No sé si hoy podré escribir algo de historia penitenciaria, que es el tema que nos ocupa a lo largo y ancho de trece capítulos, cuando pensaba zanjar mi compromiso con diez tirando largo. No sé si podré escribir con la que hay liada y con las ganas que tengo de pronunciarme en este medio porque, aunque su título sea infoprisiones, estoy seguro de que está abierto a otras realidades también importantes. El mundo no se termina en las cárceles como piensan muchos miopes que he conocido en mi vida penitenciaria, que no veían un palmo más allá del muro de la cárcel.
Se ha preparado un buen lío con el cese de un coronel de la guardia civil, jefe de la comandancia de Madrid. Insisto en que no tengo nada que ver con este gobierno ni con ningún otro y que, este, establece algunas políticas que me ponen los pelos como escarpias. Hay muchas cosas del Gobierno Sanchez-Iglesias que no me gustan, las mire por donde las mire. Sentado esto y dejando a un lado algún artículo que he leído con teorías conspiranoicas que no se las cree nadie, me parece poco presentable que la derecha se tire al cuello por el cese de una persona de un puesto de libre designación, sea coronel, comisario o lo que sea. Ellos lo han hecho centenares de veces cuando gobernaban. En las comandancias, en las comisarías, en las cárceles y en muchos otros sitios. Pregúntenle a Ángel Yuste, dicho sea con todos los respetos que tampoco tengo nada en su contra y ambos nos conocemos sobradamente. Pregúntenle a cuantos directores, buenos directores – que serían los equiparables a los coroneles, comisarios, etc…-, ha cesado en sus muchos años mandando en la institución para poner a personas de su cuerda – léase de su confianza, que es el argumento que han utilizado ahora para cesar a este coronel: pérdida de confianza-. Y lo mismo que Angel Yuste – la derecha-, han hecho todos los demás que han ocupado el cargo, de director o secretario general, como personas procedentes de la izquierda o etiquetadas como de izquierda aunque no militaran en ningún sitio. No me digan que no miran la deriva política porque saben que la memoria es lo único que me funciona a la perfección y les doy una lista cuando quieran. Si tú quieres durar mil años como director y jubilarte calentando el sillón, procura no hacer nada, que no se note que estás ahí, métete en el despacho y pon en marcha el “laissez faire, laissez passer” y serás eterno, porque si haces cosas, tarde o temprano te fulminarán. Pregúntenle al yeclano De los Cobos.
Es común, entre los políticos – que persiguen esencialmente el poder antes que cualquier otra cosa- el afear conductas en los contrarios que ellos mismos llevan o han llevado a cabo repetidamente. Yo culpo por un cese cuando yo mismo me he hartado de cesar, por ejemplo. Yo culpo por ocultar o manipular una información cuando soy experto en romper discos duros a matillazos…y así sucesivamente. No hay nada nuevo bajo el sol. Lean El Príncipe de Maquiavelo porque ahí está todo escrito.
Volvamos a Martínez Zato y a su gran metedura de pata: la traída de los psicópatas de Huesca al módulo uno del Psiquiátrico Penitenciario de Alicante. Parto de la base de que a los malos, los revoleras, los motineros… – decidme si es mentira- todo el mundo quiere que los soporten otros. En prisiones es común “pedir traslado” para que, al que es un auténtico bicho, lo aguanten en otro sitio. Recuerdo a una señora, que iba de estupenda por la vida – una inútil integral, pero no diré el nombre- que solo quería proyectos con pres@s de veinte a treinta años, que no se drogaran, que quisieran ir a la formación permanente, que les gustara el teatro, limpios, que no fuesen conflictivos… Hombre, le dije para ganarme su enemistad, a esos los queremos todos. ¿Quién aguanta entonces a los yonkis, los pendencieros, los que trafican, los vagos, los sucios y los liantes? ¿Te los ponemos también guapos o esa exigencia no la contemplas?
Lo que quería ser un Sanatorio, lo que quería funcionar como una comunidad terapéutica – reconozco que Daniel Ramírez, además de psicoanalista enamorado de Lacan, era un idealista que creía en la bondad universal- quedó convertido en una cárcel corriente y moliente en la que dos módulos estaban ocupados por gentes extrañas, con delitos gravísimos muchos de ellos, pero a los que el psicoanálisis y la comunidad terapéutica no conseguían recuperarlos y a la que pedían destino gente que sabía que en el patio del manicomio había locos muy palizas pero menos peligrosos que los que pululaban en muchos patios de muchas cárceles – siento hablar así pero es lo que he visto-. Volvemos al artículo de la semana pasada: Daría cualquier cosa por ver un diagnóstico de cualquier psiquiatra en el que dejara claro que el paciente XXX, psicótico, esquizofrénico, trastorno límite de la personalidad… Se ha curado. No existe ese informe. Estos enfermos, medicados y tratados, pueden andar compensados. Mil causas pueden hacer que se descompensen y la preparen de nuevo. El apellido Penitenciario repugna al sustantivo de Hospital o de Sanatorio y eso ni Zato ni los posteriores lo han contemplado.

Todas las sociedades tienen que afrontar la atención y el cuidado de toda “la desviación” que generan porque lo contrario es nazismo. La Escuela Crítica de Criminología lo deja bien claro: la sociedad de la producción y del éxito, margina lo feo, lo enfermo, lo desviado y lo loco. Un loco, un delincuente, un trastornado molesta en todos los sitios y nadie quiere tenerlo a su lado. Tuve una gran bronca con un consejero de una comunidad autónoma al que acabé mandando a la mierda. Le decía que dos enfermos que cumplían la medida de seguridad tenían que volver a su pueblo porque yo, a mi casa, no me los pensaba llevar. Esos hombres – decía el alto cargo- no pueden venir aquí. Es cierto que nacieron aquí, pero ya hace veinte años que no viven en este pueblo. Evidentemente – respondí cabreado, más que Bono o Revilla si no los llaman un sábado a la noche de la Sexta- hace veinte años que no van por ese pueblo porque han estado en el psiquiátrico por haber cometido la barbaridad que usted sabe porque son locos y alguien tiene que aguantarlos. ¿O decretamos la pena de muerte para los arropieros, los escaleros, los que degüellan a sus madres o violan a sus hijas porque están locos de remate? ¿No claman las comunidades por tener las competencias en sanidad? Pues la enfermedad mental está de lleno en ese territorio sanitario y no en el carcelario. Así de claro.
No me voy a meter en más honduras porque no creo que sea el momento ni el lugar y me daría para varios artículos más largos que este, pero si una persona es un enfermo mental grave – ¡ojo con los peritajes interesados que he visto cosas bastante sorprendentes! Sorprendentes hasta el punto de que ante cualquier informe de lo que sea mi primera pregunta ha sido siempre ¿Esto quien lo ha pagado?-. Si una persona es un psicótico o un esquizofrénico grave y comete un delito acorde a su patología, su sitio no debe ser penitenciario. Miren los vascos, por ejemplo, que aún no tienen las competencias penitenciarias. ¿Cuántos enfermos mentales de Euskadi hay en los dos psiquiátricos? Me gustaría saberlo. También me gustaría saber cuál es el porcentaje de enfermos mentales en las prisiones aunque alguna idea tengo tras haber firmado durante años, en distintas cárceles, cuentas en las que iban muchas facturas de medicamentos. Dejémoslo ahí.
Los psicópatas, al poco tiempo de aterrizar en Alicante, la prepararon bien como correspondía a su cartel. Era el día de nochebuena de 1984. Yo era jefe de la oficina de régimen y ese día se trabajaba hasta mediodía. Daniel Ramírez – idealista y buena persona- entra y dice. Vente que vamos a llevar los regalos de nochebuena al módulo uno. Que recuerde íbamos el propio Daniel, Angeles López – magnífica médico psiquiatra y mejor persona también- un educador llamado Becedas y alguien más. Entramos al módulo cargados de espíritu navideño y de pronto, mientras volaban las sonrisas y los villancicos, vemos que dos individuos – Jaime Domenech y Martínez Lazo, he dicho que la memoria es lo único que me funciona bien- tienen cogidos por el cuello a Daniel y a la doctora Angeles. Los amenazaban con un pincho carcelario hecho con una tubería o un grifo aplastados que sin filo pero con rebabas era bastante más peligroso que un cuchillo.

Nos mandan a todos quedar quietos y salen con el director y la psiquiatra hacia afuera, dejándonos encerrados en el módulo. No son profesionales y no se llevan los teléfonos – fijos, que los móviles aun ni siquiera se soñaban-. Avisamos y ¿Quién los esperaba en el control para solventar el secuestro? Dos presos destinos que trabajaban allí como enfermeros con redención día por día. Pozuelo y Cárdenas, con un par de guantazos cada uno, resolvieron en un segundo lo que no supimos resolver los funcionarios. A los secuestradores – las cárceles son como una gran familia en la que uno se encuentra una y otra vez, en distintos sitios, a la misma persona- me los encontré en Nanclares. Allí no secuestraron a nadie. Nos conocíamos.
No fue esa la única que prepararon los psicópatas: vimos, a lo largo de varios días, que había algunos – psicópatas más indefensos y menos bravos- a los que les faltaba una o dos falanges del dedo meñique. ¿Habéis oído hablar de “El cajonero”? Nadie levantaba, no ya la voz, ni siquiera la vista en su presencia. Uno de los tipos más peligrosos que he conocido – y he conocido unos cuantos-. A él le achacaban las mutilaciones que, dicen, llevaba a cabo colocando el dedo pequeño en el marco de la puerta y dando un portazo – puertas metálicas de centro penitenciario-. Bonita y definitiva manera de zanjat deudas y ganarse el respeto y el pánico de los que le rodeaban.
Hoy creo que me he pasado. Baste decir, abreviando, que se fue Martínez Zato, de vuelta a su oficio de fiscal y llegaron Márquez Aranda y otro llamado Blanque Avilés. De ninguno de los dos se ha vuelto a saber nada. Su paso no significó ninguna revolución y ningún avance en las cárceles como quien vino después. Ese sí marcó un antes y un después.
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