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Granada, agosto de 1359
Desde su subida al trono, Muhammad V de Granada había sabido granjearse el afecto del grueso de su pueblo y la lealtad incondicional de su ejército y su séquito. La sinceridad y el don de persuasión mamado de sus mayores, por norma, jugaban a su favor y le abrían puertas vedadas a otros soberanos por razones que caían por su propio peso. No conocía la enemistad fuera de las fronteras nazaríes, incluso con la vecina Castilla mantenía unas relaciones que, lejos del habitual rencor entre cristianos y musulmanes, resultaban altamente provechosas para ambos reinos. No obstante, contaba entre sus familiares más cercanos con un hermanastro que Maryam, segunda esposa de su padre, Yusuf I, había traído al mundo veinte años atrás, un personaje incapaz, zafio, insensible y, aunque fibroso y de buena talla, afeminado en sus movimientos. Ismail, en definitiva, no era persona en la que poder confiar. Junto a su madre habitaba una espléndida residencia que el rey le había cedido próxima a su palacio en la Alhambra. Muhammad necesitaba controlar sus proyectos y sus movimientos, y con el fin de mantenerlos alejados de la vida política y militar que se cocía en la alcazaba les proporcionó como mal menor una cantidad de dinero y riquezas suficientes para vivir varias generaciones rodeados de todo el confort al que aspiraban. Pero el objetivo más ambicioso de Maryam no era otro que ver a su hijo en el trono, y al morir su esposo se las ingenió para apropiarse de una buena parte del tesoro real. Intentando materializar su propósito en un breve espacio de tiempo, aleccionó a una de sus hijas para que su yerno, Abú Abdallá, un conocido, respetado y, por qué no decirlo, sanguinario arráez de la corte, comprase a la guardia y derrocase al sultán.
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