Querido Gabriel:
Hace solo unas horas que he conocido el triste desenlace de tu desaparición y posterior... bueno, prefiero guardar silencio y dejarlo en unos significativos puntos suspensivos, poner en mi boca palabras de tal carga de injusticia e inhumanidad agrede en estos momentos tanto a mi estado de ánimo como a mi sensibilidad, y bastantes puntos hemos perdido todos en cuestión emocional desde entonces. Me han comunicado la demoledora noticia, porque no sabría ni podría calificarla de otra manera, antes de embarcarme en un autobús para cubrir un trayecto aproximado de una hora. Te puedo asegurar que me ha producido una sensación amarga y, como a tantas y tantas personas de bien, porque a pesar de los pesares sigo confiando en la buena voluntad de la mayoría, me ha conmocionado. La impotencia y la sinrazón me han encharcado los ojos camino de Alicante y, aunque se podía intuir un final trágico (no nos engañemos), un nudo de dolor me ha apuñalado por la espalda atravesándome la garganta de lado a lado. No pienso perder un instante en nombrar a la "persona" o "personas" responsables del crimen como tampoco pienso perderlo en desearles tal o cual pena. Sencillamente no merecen que les dedique una sola fracción de segundo de mi tiempo. Espero que, independientemente de la sentencia judicial que en su momento dicte el juez de turno, se encuentren consigo mismos y sean sus conciencias y sus propios fantasmas interiores los que de verdad se hagan cargo de su condena. Aunque hace casi dos semanas que te fuiste, hoy tu alma, como la de tantos otros pescaditos como tú, ha alcanzado la condición de ángel, concretamente de ángel de la guarda. Quién lo diría, a tu corta edad... Ahora ya no nos necesitas, somos nosotros quienes te necesitamos a ti. Por eso te pido que veles por tu madre y por tu padre, les haces más falta que nunca. Están destrozados, los he visto intentar convencerse a sí mismos de que la luz todavía brillaba cuando el caso, después de tantos días de oscuridad real, pintaba cada vez peor. Anda..., pequeño Gabriel..., anda..., mándales una sonrisa desde tu nueva casa, desde tu nuevo cuarto, desde tu nueva cama, e inyectales el aliento que necesitan para seguir viviendo, porque sólo tú, pescadito, puedes hacerlo.
Con todo mi amor, te deseo lo mejor allá donde te haya llevado tu último viaje, pequeño Gabriel.
/image%2F1565037%2F20180328%2Fob_ec3326_20180326-193037.jpg)