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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

Los malos rollos

Publicado en 3 Febrero 2019 por deliriosdeautor Manuel Fernando Estévez Goytre

Los malos rollos
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LOS MALOS ROLLOS

Hay temas que no dejan de atormentarme, que me impiden disfrutar siquiera de un minuto de paz interior. A veces, a base de golpear mi capacidad de contención, llegan a obsesionarme. Se trata de personas, situaciones o simplemente objetos a los que no acabo de acomodarme. O viceversa, que todo es facible en la viña del Señor. Aunque, como veremos a continuación, suelo ser bastante condescendiente con todo lo que me rodea.

Tras el primer varapalo suelo darles una segunda oportunidad, casi siempre por aquello de ¿se habrá equivocado? Pero como dicen que el hombre es el único ser que tropieza dos y tres y muchas más veces con la misma piedra, me la vuelvo a encontrar en el camino y caigo de nuevo. ¿Es la misma? Efectivamente, es la misma, lo acabo de comprobar. Suma y sigue. ¿Error, actitud humanitaria, dolor de conciencia o tal vez desconocimiento? No sabe, no contesta.

De repente, un domingo por la mañana -que bien podría ser un martes al caer la tarde o un jueves a mediodía-, sin precedente ni motivo claro que fundamente mi decisión, me doy cuenta de que no puedo, ni debo, continuar así; que la causa del mal ya no es una pequeña dosis de desasosiego sino la caída en picado de mi estado emocional y por tanto de esa autoestima que en tan alta "estima" tengo; que la bilis y los acidos de mi estómago no cesan de moverse y removerse en mis queridos adentros y me los estan achicharrando; y, como dicen que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, por h, por b, o por motivos que desconozco por completo, empiezo a ver la luz.

Sin pensarlo dos veces me alejo de las personas tóxicas, de los objetos que alteran o ponen en tela de juicio mi rutina o de las situaciones que no generan en mi vida más que ansiedad y malos rollos. Muchos malos rollos. Así, una buena mañana de mayo -que bien podría ser un amanecer de agosto o una tarde de febrero, que el momento aún no lo he decidido- cojo mi caballo y me voy a pasear. Experimento un alivio sin precedentes, como si algún ser superior, o el universo, o la naturaleza, que no hay nada absoluto sino relativo en este valle de lágrimas que se ha dado en llamar vida, me acariciase el alma e hiciera desaparecer esos ácidos que me abrasan el estómago, de los que ya he hablado anteriormente, y las púas que lo pinchan. Y en un instante no decidido, sin previo aviso, recupero la paz que tiempo atrás llenara de parabienes y enhorabuenas mi vida anterior. ¡Milagro!

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