Granada antigua y el reino nazarí.-
XV.- Muhammad V (1354-1359) , Ismail II (1359-1360) y Abu Said, (El Bermejo, 1360-1362)
(Por Manuel Fernando Estévez Goytre)
Muhammad V es proclamado rey con apenas quince años de edad. Su etapa (1354-1391) se caracteriza ante todo por una merecida paz, aunque no podemos afirmar de una forma categórica que esté exenta de sobresaltos. Asimismo, es una de las más prósperas de los doscientos cincuenta años de trayectoria del emirato granadino en cuanto a arte y cultura se refiere. Su reinado consta de dos periodos claramente diferenciados entre sí: el previo al golpe dado por su hermanastro Ismail, en 1359, y el posterior al derrocamiento de Abu Said, El Bermejo, en 1362. Durante el primero de ellos es el hayib Ridwan, auxiliado por Ibn al-Jatib, el encargado de llevar las riendas de los asuntos de estado. La paz se debe tanto a la fuerza interna que toman los nazaríes como a los problemas, también internos, de Castilla, además de la debilidad de los Trastámara, que ni siquiera están en condiciones de exigir el pago de parias.
Amante de la poesía, la música y la historia, así como de las cabalgadas en compañía de sus hombres de confianza, lo primero que hace al subir al trono es una purga de cargos inútiles, que tanto abundan en el emirato. Más tarde envía a Ibn al-Jatib a Fez buscando una alianza real y duradera. Con Pedro I El Cruel hace lo mismo: pacta con él a cambio de someterse a sus tributos, lo que al castellano le viene como anillo al dedo, ya que, al ser el XIV un siglo en el que abundan las epidemias, don Pedro tiene que hacer frente a la que más muertes deja en Europa y por tanto en Castilla: la peste.
Viendo la ambición de Maryam, una de las esposas de su padre, le cede junto a su hijo, Ismail, un palacio dentro del recinto de la Alhambra con todos los lujos deseables y pone a su disposición una enorme fortuna, todo ello con un único objetivo: tenerlos bajo su control para evitar posibles rebeliones. Pero Maryam, cuya ambición no es otra que ver a su hijo Ismail sentado en el trono de Granada, se había hecho previamente con buena parte del tesoro de su esposo, Yusuf, el mismo día de su muerte, y ni corta ni perezosa convence a su yerno Abu Abdallá, un conocido arráez, para que lidere una rebelión contra Muhammad. El golpe está servido. Los seguidores de Abu Abdallá toman la Alhambra, matan al hayib Ridwan y se dirigen a la residencia real. Muhammad se encuentra entretenido en las artes amatorias y en cuanto toma conciencia de que su vida corre peligro cambia la indumentaria con la esclava con la que comparte lecho y acompañado de ella monta a caballo y escapa hacia Guadix.
Ismail tiene apenas veinte años cuando accede al trono. Es un joven inexperto, zafio e incapaz. Aun siendo la cabeza visible del reino de Granada, permanece a las órdenes de su madre, de su cuñado, Abu Abdallá, y de otro personaje sanguinario conocido por Abu Said, El Bermejo.
Entre tanto, Muhammad sabe que cuenta con la fidelidad de Guadix, Ronda y Fez, así como la de Pedro I El Cruel. Después de un tiempo en Guadix, y como no acaba de fiarse del Jefe de los Combatientes de la Fe, se hace acompañar por el escritor y poeta Ibn al-Jatib para emprender un viaje a Fez, donde el rey, Abu Salem, lo recibe por todo lo alto.
Después de que Ibn al-Jatib le pida ayuda en verso delante de cientos de invitados, Abu Salem les ofrece dos columnas de sus ejércitos para recuperar el trono perdido. Pero parece que la fortuna deja de lado a Muhammad y el sultán norteafricano es asesinado por los partidarios de su hermano, Abu Omar Tasfin, El Loco, quien es coronado rey de inmediato. El nuevo soberano no tarda en dar orden para que regresen las huestes que Abu Salem ha ofrecido a Muhammad, con lo que se aborta el intento de expulsar a Ismail de Granada. En consecuencia, el nazarí exiliado, después de pensarlo bien, se marcha con sus seguidores a Ronda, donde sus habitantes lo coronan como rey independiente.
Pero en Granada las cosas no marchan todo lo bien que debieran e Ismail teme por su trono. Tan real es su miedo que Abu Said, El Bermejo, toma violentamente la Alhambra, descuartiza los cuerpos de Ismail y de su hermano pequeño, Cays, y se autoproclama rey, pasando a ser conocido como Muhammad VI.
Si Muhammad V lleva un tiempo pensando en solicitar la ayuda de Pedro I de Castilla, parece que el momento oportuno ha llegado. El Cruel prepara un descomunal ejército provisto de las mejores armas y la más moderna maquinaria de guerra y parte a una cita con Muhammad en Casares, a lo que El Bermejo, enterado de la conspiración contra él, reacciona enviando una expedición a fin de informarse de lo que se cuece en Casares.
Pedro y Muhammad se acercan a la vega de Granada y Abu Said, temiendo la pérdida del trono, se precipita y decide atacar, pero 1os acontecimientos no se desarrollan como él espera y no tiene más remedio que batirse en retirada. Tanto Pedro como Muhammad saben que Granada no es una presa fácil y también optan por retirarse. Así, Muhammad, viendo que El Cruel no hace otra cosa que arrasar los campos y las plazas por los que pasa, le pide que se marche. Él regresa a Ronda, pero los malagueños, al tanto de las tropelías de Abu Said en Granada, se alzan en armas y nombran rey a Muhammad.
El Bermejo es consciente del peligro que corren tanto él como su equipo de mandatarios, por lo que decide plantarse en Sevilla y pedir ayuda a Pedro I. Al proponer el viaje a sus nobles, la mayoría lo toman por loco, pero los más jóvenes, dispuestos a hacer cualquier cosa por ganar puntos ante el rey, se ofrecen a acompañarlo.
De esa manera viaja a Sevilla junto a más de treinta caballeros granadinos, portando con ellos los más suntuosos regalos para ganarse los favores del castellano. Pero lo que él no imagina es que en plena cena de recepción los arrestan y los pasean montados en asnos por las calles de la ciudad. Cuando El Cruel ve el momento adecuado atraviesa a Abu Said con una lanza. Días después su cabeza llega a la residencia de Málaga, y Muhammad, a pesar de no estar de acuerdo con los modos de Pedro, parte inmediatamente hacia Granada, donde es recibido como se merece: con honores de rey.
Aunque el segundo reinado de Muhammad supone el periodo de paz más largo de la Granada nazarí, lo primero que hace el soberano es poner a disposición de Pedro más de medio millar de caballeros para la campaña que lleva a cabo contra su hermanastro Enrique de Trastámara (conocido como El Fratricida o El de las Mercedes). Pero Enrique recibe la inestimable ayuda de Pedro IV de Aragón, así como la de Francia, y consigue conquistar Castilla, con lo que Muhammad se ve obligado a someterse a los cristianos y rendirles vasallaje.
Pasado el tiempo, viendo que Enrique tiene que atender sus asuntos y sus guerras internas y la zona de Algeciras está prácticamente indefensa, Muhammad toma la ciudad, la arrasa, le prende fuego y regresa a Granada. El castellano no se encuentra en condiciones de contestar a la agresión, con lo que se abre un periodo de paz desconocido en épocas anteriores en el reino nazarí. Durante esa etapa Muhammad pasa casi todo el tiempo levantando y reconstruyendo edificios. Nadie puede arrebatarle el mérito de haber sido el mayor constructor de la Alhambra. Proyecta la sala de la Barca, la de los Mocárabes y la de los Reyes, el nuevo Mexuar, el patio del cuarto Dorado, parte del de Comares, el de los Leones, el palacio de Riyad y el mirador de Lindaraja. Fuera del recinto manda construir parte del palacio de los Abencerrajes y la alhóndiga Nueva.
De igual manera relanza la economía nazarí para situarla entre las primeras del mundo occidental. Se interesa por la artesanía, las artes, el comercio, la seda y la agricultura, entre cuyos productos sobresalen el higo, el níspero, la naranja o el membrillo, entre otras muchas frutas, además del olivo o el viñedo. Para culminar las relaciones internacionales, Yusuf, su primogénito, contrae matrimonio con la hija del sultán de Fez, al mismo tiempo que el heredero de este reino se casa con la hija de un rico comerciante granadino. Se celebran unos espectáculos con música, zambras, bailes, comida y bebida a los que acuden personalidades de los más lejanos países.
Pero no todo lo bueno es eterno. Corre el año 1391 cuando Muhammad muere con cincuenta y dos años de edad.
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