Por Eva Estévez Ortega.- A veces pensamos que a la vida le falta algo, un objetivo último, y nos sentimos un poco perdidos, vacíos. Y es que de que sirve ser la mejor persona del mundo, el mejor artista, la diversión, tener buen gusto y disfrutar con ello. Si, todo eso te hace sentir mejor contigo mismo, pero ¿de qué se supone que servirá eso al final? Es la pregunta. De qué sirve saber expresarse en un cuadro o que una canción despierte en ti sensaciones preciosas, saber escuchar al silencio, que algo te guste tanto que no sepas qué hacer, de que sirve disfrutar de todo eso al final. Y joder, me di cuenta de que la vida es tan perfecta que te deja todo el tiempo para ti, todo el tiempo para dejarte deleitar por las cosas que te gustan, un cuadro, unos colores, un sabor, una sensación o sentimiento, un olor, la compañía de una persona, lo que sea que más te guste, sin ningún objetivo. El problema es que al nacer llevamos esa capacidad en la mano, la capacidad de disfrutar de las cosas, de observar, de sentir. Pero unos nacen con la mano abierta, y toda la capacidad se derrama, sin que puedan llegar si quiera a saber que existe ese disfrute, ese deleite, y buscan otras malas maneras de pasar la vida. Estas personas, en mi opinión son las que han inventado la religión, ya que ahí encuentran el objetivo, el sentido. Han escuchado la palabra felicidad, y lejos de su significado real le han dado uno, pues si la palabra existe, algo tendrá que ser, y llaman felicidad a tener un trabajo estable con el que poder mantener a las familias que han creado. Pero no podemos culparlos de haber nacido así. Luego están las personas que nacen con esa mano cerrada, y la van abriendo poco a poco, con cuidado de que no se caiga nada, para poder disfrutar de todas las cosas, de experimentar, de descubrir. Estas personas ven todo completamente distinto y llevan dentro magia, son las personas creativas, felices.
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