Con veinte años salí a la calle a comerme el mundo; dejé los estudios, rechacé trabajos e intenté vivir del cuento. Al entrar en la treintena me di cuenta de que esa vida que yo creía tan fácil no era comestible; empecé a verle los dientes al perro y a escuchar sus gruñidos. Por fin, unos años después, me dije: " o espabilas o la vida te devora a ti de un zarpazo".
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