calima densa y confortable que intentaba arrancar la máxima sensibilidad a mis sentidos. El éxtasis. El placer en estado gaseoso. Cogí algunas partituras y las coloqué en el atril, una sobre otra, sin orden ni concierto, busqué la posición más cómoda y respiré tan hondo como me fue posible. A la vista de mis reflexiones establecí una especie de paralelismo entre mi padre y Lukas. Eché un vistazo a la primera partitura.
«Canon -leí en la cabecera-, Johann Pachelbel, barroco…, me gusta el barroco».
Me emocioné. Aquella pieza era mi preferida. Cuántas veces la había tocado mi padre al piano o al violín, cuántas veces la había tarareado y cuántas veces había sonado en mi cabeza hasta llegar a la obsesión. Me llevé la mano al pecho y suspiré varias veces.

… Y comencé a tocar.

Los recuerdos no tardaron en visitarme entre pentagramas. Eran unos recuerdos cálidos y agradables, de mi niñez y mi adolescencia, la época más feliz de mi vida. Observé una gota perlada caer sobre el teclado. «Canon –me dije-, siempre despiertas emociones». Cada lágrima que derramé al interpretarla correspondía a una reminiscencia del pasado.
Al acabar tuve el acto reflejo de pasar la partitura y colocarla a la izquierda del atril, pero la tentación no se hizo esperar. Algo en mi interior me exigía continuar con la misma pieza.
Viví aquellos instantes como si fueran los últimos de mi vida, con una intensidad que no dejó de sorprenderme. Había comunicación entre el piano y mis dedos. Entre mis dedos y mi cerebro. Una relación divina. La temperatura de mi cuerpo era la adecuada, la vibración del aire era la adecuada. La diosa fortuna me sonreía. De niño pensaba que cuando me visitara la señora de la guadaña me permitiría llevar conmigo un libro de poemas y un pequeño instrumento. Estaba convencido de que de ese modo reduciría la pesadez y el dolor que me provocaría el tránsito a la otra vida.

Mis manos volaron sobre el teclado. Me sentí invadido por una grata sensación que me acariciaba el alma con dedos de terciopelo. Aquellas notas me hicieron olvidar los males que habían caído a mi espalda desde que tenía uso de razón, evadirme de prejuicios y contratiempos.

… Y seguí recordando.


Y la magnitud de los recuerdos me reconfortó tanto que me impedía concentrarme en otros asuntos. Residía en un mundo que no se correspondía con el real, lejos de la materia y de las preocupaciones cotidianas, un mundo que solo me pertenecía a mí. El paraíso. El edén.
«Pachelbel compuso esta pieza pensando en mí, en mi entorno, en mis circunstancias. Gracias Johann, gracias por todo. Me siento como pez en el agua, sí, eso es, como un pájaro que vuela en libertad. Soy inmortal, rey de reyes, emperador de algún lugar que no abarca más que una habitación, pero que ocupa todo un universo de sentimientos y emociones».
Acaricié las teclas con una delicadeza que me conmovió y me dejé llevar por los susurros del piano. Solo existían el teclado, la partitura y mis manos. Deseé dejar esta vida e incorporarme a la siguiente, a la espiritual, donde no hay dolor y el bien y el mal comparten habitación, porque no existe ninguno de los dos extremos. Aquel era uno de los momentos centrales de mi vida. Quería prolongar aquel paréntesis, aquel lapsus, por el resto de mis días. Lo deseaba con fruición. Era como un nexo de unión entre el antes y el después, entre los mejores compositores y yo, como si alguien o algo me obligara a decirle adiós al pasado y darle la bienvenida al futuro, a la vida que me quedaba por vivir. Podría ser Viena, podría ser Zaragoza. ¿Qué importaba? Tenía que vivir con intensidad y olvidarme de las preocupaciones mundanas, de la política, de la religión y de las memeces y protocolos que impone la sociedad.
Cerré los ojos y dejé que mi imaginación volara a golpe de tecla. Entre nota y nota conecté con mi padre. Percibí su presencia. Estaba sentado en su estudio, tocando el Canon. Pude comunicarme con él y transmitirle mis sentimientos sin necesidad de utilizar el lenguaje hablado.


No lo vi, no lo oí, pero lo imaginé pensando en mí y en la biografía de Lukas. Telepatía, sí, se trataba de telepatía. «Hola, padre, ¿siente usted mis pensamientos, los escucha? Yo puedo sentir los suyos». Lo conocía tan bien que por su forma de tocar podía presentir su estado emocional. Intuía que estaba triste, que había algo que le preocupaba al margen de mi vida en Viena. ¿Qué sería? «No se preocupe, intentaré hacerlo lo mejor que pueda». Sabía que tenía que enfrentarme a una sorpresa. O a varias. Pero eso era todo. Estaba, o suponía que estaba preparado para afrontarlas. «Tómatelo con calma, hijo –sentí su voz difusa desde la lejanía- y sé precavido, recibirás noticias que te impactarán».
Tuve la necesidad de levantarme y abrazarlo, pero no podía dejar que desapareciera la magia que desprendían las notas al desangrarse por la habitación.
Interpreté por enésima vez el mismo tema, un poco más lento, más apagado, con más sentimiento, si cabía, que las veces anteriores, y mi padre me siguió, sus ojos cerrados y su cabeza siguieron el ritmo que le marcaba, y mi madre nos acompañó tarareándolo. Viví el barroco como el presente. Sentí la historia de la música con una pasión conmovedora. Volaba… Volaba… Volaba… Noté tan cerca la presencia de Pachelbel que creí percibir su aliento. Aquel lapso de tiempo era una vida dentro de otra vida.

    En un momento de una extraordinaria creatividad empecé a volar por la historia de la música, un vuelo que me hizo viajar desde Rusia hasta España. Pasé por Alemania, Austria, Italia o Francia, y lo que sentí, lo que imaginé, se tradujo en una interpretación espontánea.
Me sorprendí en un estado que desconocía. Mis dedos navegaron por el teclado haciendo un personalísimo recorrido por autores tan distantes entre sí como lo fueron Beethoven, Bach, Albinoni, Haydn, Salieri, Händel, Scarlatti, Telemann, Bocherini, Schubert o Vivaldi, al mismo tiempo que su imagen se instalaba en mi cabeza.
Hice de sus composiciones algo tan particular que casi las consideré de mi autoría. Mezclé unas con otras, me las llevé a mi terreno, hice algunas variaciones y las toqué a mi antojo, a la velocidad que me pareció correcta. Antes de acabar una comenzaba otra en un estilo tan propio y exclusivo como sobrecogedor. No existía idioma para expresar con palabras el derroche de creatividad que me invadía. Ya no me interesaban las partituras, no las necesitaba, tenía un esquema mental de todas las piezas que tocaba. Cada tecla que golpeaba rociaba el ambiente de un sonido penetrante. El encanto flotaba en el aire. Brujas y hechiceras se habían puesto de acuerdo para cederme aquellos minutos, para que los mejores compositores se dieran cita en el estudio. El mismísimo Lukas los convocó allí con el fin de ofrecerme un concierto que yo mismo estaba interpretando.


Nunca había tocado, ni volvería a hacerlo, de eso estaba seguro, como aquel día. Era consciente de que aquel viaje a través de la mente de Beethoven, de Bach, de Pachelbel no volvería a experimentarlo en el resto de mis días, razón de más para obligarme a explotar en la medida de lo posible esa inspiración divina que el universo, o la naturaleza, o el Altísimo, o las tres cosas a la vez me ofrecían.


Moscú. Viena. Praga. París. Roma. Todas las ciudades eran pocas para mis dedos. Me introduje en el interior de la mente de Mozart, de su inteligencia, de su talento; saludé a Vivaldi; paseé por la corte de París, por Versalles, y cabalgué por Alemania y Prusia; acto seguido regresé a Mozart, a Salzburgo, tal y como era a finales del siglo pasado, y mantuve agradables conversaciones e incluso duelos de piano en San Petersburgo con algunos de los más grandes compositores de todos los tiempos.


Solo por instantes como aquel merecía la pena vivir.

Pero tenía que levantarme y hacer frente a la realidad”.


Bien… Leído este relato breve creo que está ya todo dicho, solamente agradeceros de nuevo vuestra presencia y si alguien quiere intervenir o hacer alguna pregunta este es el momento.

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