
Hemos tenido suerte en estos días fríos y lluviosos que parecen más crudo invierno que plena primavera. Fríos, lluviosos y confinados días, que estamos ya hasta los mismísimos del coronavirus que nos tiene amargada la vida y complicada la existencia. Hemos tenido suerte de que hace cinco mil años, tres mil antes de Cristo, en las llanuras fértiles que hay entre el Tigris y el Éufrates, hoy devastadas por la guerra, existieran los Sumerios, el pueblo que empezó a dejar constancia de su pensamiento en tablillas grabadas. Ellos inventaron la escritura cuneiforme, ellos fueron los primeros escritores.
La escritura – la lectura también, evidentemente- nos saca del muermo del encerramiento, nos hace vivir mil vidas y nos hace meternos, aun encerrados, en las pieles de otros que están a miles de kilómetros y viviendo infinitas aventuras. Agradezco a este grupo entusiasta de funcionarios que me propusiera hacer una historia penitenciaria de los últimos cuarenta y cinco años. No les he hecho ningún favor, me lo hacen ellos a mí, porque gracias a su invitación revivo la historia y la dejo escrita para que se sepa.
Andábamos con la aprobación de la Ley General Penitenciaria, inimaginable solo cinco años antes, y con el cese de Carlos García Valdés que fue su promotor, redactor y gran valedor. García Valdés se retiró en octubre de 1979 e Iñigo Cavero, el desterrado por Franco a la isla del Hierro, el participante en el “Contubernio de Munich”, llamó para el puesto a un militante de su partido, la UCD, Enrique Galavís Reyes.
Recuerdo los comentarios como si los estuviera viendo ahora: “Este no tiene ni puta idea de prisiones. Es un director general con dos teléfonos en su mesa. Si es un problema de la cárcel llama a Emilio Tavera y si es un problema de personal llama a José Sesma”. Seguían, las cárceles, queriendo guisarlo y comerlo todo en su propia cocina, aunque si hubieran nombrado a algún militar del antiguo régimen, los criticones habrían estado contentos. Les iba esa marcha.
Algo de razón -poca- tenían. Enrique Galavís era un ingeniero joven, con ganas de subir en el seno de la UCD a la que pertenecía, y sin conocimiento alguno del mundo penitenciario, contrariamente García Valdés que era un reputado penalista y penitenciarista aunque de laboratorio antes de entrar a dirigir las prisiones. No pretendo con eso estigmatizar a este hombre, era ingeniero, entró en política y le endosaron el muerto de unas cárceles en las que la ebullición de los grandes motines, la Coordinadora de Presos en Lucha que era su promotora reclamando una amnistía general, los funcionarios viejos en contra de la ley nueva y abiertamente a favor del franquismo yacente y la absoluta precariedad de medios, eran problemas aún sin solucionar. Había, con toda seguridad en esos años, un teléfono más en la mesa de Enrique Galavís. Si había alguna duda en materia de Tratamiento, esa realidad que estaba empezando a ser contemplada, allí estaba el gran “santón” de la misma – dicho con todo respeto, Jesús Alarcón-. Mirad los tratados antiguos de ciencia penitenciaria y veréis su nombre seguramente.
La estructura de la dirección general de entonces no era ni parecida al mastodonte que es ahora. Ni de lejos. Había, que yo recuerde, un director general que era el jefe supremo y lo de los dos teléfonos, o los tres, era pura realidad. Un inspector general y varias inspecciones que atendían los distintos negociados – entiéndase por negociado los problemas particulares de los centros-: sanidad, medios materiales, régimen… Había también en esa época un reparto de las distintas zonas, una para cada inspector, que reunían a cinco o seis cárceles cada una. Las cárceles, por cierto – ya hemos hablado de la penosa infraestructura-, eran todas prisiones provinciales, con los presos preventivos que generaba cada provincia y centros de cumplimiento con algunas especialidades – por darle un nombre, ya que la especialización era ninguna-. En Huesca había psicópatas. Homosexuales activos y pasivos en Huelva y Badajoz, Jóvenes en Liria, Ebrios en Segovia – una cárcel pequeña, fea y normal solo que denominada casa de templanza, en la que aterrizó, por ejemplo, Jesús Gil tras el desastre y hundimiento de un edificio en Los Ángeles de San Rafael, con cincuenta y ocho muertos en el balance. Que Gil estuviese en Ebrios no quiere decir que él fuera alcohólico, sino que la causa cayó en aquella provincia y en sus juzgados. Gil fue indultado por Franco cumpliendo muy poco de su condena y Gil recibió allí el trato privilegiado de “encargado del economato”, pero esa etapa escapa a nuestra historia-. Burgos, Ocaña y el Puerto eran “penales” para los primeros grados de aquel sistema progresivo que la Ley Penitenciaria de García Valdés y Alarcón Bravo cambió por el de individualización científica. Un nombre más vistoso para una realidad similar.
Habían sido creados -hacía poco y se comenzaban a cubrir plazas- los Cuerpos Técnicos e incluso, aunque solo fuese testimonial había plazas como especialistas en Moral -¿qué moral?-. Tampoco estaban, los técnicos, psicólogos y criminólogos, luego convertidos en juristas con conocimientos de criminología; tampoco estaban bien vistos por las viejas guardias. También recuerdo, como si fuese hoy mismo, el nombre que les daban. Entraban a la vieja cárcel de Benalúa, el psicólogo y el criminólogo, y decía el jefe de centro: ya están aquí los músicos y danzantes, queriendo manifestar la inutilidad de su tarea. Solo era eficaz, para algunos elementos del régimen, el cumplimiento a pulso, la mano dura, los años de condena y los indultos del Generalísimo si tenía una nieta o si se moría el Papa, que era el deseo de todos los presos porque significaba una reducción de las condenas. Repetían hasta la saciedad una frase que se me ha quedado grabada y que sirve aún hoy: “Si no reinsertas a uno, no te pasa nada. Ahora bien, como se te fugue ya verás la que te cae”. Pura custodia, irresponsable tratamiento. ¿Habéis visto algún expediente por no reinsertar? Ahora también son difíciles por fugas porque pasó a la historia serrar el barrote de la ventana para evadirse a media noche.
Recién llegado Galavís a la dirección general, en diciembre del 79, se dio de bruces con la dura realidad carcelaria. Dos meses escasos sirvieron para que se diera cuenta de que las cárceles no eran una perita en dulce ni un trampolín para más altos menesteres. La cárcel de Zamora tenía un ala destinada a “prisión concordataria”, habitada fundamentalmente por curas rojos, etarras, separatistas y conflictivos con el régimen. Recuerdo más de un nombre famoso: Paco García Salve, Juan Mari Zulaika, Javier Amuriza o Julen Calzada, entre otros. El régimen había acordado con la Iglesia tener una cárcel especial para curas díscolos. Y vaya si lo eran. En los años que estuvieron allí intentaron la fuga por un túnel, al más viejo estilo carcelario y organizaron un motín pegando fuego al altar. En noviembre del 73 – fuera del periodo de nuestra historia, con Franco vivo y, creo recordar con Oriol y Urquijo, Ministro de Justicia o Presidente del Consejo de Estado, secuestrado años después por los Grapo junto con el general Villaescusa- los curas de la cárcel concordataria rompieron todo, tiraron por el suelo enseres y ropa y quemaron todo incluido el altar de sus capilla y las vestimentas sagradas. En el despacho del director, el capellán, al que ignoraban por sistema, hablaba con el obispo Setién, auxiliar de San Sebastián entonces y le decía: Eminencia yo creo que estos curas no creen en Dios y ambos, de rodillas y allí mismo, empezaron a rezar un padrenuestro por las almas de aquellos herejes.
No hay tiempo ni espacio para más hoy. Quedan muchas historias en esa cárcel concordataria zamorana, vergüenza de la Iglesia y de un Estado moderno, y muchas historias en todas las demás…
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