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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

Cien canciones para Amelia, de Maruja Moyano

Publicado en 10 Mayo 2019 por deliriosdeautor Manuel Fernando Estévez Goytre

Cien canciones para Amelia, de Maruja Moyano
Cien canciones para Amelia, de Maruja Moyano
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Una reseña de Manuel Fernando Estévez Goytre

 

CIEN CANCIONES PARA AMELIA

(Thriller)

 

MARUJA MOYANO

 

Editorial:        Piediciones

1ª edición:      Mayo de 2019

ISBN:             978-84-949665-1-4

Páginas:          257

 

 

Sinopsis de la contraportada

 

 

Amelia, una joven mujer retirada de los escenarios, desaparece sin dejar rastro una fría mañana de otoño del Madrid de 1965 sin que nadie jamás intentara buscarla.

           

Mati, la hija de la vecina a quien Amelia cuidaba por aquel entonces aún siendo una niña y con quien tenía una relación casi maternal, quedó completamente desconsolada ante aquel hecho. Cincuenta y dos años después, convertida en una ejecutiva madura, vuelve a Madrid por motivos profesionales y rememora con nostalgia aquella pérdida.

 

Quiere el azar que se reencuentre con Pedro, un viejo tullido por la explosión de una bomba de la Guerra Civil que conoció como vecino en el humilde patio donde también vivían ella y Amelia. Inevitablemente, surge la conversación sobre Amelia, y es en ese momento donde él le enseña una fotografía y una carta que conserva de ella…

 

A raíz de aquel encuentro, Mati, con la esperanza puesta en averiguar cuáles fueron las circunstancias que la hicieron desaparecer, dónde fue a parar y quién o quiénes participaron en los hechos y por qué, se obceca en la búsqueda de Amelia. A lo largo del proceso, Mati irá desentrañando una historia insospechada alrededor de la vida de Amelia que ni ella ni los personajes que irán apareciendo durante sus pesquisas, incluyendo a su propia familia, habían conocido nunca.

 

 

Sobre la autora

 

 

Como quiera que en octubre de 2018 reseñé la anterior obra de Maruja Moyano, titulada “Bajo el manto de la araña”, remito al lector al blog donde se publicó por primera vez, en el que encontrará información detallada sobre la autora:

 

      http://deliriosdeautor.over-blog.es/2018/10/bajo-el-manto-de-la-arana-de-maruja-mollano.html

 

 

Sobre la obra

 

 

Leer un libro con intención de reseñarlo tiene sus riesgos. ¿Y si no me gusta? ¿Y si no es lo que esperaba? ¿Y si…? Todo cambia, sin embargo, cuando se trata de una obra de Maruja Moyano, una autora con la que, tengo que confesarlo, me asaltan ciertos prejuicios. ¿El motivo? Muy sencillo. Cuando me planteé la posibilidad de hacer una crítica sobre su última obra me acordé instintivamente, como no podía ser de otra manera, de la anterior, “Bajo el manto de la araña”. La decisión fue rápida y fácil.En cuanto pude cogí el libro con objeto de dar inicio a la lectura y al análisis de la novela. Y he aquí mis conclusiones.

 

Maruja nos presenta una obra en mayúsculas. Literatura de calidad, sin duda. Sin ser lector asiduo del género que nos ocupa, he de decir que si la lectura de “Bajo el manto de la araña” me sedujo desde el principio, “Cien canciones para Amelia” me ha despertado una mezcla de sensaciones donde no han faltado la nostalgia por unos años pasados, el deseo de una justicia que en la mayor parte de los casos no se ha conseguido (el lector entenderá el porqué a medida que vaya pasando páginas) o el afecto hacia ciertos personajes entrañables capaces de transmitir emociones difíciles de encontrar en la actualidad literaria, tan repleta como está de libros plomizos que no hacen otra cosa que quemar el tiempo del lector. “Cien canciones para Amelia” es la prueba de que el thriller continúa vivo y, si sabemos escoger bien, podemos disfrutarlo como siempre lo hemos hecho.

 

En el primer párrafo, Maruja nos presenta a uno de los personajes principales y nos introduce de lleno en el mundo de la historia:

 

El día que Amelia desapareció parecía un día normal, como cualquier otro. El otoño hacía semanas que arrancaba hojas de los árboles plantados a la entrada de aquel pequeño patio de vecinos y el viento las arremolinaba obcecadamente junto al pozo situado a la derecha de la entrada de mi casa, justo enfrente de la de Amelia.

 

Observamos que en solo unas líneas conocemos el nombre de uno de los personajes principales (podría decirse que Amelia es la protagonista por omisiones, ya que es el objeto consciente de Mati, la persona que se empeña en buscarla), la estación del año en que se encuentran y nos hacemos una idea de la casa en la que vive. A partir de ese punto la autora nos presenta la vida de los años sesenta, donde no deja de mencionar temas tan significativos como los movimientos migratorios internos que se produjeron en nuestro país en esas fechas, el SDEU (Sindicatos Democráticos de Estudiantes Universitarios), los clandestinos Movimiento Obrero o la revista Tribuna Roja, las Cruzadas Evangélicas, la Cruz Roja o la Fiesta de la Banderita. Nos habla de folklóricas (Concha Piquer, Marifé de Triana o Juanita Reina), grupos y cantantes de pop rock (los Bravos, los Brincos, los Beatles, Simon & Garfunkel, Mecano, Hombres G o Phil Collins) o abanderados de la canción protesta sudamericana (Violeta Parra, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanki o Víctor Jara). Cuando escribe sobre la época actual se percibe un cambio rotundo en la descripción del entorno, un cambio que se saborea con entusiasmo al entender que el segundo tercio del siglo pasado fue excesivamente limitado no solo en cuanto a libertad, sino en todo lo tocante a la vida social, política e incluso familiar. Las palabras muerte y desaparición cobran una importancia que continuará durante toda la historia.

 

La historia se inicia con la desaparición de Amelia, una cantante que después de pasar por unas circunstancias que no procede desvelar en una crítica da con sus huesos en un barrio humilde de la capital madrileña. El lector tendrá que poner los cinco sentidos en la lectura, pues no son pocos los conflictos, malos, buenos y regulares, en los que la protagonista se ve envuelta. El libro consta de quince capítulos no numerados y sin embargo encabezados por el nombre de uno de los personajes, que sin ser casualidad, adquiere la relevancia que le toca en ese punto preciso de la narración.

 

Hay que decir que la trama se desarrolla entre Alicante, Madrid y Pedrezuela (municipio de la provincia de Madrid), además de mencionar las ciudades de Cuenca, Marbella, Barcelona o Bilbao. En cuanto a la capital de España, nombra un buen número de calles (Gran Vía, Cuatro Caminos, plaza de Castilla), barrios (Malasaña, Orcasitas, La Latina), lugares emblemáticos de la ciudad (teatro de las Maravillas, estación de Atocha, hospital La Paz, catedral de la Almudena o Corte Inglés) o fiestas populares (Virgen de la Paloma).

 

Por otra parte, se trata de una novela que, sin ser histórica, se le podría atribuir ese valor que encierra el género: la documentación. Aunque hay quien sostiene que para etiquetar a una obra de histórica debe de estar ambientada al menos tres cuartos de siglo antes de ser escrita, la autora, qué duda cabe, disecciona sobre el tapete el plano de Madrid de los años 60 antes de iniciar el proceso de escritura y nos sitúa en un escenario tan real como la vida misma. Y lo hace con una maestría sorprendente.

 

Dicho lo anterior, hay que valorar la importancia que podrían cobrar en la narrativa elementos que en una primera impresión pueden parecer tan simples como una carta, una carpeta o una fotografía. Si el autor se lo propone pueden dar mucho de sí en una historia de investigación (ojo, quiero decir de investigación, no policial, que nos introduciría en la novela negra).

 

Si cogemos un bisturí y analizamos la obra, no nos costará demasiado esfuerzo deducir que sigue un diseño clásico: planteamiento, nudo y desenlace. Si bien, según Robert Mckee la relación entre estos tres actos ha de ser un 25% para el primero, un 50% para el segundo y el 25% restante para el tercero, la autora no se aleja demasiado de estos parámetros. Escrito en primera persona, tiene una estructura lineal, aunque se puede descubrir un pequeño flash back en el primer capítulo. Maruja se arma de un estilo exquisito, usando frases no demasiado largas y una construcción generalmente clásica. Va al grano, sin perder el tiempo en largas descripciones que por otra parte desviarían la atención del lector. Utiliza un lenguaje sutil, sugerente y preñado de expresividad, lo que ofrece la posibilidad de que las palabras, las frases y las historias se muevan por sí solas, y una de las características de su narrativa que el lector medio sabrá valorar es lo mucho que cuenta en pocas palabras.

 

La novela tiene un incidente incitador que golpea automáticamente la sensibilidad de la protagonista y conecta al lector (como todo buen autor ha de conseguir), siempre que tenga un mínimo de perspicacia, con la crisis del tercer acto, es decir, del desenlace. Decía Aristóteles, ya en el siglo IV antes de Cristo, que el final de una buena obra tiene que ser inevitable pero inesperado, lo que quiere decir que hay que dar al lector (o al espectador de una película, en su caso) lo que espera pero no de la forma que lo espera. Maruja Moyano lo consigue con creces. Pone a nuestra disposición un hilo conductor que nos lleva de la mano por pasajes repletos de los mejores ingredientes que se pueden esperar de un thriller, si bien amplía esos pasajes con otros no tan esperados, porque su narrativa se cocina con imaginación, trabajo y técnica a partes iguales. Hay que decir a este respecto que arrastra a través de cada capítulo con una fuerza demoledora dos de los elementos que deben acompañar a una buena obra: expectación e incertidumbre: Expectación porque se trata de una historia que no permite que el lector se levante del asiento hasta leer la palabra fin (aclaro que solamente he invertido dos sesiones de varias horas cada una en la lectura: dos tardes); e incertidumbre porque sabe mantener dicha expectación hasta el clímax del tercer acto. La historia, en consecuencia, no aburre, no decae. En cuanto al tema de fondo, no hay duda de que estamos hablando de añoranza, y el valor en juego (que la protagonista puede ganar o perder al final del relato) pasaría por encontrar a Amelia con vida.

 

En cuanto a los diálogos, hay que matizar que son explícitos y muy explicativos. Los utiliza, en parte, para que el personaje de turno aporte sus conocimientos sobre la historia de Amelia sin tener que recurrir al relato retrospectivo y, de esa forma, no verse obligada a romper la linealidad que se desliza hasta el final.

 

Hay un buen número de personajes, muy bien construidos, todo hay que decirlo,y muy bien colocados en el escenario: Amelia, Mati, Pedro, Luisa, tía Cándida, abuela Enriqueta, Virtudes, Enrique Casado, Roberto, Josefa, Guillermo, Irene, Luis, Cristóbal, Trinidad, Eusebio Fuentes, Candi, Antonia, Aurora, Javier, Juan Antonio, Juan, Alejandro, sor Francisca, Fermín, Dolores, Damián, Blanca, Maldonado, Freire, Jacobo, Herminio, Fernando, Alonso, Fernanda, Jaime, Victoria, Imelda, Rita, Ricardo, Victoria, Alejandro Santisteban, Alfredo, Félix, el padre Doroteo Hernández o el perro Moro.

 

Llegada la rectas final de esta reseña y después del análisis de “Cien canciones para Amelia”, me gustaría dejar claro que es un libro muy recomendable, tanto para los amantes del thriller como de cualquier otro género literario. Una novela que se podría colocar sin ningún tipo de complejo en la estantería de los favoritos. El lector no se arrepentirá de introducirse en estas 257 páginas que lo harán disfrutar tanto de la época actual como de los maravillosos años sesenta. Por último, antes de despedirme con una cita de la novela, decir que, si alguien merece el éxito en el panorama literario actual (y lo digo con conocimiento de causa), existe un nombre en la provincia de Alicante: Maruja Moyano.

 

No podía decir que no. Acepté la invitación de Pedro, que sacó una botella de Anís del Mono que llevaba esperando abrir desde la Navidad anterior. Mientras él servía dos copitas, volví a remirar las fotos que aún estaban esparcidas por la mesa. En algunas de ellas, Amelia aparecía vestida con trajes de escena, algunos de ellos típicas batas de cola con las que interpretaba, seguramente, las coplas que tanto le gustaba cantar. Eran fotos fechadas en los años cincuenta. Solo había una fechada por detrás en 1961. Seguramente, después de ese año no hubo más representaciones, no hubo más teatro y la corta vida artística de Amelia se acabó.

 

 

Alicante, mayo de 2.019

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