Esto va de muertos hoy. A la fuerza ahorcan. Hace unos días murió Aute – ya di cuenta en el artículo anterior- y esta madrugada, mientras escribo esto, ha muerto Enrique Múgica. Todo por el puñetero virus que nos tiene confinados, acojonados, desorientados y con el alma en un puño porque no sabemos por dónde va a salir la debacle, ni cuánto va a durar, ni cómo vamos a salir de aquí ni en qué cojones consiste la desescalada. Por no saber no sabemos si lo que dice el gobierno – dos o tres ministros cada día dándonos la charla e intentando aguantar el chiringuito- es la pura verdad o si forma parte de la propaganda oficial a la que se oponen vehemente quienes, llevando años con la gestión de la sanidad en su comunidad – Madrid por ejemplo- culpan a los recién llegados del desastre y de toda la incompetencia.

Múgica era descendiente de un músico vasco muerto en Francia durante la guerra civil y de una mujer judía. Su pedigrí de izquierdas y su capacidad para negociar con los judíos y pelear en primera fila contra el antisemitismo, le hicieron subir en el viejo PSOE de manera meteórica, aquel psoe idealista del clan de la tortilla, el de Suresnes, el de Alfonso Guerra, el de Gómez Llorente y Pablo Castellano, que se parece al de Lastra y Ábalos como un huevo a una castaña.

Múgica un hombre inteligente, expansivo, amante del diálogo, de la buena mesa, los puros y los toros no se preparó jamás una conferencia. Llegaba a los sitios y preguntaba: ¿de qué vamos a hablar? Y mezclaba Roma con Santiago, las churras con las merinas y la velocidad con el tocino. Su sabiduría y sus tablas le hacían salir airoso de todos los encuentros con el público. Uno de sus grandes méritos – a mi entender, mucho más que la Ley de Planta y Demarcación Judicial y la del Procedimiento Abreviado- fue ser el Ministro de Justicia que eligió a Antoni Asunción para llevar la Dirección General de Instituciones Penitenciarias. Soportó con entereza y sin buscar réditos – como otros muchos- el asesinato de su hermano Fernando a manos de García Gaztelu, Txapote, y de Valentín Lasarte. Esto le hizo cambiar su modo de ver y de tratar el hecho terrorista, concretándolo en una frase que se hizo famosa: Ni olvido ni perdono. Este hombre tuvo una relación más antigua con las cárceles que el hecho de que esa dirección general estuviera incluida en su ministerio.

Enrique Múgica junto con Agustín Ibarrola – el gran pintor y escultor vasco- junto con Antonio Giménez Pericas, luego magistrado en la Audiencia de San Sebastian y con el jefe de la célula comunista Ramón Ormazabal Tifé, cumplió condena en la cárcel de Burgos en los años sesenta por ser comunista. Fueron cazados, conforme me contó Ibarrola, en un seat ochocientos cincuenta con el maletero lleno de revistas de Mundo Obrero – ¡Qué diferencia de aquellos líderes sindicales que se jugaban el pellejo con algunos de ahora que se dicen de izquierdas y pastelean en la misma cama que la derecha más montaraz-! No diremos nombres. En el año sesenta y dos Ormazábal Tifé – el más importante, calificado como Directivo del Socorro Rojo Internacional- Pericás, Ibarrola, Múgica y unos cuantos más que no recuerdo -¡mierda de memoria frágil!- fueron condenados por el Juzgado Nacional Especial de Actividades Extremistas que presidía, cómo no, un coronel llamado Enrique Eimar y que tenía como título para presidir el tribunal el de ser Caballero mutilado por la Patria. Todos fueron acusados de “trabajar al servicio del comunismo internacional, que fue batido victoriosamente por el ejército español y que, desde el extranjero, desarrolla una implacable hostilidad de actos y palabras contra el Estado Español”. A Múgica le cayeron seis años. A Tifé, el jefe de la célula, veinte. A Ibarrola nueve y al después magistrado Pericas, diez años.

Múgica, en Burgos y para redimir condena, trabajó como ordenanza del economato y participó activamente en las actividades culturales que organizaba la “comuna” dirigida por Ormazábal, en concreto en “La Aldaba” una tertulia literaria que posibilitaba, por ejemplo, el acceso a libros, previamente autorizados por el capellán, el maestro y el propio director que junto con los educadores y hasta bien entrada la democracia, ejercían de censores. Impensable, salvo por las argucias de los presos comunistas y libertarios, leer en las cárceles de Franco a Camus o a Sartre. Recuerdo, aun con emoción, como lloraba Ibarrola, el día que por orden de Juan Alberto Belloch – ya podrían aprender algo de su sabiduría, de su temple y su saber estar los de antes y los de ahora-, entregué a don Agustín una copia de su expediente carcelario y el me correspondió regalándome un opúsculo de su obra.

Terminado el imprescindible recuerdo a Enrique Múgica – largo pero muy merecido- volvamos al año 1979 que es donde lo dejamos con Enrique Galavís de Director General y con la sonada fuga de los Grapo de la cárcel de Zamora. Este hombre sufrió en junio del 91, cuando llevaba años olvidado de las cárceles y la política y dedicado a su profesión de ingeniero, un atentado con bomba, por parte del Grapo, en su chalet de Galapagar. ¿Les suena de algo esa localidad que ahora se ha hecho famosa?.

Le tocó también a Galavís en su mandato un quebradero de cabeza importante, como dirían en las prisiones, “sin comerlo ni beberlo”, casi recién llegado.

A García Valdés lo criticaron severamente porque, partiendo de sus postulados progresistas y humanizadores del régimen carcelario, al final, tuvo que crear la prisión de Herrera de la Mancha, construida como cárcel de máxima seguridad y disciplina para hacer frente a casos extremos de internos conflictivos y refractarios al sistema. En la cárcel, como en ningún sitio, no es válida la teoría del “café para todos”. Ingresaron inmediatamente en ella, por ejemplo, los Grapo de Zamora, tras la fuga de sus compañeros. El propio García Valdés admitió haber tomado como modelo el realizado en cárceles irlandesas o alemanas para alojar a presos del IRA o de la Baader Meinhoff. La prisión de Herrera fue estigmatizada por la propaganda desde el primer momento. La UCD, tímidamente, comprendió que la infraestructura carcelaria española era un desastre e inició un –tímido vuelvo a decir- lavado de cara con prisiones en Murcia, Fontcalent, Lugo, Lérida… todas muy mal hechas y que han necesitado mil reformas desde su construcción.

Herrera ya nació con el sello de la dureza y nada más puesta en marcha se hizo a creedora a la fama que le daban por un acontecimiento desgraciado. En octubre del 79 se publicó en El País un artículo explosivo que hablaba de palizas y vejaciones sistemáticas, como modo general de actuar para tener amedrentado desde principio a cualquier ingreso y que “corriera la voz” de cómo allí se las gastaban. De sobra es sabido que las cárceles tienen las paredes de papel y todo lo que en ellas se haga – lo haga el director o el último preso- se conoce inmediatamente como propagado por un gran altavoz. Si queréis os doy ejemplos concretos. Hubo un gran enfrentamiento entre funcionarios – igual que en el caso de Agustín Rueda- , que se extendió a otras prisiones con gente a favor de unos u otros. La discusión era imposible de apagar entre los que defendían un régimen de terror –“hay que tener pánico a llegar a Herrera”, decían, “para preservar el orden y la disciplina”- y quienes se oponían, exteriorizaban su desacuerdo y eran acusados de chivatos y mariconas, cuando menos. Siento escribir esto, no me resulta agradable hacerlo porque fueron días difíciles. Mucho más con la situación que vivía el país en sus calles, pero es lo que pasó y la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero.