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Delirios de autor (el blog de Manuel Fernando Estévez Goytre)

Blog dedicado al autor Manuel Fernando Estévez Goytre y su obra

Pavo de Navidad (relato)

Publicado en 24 Diciembre 2017 por deliriosdeautor Manuel Fernando Estévez Goytre

 - Pavo de Navidad -  Tía Piedad retira el pavo del horno y lo coloca en una bandeja. Su olor incendia deliciosamente el ambiente. La vajilla de porcelana descansa sobre el mantel de hilo blanco y los cubiertos de plata bailan alrededor de los platos. Doce sillas de felpa vigilan la mesa ovalada y doce comensales acomodamos nuestras posaderas en ellas. Inyecto el sacacorchos en la botella de vino, la abro y lo sirvo. Papá nos dejó hace tiempo y es Mamá quién pronuncia el brindis. Hermosos cuencos de canapés adornan la mesa y una cataplana de marisco hace del primer plato una colorida y vistosa fiesta. Inolvidable. Mi esposa sirve una sopa vaporosa que nos calienta el alma. Sabrosísima. Un cochinillo compite con el pavo por el centro de la mesa, ambos tendidos en fuentes blancas. El pavo, desde su lecho, observa mis movimientos con recelo, sus ojos vacuos y sus entrañas tan rellenas de exquisiteces que parece reventar. En su parte trasera, un pimiento rojo se ahoga en la salsa, dos trocitos de remolacha alargada decoran su cabeza y sus patas parecen sujetar un tenedor. Miro sus ojos y sigue observándome. La venganza parece rondar por la aureola argéntea y trémula que lo rodea. Flavia, la mayor de mis hermanas, pregunta a los comensales si prefieren pavo o cochinillo. Sólo mi hermano Aarón y yo comemos pavo. Mientras Flavia lo parte, el animal se retuerce entre la salsa, densa y olorosa. Por un momento me parece una serpiente. Acabo el plato. Exquisito… Sin embargo, unas intrépidas y amargas arcadas trepan por mi esófago. Me noto pesado. Me siento en la butaca y no me muevo en toda la noche. Hoy, día de Navidad, me encuentro en la cama, mi barriga hinchada y mi conciencia sucia. Mi hermano, Aarón, también.

- Pavo de Navidad - Tía Piedad retira el pavo del horno y lo coloca en una bandeja. Su olor incendia deliciosamente el ambiente. La vajilla de porcelana descansa sobre el mantel de hilo blanco y los cubiertos de plata bailan alrededor de los platos. Doce sillas de felpa vigilan la mesa ovalada y doce comensales acomodamos nuestras posaderas en ellas. Inyecto el sacacorchos en la botella de vino, la abro y lo sirvo. Papá nos dejó hace tiempo y es Mamá quién pronuncia el brindis. Hermosos cuencos de canapés adornan la mesa y una cataplana de marisco hace del primer plato una colorida y vistosa fiesta. Inolvidable. Mi esposa sirve una sopa vaporosa que nos calienta el alma. Sabrosísima. Un cochinillo compite con el pavo por el centro de la mesa, ambos tendidos en fuentes blancas. El pavo, desde su lecho, observa mis movimientos con recelo, sus ojos vacuos y sus entrañas tan rellenas de exquisiteces que parece reventar. En su parte trasera, un pimiento rojo se ahoga en la salsa, dos trocitos de remolacha alargada decoran su cabeza y sus patas parecen sujetar un tenedor. Miro sus ojos y sigue observándome. La venganza parece rondar por la aureola argéntea y trémula que lo rodea. Flavia, la mayor de mis hermanas, pregunta a los comensales si prefieren pavo o cochinillo. Sólo mi hermano Aarón y yo comemos pavo. Mientras Flavia lo parte, el animal se retuerce entre la salsa, densa y olorosa. Por un momento me parece una serpiente. Acabo el plato. Exquisito… Sin embargo, unas intrépidas y amargas arcadas trepan por mi esófago. Me noto pesado. Me siento en la butaca y no me muevo en toda la noche. Hoy, día de Navidad, me encuentro en la cama, mi barriga hinchada y mi conciencia sucia. Mi hermano, Aarón, también.

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