Teo
Teo me advirtió que una dosis, una sola más, sería motivo suficiente para que sonara la alarma, se encendiera ese piloto rojo que nunca había visto funcionar y se apagara la luz que iluminaba mis días y mis noches. No hice caso. Tomé el fruto prohibido una vez más y sentí que mis pulsaciones se congelaban y me hundía en la oscuridad más profunda. Una fracción de segundo después me sorprendió la figura vaporosa de Teo. Con un gesto amable me invitó a traspasar el umbral de paz y serenidad que se abría a ese lugar que tanto había idealizado durante el corto trayecto de mi existencia.
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