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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

Las justas.- extracto de mi novela La sangre sobre las azucenas.-

Publicado en 29 Marzo 2018 por deliriosdeautor Manuel Fernando Estévez Goytre

Las justas.-   Manuel Fernando Estévez Goytre.-     Un sol cobrizo deambulaba entre el colchón de colinas azuladas que contrastaban en el horizonte con la bóveda celeste. La brisa del amanecer jugueteaba inquieta con la hojarasca que conseguía arrebatar al arbolado. Aunque la mañana se presentaba clara y sobria, se intuía lluviosa y algo ventosa. Era una hora de gran trasiego en el campamento. Los soldados abandonaban las tiendas para aliviar sus vejigas y hacer aguas mayores, refrescarse en el río o desayunar parte del alimento obtenido en el botín a su paso por alquerías y casas de campo, que les aseguraba un buen bocado para varios almuerzos. Aquel día sería el segundo de entretenimiento colectivo y jarana continuada para las huestes. Fiesta, comida, bebida, guerra, batalla, justas. Cada uno de los soberanos había empleado las últimas horas del día anterior tratando de escoger a los diez caballeros justadores mejor preparados para defender su bandera, como las normas del juego establecían desde su promulgación varios siglos atrás. Una vez informados del acontecimiento a celebrar los escuderos prestarían su ayuda para que los señores se colocasen la armadura, en un ritual que se prolongaría para ambos por tiempo indefinido, y más tarde la lucieran orgullosos a lomos de sus caballos. Mientras tanto, los soldados se deshacían en críticas y ofensas hacia sus contrarios. Si los musulmanes incendiaban sus nervios en un intento de revalidar el triunfo del día anterior, la incomodidad y el deseo de revancha pulverizaban el estado de ánimo de los cristianos. Aunque no se cerró el palenque con vallas ni muros, se colocaron postes que a modo de línea divisoria delimitaban el lugar destinado a soberanos y caballeros de mayor rango, al público y a los participantes. Decenas de peones habían colaborado la tarde anterior en la corta de arbolado para construir una mediana que partiese el campo de juego por la mitad. Los presidentes de las justas serían los dos monarcas, y los nobles de mayor edad y prestigio actuarían de jueces y harían observar las leyes para que el evento transcurriese por cauces en los que la serenidad imperase por encima del descontrol y la provocación. En una primera tanda lucharía un caballero musulmán contra otro cristiano, como habían decidido sobre la marcha jueces y presidentes, no así en la segunda, que podía suceder que los vencedores de los enfrentamientos anteriores lo hicieran contra un guerrero de su mismo ejército. La recompensa para el único ganador, muy codiciada por los participantes y envidiada por el público, consistía en una capa bordada en oro que le entregaría la reina de la hermosura. Los reyes abandonaron sus tiendas y se encontraron, como habían quedado con anterioridad, al principio de la explanada, y ministriles y percusionistas hicieron sonar trompetas y tambores en cuanto los vieron aparecer. Como el día anterior, tomaron asiento el uno junto al otro en sus tronos de campaña. -Éste es el entrenamiento definitivo para la batalla –exclamó el Cruel-. Solamente participan de dos en dos hombres. -Y con armas reales –respondió Muhammad, satisfecho. Los caballeros justadores se colocaron en línea junto a sus respectivos soberanos. Además de las damas y los reyes eran los únicos privilegiados que disponían de asientos. Más tarde fueron saliendo al palenque por estricto orden de situación para instantes después dar una vuelta a su alrededor y hacer un juramento de honor y lealtad ante los jueces. El escribiente se tomó un tiempo para redactar las condiciones del acto y después de mostrarlas a soberanos y justadores se dirigió a la palestra, las exhibió al público e invitó a la fanfarria a tañer sus instrumentos. En condiciones normales se habrían adornado balcones y tablados con tapices de seda ricamente bordados, pero en un palenque de campaña todo era improvisado y no existía ni tienda para mantenedores ni trono para la señora de la fiesta. Uno de los jueces se acercó al rey de Castilla, anfitrión del acontecimiento, se detuvo a dos pasos y lo reverenció con el respeto debido. -Todo listo, mi señor. El espectáculo puede dar comienzo. El Cruel asintió. Su expresión fría y cortante heló la sangre de Muhammad. El juez suspiró y ordenó la retirada de cuantas personas se encontraban en el palenque para que los caballeros saludaran al público, que se deshizo en una jauría de aplausos. Los justadores, separados por la mediana de madera que más tarde debería alimentar el fuego, tomaron posiciones enfrentadas a treinta brazas, distancia previamente señalada y establecida para las justas de campaña. El juez dio media vuelta con el temor blanqueando su rostro y chasqueó los dedos. -¡Podéis comenzar! –añadió más con un gesto impreciso que con palabras, y los ministriles empezaron a tocar desde su posición en la explanada. El cielo se iluminó entre nimbo y nimbo, dibujando en el espacio un complicado rompecabezas que pulverizaba el gris plomizo y opaco que lo coloreaba. Olía a lluvia. Un viento suave y fresco se paseaba por el corazón de la explanada mientras las nubes se deshacían con fiereza en un violento trueno. Los justadores se miraron de hito en hito. A una orden del juez, cerraron sus viseras. La fanfarria dejó de tocar y el tiempo se congeló por un instante mientras el público esperaba que la trompeta ordenase el comienzo de la justa. Momentos de ansiedad en la palestra. Los dos guerreros aseguraron sus lanzas bajo las axilas, sus puntas dirigidas a sus contrincantes, y a un toque de uno de los ministriles iniciaron una veloz carrera hacia su oponente. «¡Ahora!» Sus armas resbalaron al contacto con el metal escurridizo de la armadura del enemigo, aproximadamente a mitad del terreno. En un segundo intento y con el peso de su caballo apoyando al suyo propio, el justador cristiano dio una violenta estocada a su adversario, que cayó derribado al suelo. Pero para resultar vencedor se habrían de romper tres lanzas o hacer que el contrincante cayese las mismas veces. De nuevo arremetieron uno contra otro y el cristiano rompió la pica de su adversario. Muhammad lo miró largamente y Pedro le sonrió, moviendo la cabeza de arriba abajo mientras apoyaba el índice izquierdo en la comisura de sus labios y dedicaba a su caballero una mirada de atención. El viento arreció y un nuevo rayo hizo añicos el cielo para ceder el paso a un rugido estrepitoso. El tercer intento supuso el vencimiento del caballero castellano, al tirar a su contrincante de su caballo. -No es justo –espetó Muhammad, mientras se levantaba bruscamente de su asiento y taladraba a Pedro con una mirada canina-. No estábamos preparados para esto, no deberíamos haber participado en los juegos. -Creía que los granadinos siempre estabais preparados para todo –sonrió el Cruel cínicamente, mientras paseaba su mirada por el semblante enrojecido de Muhammad. En la siguiente justa, tras romper tres lanzas seguidas sin que su oponente obtuviese un sólo punto, también venció el castellano. La lluvia fina y persistente se deslizaba con suavidad sobre el semblante pletórico de Pedro, pero la situación dio al traste y el tercer vencedor resultó ser un musulmán. El Cruel se empapó el sudor con la manga de la túnica mientras apremiaba al juez para que ordenara a los cuartos justadores salir a la palestra. En cuanto dieron su paseo y sonó la trompeta, arremetieron uno contra otro. En esa justa, como en la siguiente, vencieron los musulmanes, y Pedro golpeó el brazo de su asiento y se levantó de un brinco. -¡No es más que suerte! –gritó-. ¡Pero todavía quedan cinco combates! El granadino se incorporó, buscando la altura de su contrincante. Esgrimía una sonrisa que puso en jaque la integridad del soberano castellano. -¡Bien por mis caballeros! –hincó todo su sarcasmo en el orgullo herido de Pedro-, todo se va desarrollando como esperaba. Sin embargo, el nuevo triunfo de un cristiano revalidó la confianza que el Cruel depositaba en sus hombres, y ambos se dejaron caer en sus asientos. -¡Eso no significa nada! –exclamó el granadino-. Al final puede vencer tanto un castellano como un rondeño. Además, de sobra sabéis que normalmente no se organizan equipos, sino que los caballeros son totalmente independientes. No sé por qué hemos tenido que crear dos grupos. El engreimiento y la zafiedad envolvieron las palabras de Pedro. -¡He querido hacerlo así para demostrar nuestra superioridad en el arte de la guerra! –adujo. El nazarí evitó ganarse la enemistad de Pedro en un momento en el que tanto lo necesitaba y se obligó a guardar silencio. Suspiró y desvió la mirada al palenque para recrearse en los enfrentamientos. De las cuatro justas restantes, dos triunfos serían para los castellanos y dos para los musulmanes. Era la hora del almuerzo y el castellano ordenó detener los juegos. Todos necesitaban un receso. Mandó llamar a uno de los criados y le ordenó que prepararan y sirvieran comida y bebida. -Una pierna de cordero con verduras para Muhammad y otra para mí, y una jarra de vino de Málaga para cada uno.  Después de saciarse de comida y bebida y dedicar un rato al descanso al amparo de la lona de su tienda, Pedro ordenó la reanudación de las justas. De nuevo el jaleo y el jolgorio se apoderaron del palenque. Rayos y truenos se sucedían con insistencia en una tarde gris y húmeda en la que el agua ponía en entredicho los reflejos de los participantes. Quedaban cinco justadores de cada ejército, por lo que siguieron luchando musulmanes contra cristianos sin oposición de ninguno de los soberanos ni de los caballeros que defendían su bandera. -¿Vais comprendiendo a quién pertenece la supremacía militar en la Península, Muhammad? –exclamó Pedro, fanfarrón y petulante, después de que los cristianos obtuvieran tres triunfos más. -Si tenemos en cuenta que aún no han terminado los juegos y que nos cogisteis por sorpresa, lo entendería. Pero luchando con las armaduras que nos habéis prestado, las más viejas y oxidadas que teníais, y que por tanto dejan al caballero menos libertad de movimiento, no creo que tengáis el mérito que vos mismo os otorgáis. Además, chirrían mucho, y eso entretiene a los justadores, no los deja concentrarse como es debido. -¡Bah!, tonterías. Un caballero es un caballero independientemente de la armadura que lleve. -Os propongo entonces que las cambiemos. Las palabras del Cruel se congelaron en su garganta. Se atusó la barba y el bigote en un intento de ganar tiempo para ordenar sus ideas. -No puedo hacer eso. Cada caballero acude a las justas con su propia armadura. Yo no tengo poder para ordenar que las cambien con las de vuestros hombres. Bastante hemos hecho ya con dejarles otras. Las justas siguientes se organizaron de tal modo que coincidiesen, en dos de ellas, un musulmán con un cristiano, quedando libre el representante de Castilla. La primera la venció un caballero de un ejército y la segunda de otro, con lo que quedaban dos castellanos y un musulmán en el retén. El cristiano que no había participado en la anterior combatió entonces con el rondeño, que resultó ser el triunfante. El último combate enfrentaría a un participante de cada reino. El juez ordenó al ministril dar el toque de inicio. «¡Éste es el momento decisivo!», pensó Muhammad. La lluvia impedía una óptima visión del adversario. Había lodo en el suelo y un viento agresivo e insistente barría el campo. Había piezas que no pertenecían a la armadura del rondeño; La gola le presionaba el cuello y la culera andaba en un continuo vaivén que lo situaba en clara situación de desventaja; el sonido que emitió la visera cuando la cerró provocó una carcajada en el público. ¡Estaba completamente oxidada! Con la lanza bajo la axila derecha y el escudo asegurado al brazo contrario, iniciaron la carrera. -¡Ahora! –exclamó Pedro. Un paso antes de encontrarse, el caballo del rondeño se detuvo en seco y el justador cayó al suelo. En el segundo intento, el musulmán quebró su lanza contra la armadura del castellano. -De momento, vamos empatados –dijo Muhammad. -Sí, pero mis caballeros han derribado a más hombres que los vuestros. El tercer toque de trompeta de la última pareja de participantes coincidió con el fin de la lluvia. Ambos caballeros iniciaron su carrera. «¡Vencer! -pensó el musulmán-. ¡La gloria para mi rey!» «¡Ganar! -se dijo el cristiano. ¡Dios me lo premiará!» El triunfante revalidaría su honor ante miles de personas, militares en su mayoría. Quien por el contrario fuese derrotado perdería el honor y el premio, y la posible dama de sus sueños le retiraría la mirada y la palabra. Ninguno de los reyes quería perder detalle del paso de los caballos. Los espectadores permanecían callados, no se oía ni el ruido de su respiración, y las damas atendían con la boca abierta al avance de los guerreros. El viento dejó de soplar y un olor a limpio, a tierra mojada, recorrió la explanada de este a oeste mientras los cascos de los caballos despedían el agua encharcada del suelo a los lados.  El musulmán levantó la vista para acto seguido dejarla caer de nuevo y recuperar su objetivo: la mirada de su oponente. Respiró profundamente mientras estiraba la mano izquierda, adelantando el escudo en prevención de una posible estocada. La derecha dirigió la punta de la lanza contra el yelmo de su contrincante, mientras por el lado opuesto la aseguraba bajo su axila. Quería arriesgarlo todo. «Vencer o morir», pensó. Mientras tanto, un rayo cayó sobre un árbol, que empezó a arder tras el campamento, y un nuevo golpe de viento avivó el fuego, que se propagaba con rapidez. El moro, a escasos pasos de su oponente, adelantó el brazo derecho y acertó a introducir la punta de la lanza por el hueco que quedaba entre la barbera que protegía la boca y la gola, que cubría la parte delantera del cuello. Lo atravesó. El cuerpo inmóvil del justador cristiano cayó sin vida del caballo. El musulmán se detuvo, desmontó y, con la pica en la mano, caminó hasta el palco real y la clavó en el suelo. El pendón ondeó al viento, que sopló con fuerza, mientras Muhammad observaba triunfante a Pedro, derrotado y silencioso en su asiento. La reina de la hermosura entregó el premio al vencedor, que lo exhibió ante un público eufórico. Acto seguido, lo que debería ser un banquete en el que la dama se entregaría a un largo cortejo por parte del caballero ganador, se convirtió en una rápida huida del campamento, dejando el festejo para otra ocasión.

Las justas.- Manuel Fernando Estévez Goytre.- Un sol cobrizo deambulaba entre el colchón de colinas azuladas que contrastaban en el horizonte con la bóveda celeste. La brisa del amanecer jugueteaba inquieta con la hojarasca que conseguía arrebatar al arbolado. Aunque la mañana se presentaba clara y sobria, se intuía lluviosa y algo ventosa. Era una hora de gran trasiego en el campamento. Los soldados abandonaban las tiendas para aliviar sus vejigas y hacer aguas mayores, refrescarse en el río o desayunar parte del alimento obtenido en el botín a su paso por alquerías y casas de campo, que les aseguraba un buen bocado para varios almuerzos. Aquel día sería el segundo de entretenimiento colectivo y jarana continuada para las huestes. Fiesta, comida, bebida, guerra, batalla, justas. Cada uno de los soberanos había empleado las últimas horas del día anterior tratando de escoger a los diez caballeros justadores mejor preparados para defender su bandera, como las normas del juego establecían desde su promulgación varios siglos atrás. Una vez informados del acontecimiento a celebrar los escuderos prestarían su ayuda para que los señores se colocasen la armadura, en un ritual que se prolongaría para ambos por tiempo indefinido, y más tarde la lucieran orgullosos a lomos de sus caballos. Mientras tanto, los soldados se deshacían en críticas y ofensas hacia sus contrarios. Si los musulmanes incendiaban sus nervios en un intento de revalidar el triunfo del día anterior, la incomodidad y el deseo de revancha pulverizaban el estado de ánimo de los cristianos. Aunque no se cerró el palenque con vallas ni muros, se colocaron postes que a modo de línea divisoria delimitaban el lugar destinado a soberanos y caballeros de mayor rango, al público y a los participantes. Decenas de peones habían colaborado la tarde anterior en la corta de arbolado para construir una mediana que partiese el campo de juego por la mitad. Los presidentes de las justas serían los dos monarcas, y los nobles de mayor edad y prestigio actuarían de jueces y harían observar las leyes para que el evento transcurriese por cauces en los que la serenidad imperase por encima del descontrol y la provocación. En una primera tanda lucharía un caballero musulmán contra otro cristiano, como habían decidido sobre la marcha jueces y presidentes, no así en la segunda, que podía suceder que los vencedores de los enfrentamientos anteriores lo hicieran contra un guerrero de su mismo ejército. La recompensa para el único ganador, muy codiciada por los participantes y envidiada por el público, consistía en una capa bordada en oro que le entregaría la reina de la hermosura. Los reyes abandonaron sus tiendas y se encontraron, como habían quedado con anterioridad, al principio de la explanada, y ministriles y percusionistas hicieron sonar trompetas y tambores en cuanto los vieron aparecer. Como el día anterior, tomaron asiento el uno junto al otro en sus tronos de campaña. -Éste es el entrenamiento definitivo para la batalla –exclamó el Cruel-. Solamente participan de dos en dos hombres. -Y con armas reales –respondió Muhammad, satisfecho. Los caballeros justadores se colocaron en línea junto a sus respectivos soberanos. Además de las damas y los reyes eran los únicos privilegiados que disponían de asientos. Más tarde fueron saliendo al palenque por estricto orden de situación para instantes después dar una vuelta a su alrededor y hacer un juramento de honor y lealtad ante los jueces. El escribiente se tomó un tiempo para redactar las condiciones del acto y después de mostrarlas a soberanos y justadores se dirigió a la palestra, las exhibió al público e invitó a la fanfarria a tañer sus instrumentos. En condiciones normales se habrían adornado balcones y tablados con tapices de seda ricamente bordados, pero en un palenque de campaña todo era improvisado y no existía ni tienda para mantenedores ni trono para la señora de la fiesta. Uno de los jueces se acercó al rey de Castilla, anfitrión del acontecimiento, se detuvo a dos pasos y lo reverenció con el respeto debido. -Todo listo, mi señor. El espectáculo puede dar comienzo. El Cruel asintió. Su expresión fría y cortante heló la sangre de Muhammad. El juez suspiró y ordenó la retirada de cuantas personas se encontraban en el palenque para que los caballeros saludaran al público, que se deshizo en una jauría de aplausos. Los justadores, separados por la mediana de madera que más tarde debería alimentar el fuego, tomaron posiciones enfrentadas a treinta brazas, distancia previamente señalada y establecida para las justas de campaña. El juez dio media vuelta con el temor blanqueando su rostro y chasqueó los dedos. -¡Podéis comenzar! –añadió más con un gesto impreciso que con palabras, y los ministriles empezaron a tocar desde su posición en la explanada. El cielo se iluminó entre nimbo y nimbo, dibujando en el espacio un complicado rompecabezas que pulverizaba el gris plomizo y opaco que lo coloreaba. Olía a lluvia. Un viento suave y fresco se paseaba por el corazón de la explanada mientras las nubes se deshacían con fiereza en un violento trueno. Los justadores se miraron de hito en hito. A una orden del juez, cerraron sus viseras. La fanfarria dejó de tocar y el tiempo se congeló por un instante mientras el público esperaba que la trompeta ordenase el comienzo de la justa. Momentos de ansiedad en la palestra. Los dos guerreros aseguraron sus lanzas bajo las axilas, sus puntas dirigidas a sus contrincantes, y a un toque de uno de los ministriles iniciaron una veloz carrera hacia su oponente. «¡Ahora!» Sus armas resbalaron al contacto con el metal escurridizo de la armadura del enemigo, aproximadamente a mitad del terreno. En un segundo intento y con el peso de su caballo apoyando al suyo propio, el justador cristiano dio una violenta estocada a su adversario, que cayó derribado al suelo. Pero para resultar vencedor se habrían de romper tres lanzas o hacer que el contrincante cayese las mismas veces. De nuevo arremetieron uno contra otro y el cristiano rompió la pica de su adversario. Muhammad lo miró largamente y Pedro le sonrió, moviendo la cabeza de arriba abajo mientras apoyaba el índice izquierdo en la comisura de sus labios y dedicaba a su caballero una mirada de atención. El viento arreció y un nuevo rayo hizo añicos el cielo para ceder el paso a un rugido estrepitoso. El tercer intento supuso el vencimiento del caballero castellano, al tirar a su contrincante de su caballo. -No es justo –espetó Muhammad, mientras se levantaba bruscamente de su asiento y taladraba a Pedro con una mirada canina-. No estábamos preparados para esto, no deberíamos haber participado en los juegos. -Creía que los granadinos siempre estabais preparados para todo –sonrió el Cruel cínicamente, mientras paseaba su mirada por el semblante enrojecido de Muhammad. En la siguiente justa, tras romper tres lanzas seguidas sin que su oponente obtuviese un sólo punto, también venció el castellano. La lluvia fina y persistente se deslizaba con suavidad sobre el semblante pletórico de Pedro, pero la situación dio al traste y el tercer vencedor resultó ser un musulmán. El Cruel se empapó el sudor con la manga de la túnica mientras apremiaba al juez para que ordenara a los cuartos justadores salir a la palestra. En cuanto dieron su paseo y sonó la trompeta, arremetieron uno contra otro. En esa justa, como en la siguiente, vencieron los musulmanes, y Pedro golpeó el brazo de su asiento y se levantó de un brinco. -¡No es más que suerte! –gritó-. ¡Pero todavía quedan cinco combates! El granadino se incorporó, buscando la altura de su contrincante. Esgrimía una sonrisa que puso en jaque la integridad del soberano castellano. -¡Bien por mis caballeros! –hincó todo su sarcasmo en el orgullo herido de Pedro-, todo se va desarrollando como esperaba. Sin embargo, el nuevo triunfo de un cristiano revalidó la confianza que el Cruel depositaba en sus hombres, y ambos se dejaron caer en sus asientos. -¡Eso no significa nada! –exclamó el granadino-. Al final puede vencer tanto un castellano como un rondeño. Además, de sobra sabéis que normalmente no se organizan equipos, sino que los caballeros son totalmente independientes. No sé por qué hemos tenido que crear dos grupos. El engreimiento y la zafiedad envolvieron las palabras de Pedro. -¡He querido hacerlo así para demostrar nuestra superioridad en el arte de la guerra! –adujo. El nazarí evitó ganarse la enemistad de Pedro en un momento en el que tanto lo necesitaba y se obligó a guardar silencio. Suspiró y desvió la mirada al palenque para recrearse en los enfrentamientos. De las cuatro justas restantes, dos triunfos serían para los castellanos y dos para los musulmanes. Era la hora del almuerzo y el castellano ordenó detener los juegos. Todos necesitaban un receso. Mandó llamar a uno de los criados y le ordenó que prepararan y sirvieran comida y bebida. -Una pierna de cordero con verduras para Muhammad y otra para mí, y una jarra de vino de Málaga para cada uno. Después de saciarse de comida y bebida y dedicar un rato al descanso al amparo de la lona de su tienda, Pedro ordenó la reanudación de las justas. De nuevo el jaleo y el jolgorio se apoderaron del palenque. Rayos y truenos se sucedían con insistencia en una tarde gris y húmeda en la que el agua ponía en entredicho los reflejos de los participantes. Quedaban cinco justadores de cada ejército, por lo que siguieron luchando musulmanes contra cristianos sin oposición de ninguno de los soberanos ni de los caballeros que defendían su bandera. -¿Vais comprendiendo a quién pertenece la supremacía militar en la Península, Muhammad? –exclamó Pedro, fanfarrón y petulante, después de que los cristianos obtuvieran tres triunfos más. -Si tenemos en cuenta que aún no han terminado los juegos y que nos cogisteis por sorpresa, lo entendería. Pero luchando con las armaduras que nos habéis prestado, las más viejas y oxidadas que teníais, y que por tanto dejan al caballero menos libertad de movimiento, no creo que tengáis el mérito que vos mismo os otorgáis. Además, chirrían mucho, y eso entretiene a los justadores, no los deja concentrarse como es debido. -¡Bah!, tonterías. Un caballero es un caballero independientemente de la armadura que lleve. -Os propongo entonces que las cambiemos. Las palabras del Cruel se congelaron en su garganta. Se atusó la barba y el bigote en un intento de ganar tiempo para ordenar sus ideas. -No puedo hacer eso. Cada caballero acude a las justas con su propia armadura. Yo no tengo poder para ordenar que las cambien con las de vuestros hombres. Bastante hemos hecho ya con dejarles otras. Las justas siguientes se organizaron de tal modo que coincidiesen, en dos de ellas, un musulmán con un cristiano, quedando libre el representante de Castilla. La primera la venció un caballero de un ejército y la segunda de otro, con lo que quedaban dos castellanos y un musulmán en el retén. El cristiano que no había participado en la anterior combatió entonces con el rondeño, que resultó ser el triunfante. El último combate enfrentaría a un participante de cada reino. El juez ordenó al ministril dar el toque de inicio. «¡Éste es el momento decisivo!», pensó Muhammad. La lluvia impedía una óptima visión del adversario. Había lodo en el suelo y un viento agresivo e insistente barría el campo. Había piezas que no pertenecían a la armadura del rondeño; La gola le presionaba el cuello y la culera andaba en un continuo vaivén que lo situaba en clara situación de desventaja; el sonido que emitió la visera cuando la cerró provocó una carcajada en el público. ¡Estaba completamente oxidada! Con la lanza bajo la axila derecha y el escudo asegurado al brazo contrario, iniciaron la carrera. -¡Ahora! –exclamó Pedro. Un paso antes de encontrarse, el caballo del rondeño se detuvo en seco y el justador cayó al suelo. En el segundo intento, el musulmán quebró su lanza contra la armadura del castellano. -De momento, vamos empatados –dijo Muhammad. -Sí, pero mis caballeros han derribado a más hombres que los vuestros. El tercer toque de trompeta de la última pareja de participantes coincidió con el fin de la lluvia. Ambos caballeros iniciaron su carrera. «¡Vencer! -pensó el musulmán-. ¡La gloria para mi rey!» «¡Ganar! -se dijo el cristiano. ¡Dios me lo premiará!» El triunfante revalidaría su honor ante miles de personas, militares en su mayoría. Quien por el contrario fuese derrotado perdería el honor y el premio, y la posible dama de sus sueños le retiraría la mirada y la palabra. Ninguno de los reyes quería perder detalle del paso de los caballos. Los espectadores permanecían callados, no se oía ni el ruido de su respiración, y las damas atendían con la boca abierta al avance de los guerreros. El viento dejó de soplar y un olor a limpio, a tierra mojada, recorrió la explanada de este a oeste mientras los cascos de los caballos despedían el agua encharcada del suelo a los lados. El musulmán levantó la vista para acto seguido dejarla caer de nuevo y recuperar su objetivo: la mirada de su oponente. Respiró profundamente mientras estiraba la mano izquierda, adelantando el escudo en prevención de una posible estocada. La derecha dirigió la punta de la lanza contra el yelmo de su contrincante, mientras por el lado opuesto la aseguraba bajo su axila. Quería arriesgarlo todo. «Vencer o morir», pensó. Mientras tanto, un rayo cayó sobre un árbol, que empezó a arder tras el campamento, y un nuevo golpe de viento avivó el fuego, que se propagaba con rapidez. El moro, a escasos pasos de su oponente, adelantó el brazo derecho y acertó a introducir la punta de la lanza por el hueco que quedaba entre la barbera que protegía la boca y la gola, que cubría la parte delantera del cuello. Lo atravesó. El cuerpo inmóvil del justador cristiano cayó sin vida del caballo. El musulmán se detuvo, desmontó y, con la pica en la mano, caminó hasta el palco real y la clavó en el suelo. El pendón ondeó al viento, que sopló con fuerza, mientras Muhammad observaba triunfante a Pedro, derrotado y silencioso en su asiento. La reina de la hermosura entregó el premio al vencedor, que lo exhibió ante un público eufórico. Acto seguido, lo que debería ser un banquete en el que la dama se entregaría a un largo cortejo por parte del caballero ganador, se convirtió en una rápida huida del campamento, dejando el festejo para otra ocasión.

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