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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

La explosión (relato)

Publicado en 24 Diciembre 2017 por deliriosdeautor Manuel Fernando Estévez Goytre

La explosión - El suelo tembló bajo mis pies. La temperatura se elevó de un modo insolente y sentí un fogonazo de luz que cargó contra mi vista con premeditación y alevosía. No sabría decir si el accidente había sido provocado por una explosión de gas, un atentado terrorista o el impacto de un coche contra otro. El aire vibraba rabioso a mi alrededor. Entre el polvo que levantó la detonación y el humo espeso del fuego que abrasó la calle, escuché una serie entrecortada de gritos y llantos que no conseguí descifrar. La gente corría despavorida de un lado a otro sin rumbo fijo y se echaba las manos a la cabeza. -¿Te encuentras bien? –preguntó una señora de facciones suaves y mirada dulce, mientras acariciaba mi mejilla y me tendía su otra mano-. ¿Puedes levantarte? No respondí. Lo intenté pero no pude hacerlo, sentí que las palabras se perdían en el laberinto de luces y sombras que envolvía mi cabeza. Entonces vino la confusión. Todo comenzó a girar vertiginosamente a mi alrededor, como un torbellino que arrastraba cuanto encontraba a su paso. Mil destellos alucinantes colorearon mi entorno y una melodía preñada de paz acarició mis oídos. Quise volver a la realidad, pero no vi a nadie. Mientras me elevaba sobre mi cuerpo, observé cómo un coche alargado estacionaba a dos metros de distancia. De él bajaron dos tipos que vestían pijama blanco y calzaban cómodos zuecos; me examinaron y me metieron en una bolsa de plástico. Después, silencio, oscuridad, ingravidez... y la señora de facciones suaves, rodeada de un halo de luz que me iluminaba el camino a seguir.

La explosión - El suelo tembló bajo mis pies. La temperatura se elevó de un modo insolente y sentí un fogonazo de luz que cargó contra mi vista con premeditación y alevosía. No sabría decir si el accidente había sido provocado por una explosión de gas, un atentado terrorista o el impacto de un coche contra otro. El aire vibraba rabioso a mi alrededor. Entre el polvo que levantó la detonación y el humo espeso del fuego que abrasó la calle, escuché una serie entrecortada de gritos y llantos que no conseguí descifrar. La gente corría despavorida de un lado a otro sin rumbo fijo y se echaba las manos a la cabeza. -¿Te encuentras bien? –preguntó una señora de facciones suaves y mirada dulce, mientras acariciaba mi mejilla y me tendía su otra mano-. ¿Puedes levantarte? No respondí. Lo intenté pero no pude hacerlo, sentí que las palabras se perdían en el laberinto de luces y sombras que envolvía mi cabeza. Entonces vino la confusión. Todo comenzó a girar vertiginosamente a mi alrededor, como un torbellino que arrastraba cuanto encontraba a su paso. Mil destellos alucinantes colorearon mi entorno y una melodía preñada de paz acarició mis oídos. Quise volver a la realidad, pero no vi a nadie. Mientras me elevaba sobre mi cuerpo, observé cómo un coche alargado estacionaba a dos metros de distancia. De él bajaron dos tipos que vestían pijama blanco y calzaban cómodos zuecos; me examinaron y me metieron en una bolsa de plástico. Después, silencio, oscuridad, ingravidez... y la señora de facciones suaves, rodeada de un halo de luz que me iluminaba el camino a seguir.

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