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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

"Retorno del olvido"

Publicado en 13 Enero 2013 por deliriosdeautor

- Retorno del olvido -

 

Manuel Fernando Estévez Goytre

 

La herencia de mi padre no sólo me permitió hacerme asiduo de casinos y clubes de alterne sino también, como punto más destacado en mi lista de prioridades, adquirir un deportivo con el que pulverizar todos y cada uno de mis propósitos y exigencias. ¡Cómo corría aquel Maserati rojo rubí! No había otro vehículo que le hiciese sombra en cien kilómetros a la redonda. Adelantaba y me daba buena cancha para realizar maniobras con una soltura que ponía a prueba la concentracióny la experiencia de los demás conductores. Iba como la seda, sin ruidos, sin holguras, y cambiaba de marcha con una suavidad que me situaba directamente en el pedestal de los más envidiados.


Nunca olvidaré la primera vez que lo conduje. El sol reinaba desde su púlpito y la temperatura primaveral invitaba a disfrutar de los aromas, sonidos y colores que a media mañana ofrecía el campo abierto. Pero aquel día, no sé si por un egoísmo desmedido o por el afán de liberación que empezaba a crecer en mi interior, preferí salir solo, madre, dejarte en casa con Kaiser, coger mi cartera y perderme por el laberinto de caminos y carreteras que me alejaban de la ciudad y que, dicho sea de paso, desconocía por completo. Aún no sabía, ¡qué torpeza la mía!, que estaba empezando a perderte, y no se debía precisamente a los turbulentos veinte años que había cumplido hacía unos meses, ¡qué va!, sino por otras cuestiones que entonces me parecían de vital importancia y me atraían hasta el extremo de hacerme perder la cabeza.


Sin embargo, en aquella ocasión no supe aprovechar la sabia joven y fresca que circulaba a tres carriles por el cableado del motor del automóvil, por sus tubos y válvulas, ¡la inexperiencia propia de mi juventud me impedía conocer su potencial!, y el traje de sus caballos y su cilindrada me quedaba exageradamente grande. Amodorrado en el asiento, las luces y las sombras que se paseaban por mi imaginación me obligaron a detenerme en el área de descanso de la autopista, donde no encontré más que personas en mis mismas condiciones, hombres y mujeres que desprendían soledad por los cuatro costados y cuya vitalidad, en ocasiones, se veía reducida a rescoldos que algunos trataban de maquillar con incentivos en estado gaseoso. «Harán falta al menos cinco o seis sesiones para empezar a conocer las posibilidades del carro», pensé, y en unas semanas mis escapadas dejaron de ser una excepción para convertirse en rutinarias. Fue entonces cuando me tiré de cabeza al barro más oscuro y húmedo y pisé el acelerador a fondo para no volver a levantar el pie de él. Me había acostumbrado a la velocidad y el vértigo, pese a la insistencia de mis mejores amigos para que circulase con precaución.


            Ya no me acordaba de lo mucho que te amaba, madre, de cuánto te admiraba, de las tardes y noches que permanecía con la boca abierta y la mirada clavada en tus labios de gelatina mientras te escuchaba desgranar cada detalle de aquellas fascinantes historias familiares, siempre sentada en tu butaca orejera al calor de la chimenea; había olvidado tu preocupación por el aseo y la elegancia con que portabas tu echarpe beige y, ¡cómo pasarlo por alto!,el olor de tu perfume, que inundaba el salón con orgullo y trataba mi olfato a cuerpo de rey. Ya no tenía una actividad que optimizase mi horizonte, ni siquiera sabía cómo parchear los agujeros que la soledad y el abandono iban dejando en mi vida. Atrás quedaban los amigos del barrio y las musas que tantas letras me habían inspirado desde mi más tierna infancia, atrás las fiestas de la universidad y los largos paseos por el parque, siempre acompañado de ti y de Kaiser, que no paraba de hacernos fiestas cuando intuía próxima su salida. Le poníamos la correa y dejábamos que nos guiase por los recovecos que tan bien conocía, entre los árboles y las flores donde jugaba con los demás cachorros. Y su pelota…, cuando la lanzaba se deshacía por recuperarla y devolvérmela. ¡Una y otra vez! ¿Cómo pude olvidar aquellos días, si nadaba en abundancia y felicidad?


Pero el Maserati, ¡ay, el Maserati!, me traía de cabeza. Ver la aguja de su velocímetro trazar una curva de ascenso me producía un subidón de adrenalina que ni yo mismo creía. ¡Ochenta!, «Qué lento voy», ¡cien!, «el motor me pide un cambio de marcha», ¡ciento veinte!, «esto ya es otro cantar», ¡ciento cuarenta!, «la carretera es mía…», ¡ciento sesenta!, «… y soy el rey», ¡doscientos! «¡ah… doscientos!, me siento general al mando de su ejército», ¡doscientos cuarenta…! «el motor no da para más», ¡doscientos cuarenta…! ¡doscientos cuarenta…! Me atrevía con todo, hasta que llegó un punto en que la autopista se quedó pequeña, se doblegó a mi forma de conducir.


Las carreteras de montaña se me antojaban interesantes y divertidas, y entrar en una curva a ciento cincuenta me proporcionaba un placer que anteriormente no conocía. No veía peligro en mis acciones, parecía como si el miedo y el respeto hubiesen dejado de existir en mi vida. ¡Claro, el cerebro me funcionaba al trescientos por cien de su capacidad! Y las calles de la ciudad… ¡Cristo!, a día de hoy no entiendo cómo podía recorrerlas a tan alta velocidad, saltándome a la torera semáforos e indicaciones. Así me temían todos y se apartaban a mi paso en cuanto me veían aparecer. ¡Lógico!, de no hacerlo habría atropellado a más de uno y me habría dado a la fuga dejándolo tirado sobre un charco de sangre. Y las plazas y rotondas… ¡Cómo derrapaba en ellas! Me dejaba los neumáticos en el asfalto. Me había vuelto egoísta, cierto, no pensaba más que en mí mismo, nunca en el daño que podía ocasionar a los demás.


En ocasiones, mis viajes eran largos, tal vez demasiado, y profundos, ¡lo reconozco!, y las tabletas redondas que siempre me acompañaban y se suponía mitigaban mis dolores desfiguraban la inspiración que antaño había conseguido hacer de mí un creador nato. Mi expresión perdía vigor cada día, se oscurecía sin remedio, y cientos de cristales microscópicos impregnaban la piel de mi antebrazo, ya completamente agujereado y amoratado.


            Con el deportivo conocí chicas que abusaron sin pudor de mi generosidad y me invitaron a fiestas de las que más tarde tendría que arrepentirme. Llegó un momento en que en él se me trababa la lengua y no podía, no sabía comunicarme con mis semejantes. ¡Había absorbido completamente mi tiempo y mi vida! Cuando finalizábamos la sesión y lo abandonaba me quedaba con los huesos entumecidos y trastabillaba por donde iba. ¡Tropezaba a cada instante! Me sentía incómodo e inútil en otro sitio que no fuera su asiento de terciopelo. Fue entonces cuando noté que el motor hacía un ruido ronco que no me gustaba nada, y al respirar el aire que despedía el tubo de escape empecé a toser y mis pulmones a resentirse, «¡mi corazón, buf…y mi estómago!» Me preocupé, me asusté incluso, y me acordé, «¡mis musas!, ¿dónde están?», e intenté apearme una y otra vez sin llegar a conseguirlo del todo. Mientras me encontraba en tierra de nadie quise retomar la escritura, pero ya no recordaba cómo hacer la “o” con un canuto. Tomé, entonces, la decisión tajante de levantar el pie del acelerador y buscar aparcamiento. «¡A vida o muerte!», me impuse. Después de un tiempo de continuos temblores y un sudor frío cuya duración ni viene a cuento ni sabría precisar, dejé el coche en la puerta de casa, en el mismo lugar donde lo había puesto en marcha la primera vez. Salí y llamé al timbre, pero nadie me abrió. Nervioso, repetí varias veces la operación, y nadie dio señales de vida. Cansado de esperar, giré la cabeza y encontré la correa de Kaiser colgada en la pared, en la misma armella de siempre, y su comedero vacío. «¿Qué ha sido de ti –pensé-, mi fiel cachorro?» Con la mano trémula y una alta dosis de ansiedad apoderándose indiscriminadamente de mi alma introduje la llave en la cerradura y mi garganta se resecó cuando respiré los ácaros que se levantaron al abrir la puerta. Unos implacables rayos de sol acuchillaron el vestíbulo y tu butaca orejera se iluminó en un instante en que el cielo me cayó a plomo encima. Sobre ella descansaba tu echarpe, sucio y arrugado, polvoriento, y comprobé con igual nostalgia que pesadumbre que la humedad y el vacío habían acabado con el aroma de tu perfume y de tu imagen no quedaba más que un triste recuerdo que mi mente no era capaz de representar con nitidez.

 

Granada, Enero de 2013

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