Granada antigua y el reino nazarí
(Por Manuel Fernando Estévez Goytre)
XII.- Muhammad II (El Alfaquí, 1273-1302)
Muhammad II (1273-1302) hereda el emirato nazarí con sus pros y sus contras en un momento en que la dinastía está plenamente establecida en Granada. Gracias a las tareas de gobierno desempeñadas como visir en los años inmediatamente anteriores, toma el relevo de su padre abalado por una gran experiencia en los aspectos político y militar. Su reinado se caracteriza, como otros muchos de la época, por una inestabilidad constante y por los pactos alcanzados con cristianos y musulmanes, tanto de la Península como del norte de África. Bajo su mandato se consolida la alianza con los meriníes del actual Marruecos, lucha por el control del Estrecho y refuerza el ejército, estableciendo un cordón militar en torno a las fronteras que impide o dificulta en buena medida la entrada del enemigo. Reconocido poeta, amante del arte y la cultura y profundo conocedor de la religión y las leyes, dedica buena parte de su tiempo a levantar edificios para la ciudad y embellecer otros construidos por sus predecesores. Si su padre fija en su día la residencia real en la Alhambra él restaura las murallas y reconstruye la torre de la Vela y la del Homenaje, levanta una de las mezquitas del Albayzín, ordena la construcción del Generalife, el Cuarto Real de Santo Domingo y las obras para que el agua del río llegue a la colina de la Sabika.
El primer objetivo que se fija es detener la sublevación de los tres walíes mencionados: los gobernadores de Málaga, Guadix y Comares. Pero su actitud se ve seriamente condicionada por la situación política y para conseguir una paz sólida se ve obligado a renovar la tregua con Castilla a cambio del pago de unas parias desorbitadas (300.000 maravedíes al año). Sin embargo, los meriníes arrasan los campos castellanos, unas devastaciones que Sancho VIII se empeña en frenar gracias en parte al bloqueo naval del Estrecho. Así, mientras los nazaríes encuentran la paz, los meriníes están embarcados en una guerra cuya primera fase se extiende hasta 1286.
Como el levantamiento de los walíes no queda definitivamente zanjado y ciertos cortesanos, bajo la excusa de no recibir los cargos que merecen, se pasan al bando contrario, Muhammad, acompañado de algunos nobles castellanos (por supuesto musulmanes), parte de Granada con el objetivo de librar una batalla contra los gobernadores rebeldes. Como quiera que a Alfonso le llegan noticias de que Muhammad recibe ayuda de su hermano don Enrique y de don Nuño de Lara, cita al nazarí en Sevilla para tratar personalmente la cuestión y con objeto de ganarse su confianza lo arma caballero cristiano. Durante la ceremonia, doña Violante, esposa de don Alfonso, pide a Muhammad que dé un año de tregua a los tres walíes, impida que los exiliados castellanos se refugien en la capital nazarí y medie para que la nobleza granadina se mantenga fiel a Castilla. De esta forma Muhammad, si bien debe continuar pagando las parias a los cristianos, libera a Granada de la obligación de colaborar militarmente con Castilla.
Pero en la práctica, lo que pretende don Alfonso una vez pasado el año es prorrogar el periodo por otros de igual duración y mantener a Granada en una inacabable guerra civil con los walíes que desgaste a ambos ejércitos y deje sus arcas vacías. Muhammad es consciente de ello, de manera que durante la entrevista permanece con los ojos muy abiertos y en consecuencia no se llega a concretar nada. El emir nazarí manda llamar a su katib para redactar una carta requiriendo la ayuda de Abu Yusuf, el rey benimerín, para actuar a dos bandas contra los walíes y contra los cristianos.
Abu Yusuf, al mando de un poderoso ejército, no ve inconveniente en cruzar el Estrecho, emplazar en Málaga a los tres walíes y presionarlos para que se posicionen de parte de Muhammad. Los gobernadores, una vez arrinconados y convencidos, conciertan una cita con el rey nazarí en Marbella. Al soberano benimerín, como antesala para entrar en Sevilla, le toca ahora atacar Écija, batalla de la que consigue salir victorioso. Muhammad se une a los tres walíes y juntos atacan tierras de Jaén, consiguiendo posteriormente un aplastante triunfo en Martos.
Pero Alfonso, recién llegado de Francia, lugar donde busca alianzas e intenta mover las piezas necesarias para convertirse en emperador, corta el paso a los benimerines colocando parte de su flota en el Estrecho. Acto seguido, a través de ciertas acciones diplomáticas más que militares, pacta con estos y con los walíes (pero no con los granadinos), y se hace con la plaza de Málaga.
Muhammad, viendo lo que se le viene encima, decide blindar sus fronteras para protegerse de un posible invasor. A partir de este momento se abre un periodo de paz tensa en el que en Granada prolifera el arte, la cultura, la teología, la filosofía, la ciencia, la medicina y la fabricación de utensilios como el astrolabio o la tabla astronómica. La ciudad nazarí se convierte en cuna de sabios y poco a poco se va haciendo realidad la idea de construir la madraza y el maristán, proyectos muy deseados desde el comienzo de la dinastía. Entre poetas y músicos, Muhammad es consciente de que para garantizar la subsistencia del emirato es necesario granjearse la confianza, por un lado de los reinos de Castilla y Aragón, por otro de los benimerines y de las tribus magrebíes. Pero también es cierto que la formación religiosa de don Alfonso le impide aceptar la permanencia de los benimerines en la Península, razón por la que envía su potente armada al Estrecho y lo vuelve a bloquear a fin de impedir el suministro de armas y dinero que los norteafricanos asentados en Málaga reciben de su soberano. Muhammad, siempre ojo avizor, aprovecha la tesitura y obliga al gobernador malagueño a entregar la ciudad a cambio de Salobreña, Almuñécar y una buena cantidad de dinero.
Por otra parte, los tripulantes de las galeras atracadas en el Estrecho muestran su hartazgo por la ampliación de la labor de vigilancia frente a las costas africanas y, debido al tedio y a la confianza adquirida con el paso del tiempo, abandonan sus posiciones con excesiva frecuencia. Abu Yusuf, que recibe información periódica desde Tánger, los ataca y vuelve a tomar Algeciras.
Entre tanto, las luchas entre Castilla y Granada continúan y Muhammad toma la decisión de atacar a Sancho en Moclín. Su padre, Alfonso, indispuesto con su hijo por la derrota en la batalla, anticipándose a la herencia que ha de dejarle, decide desmembrar el reino, y el heredero de la Corona de Castilla no reacciona de otra forma que incapacitando a su padre y pactando con el rey de Granada a fin de mantenerlo a raya. Alfonso entonces firma una alianza con Abu Yusuf y los benimerines, reunidos en Sevilla, parten hacia Córdoba. Pero como entre ellos hay más desconfianza que fidelidad, Alfonso marcha por un lado a Sevilla y Abu Yusuf, por otro, a Algeciras.
Como hemos dicho al comienzo de este capítulo, el reinado de Muhammad II se caracteriza por la inestabilidad y por los continuos pactos con unos y con otros. Así, a la muerte de Alfonso, Sancho y Abu Yusuf continúan con sus disputas. El benimerín, por su parte, comprendiendo que lo que prima es la religión, propone una nueva alianza con Muhammad y los tres walíes, pero estos desconfían de Muhammad y se alían solo con Abu Yusuf, que marcha a Málaga y, sin esfuerzo, es nombrado señor de la ciudad, falleciendo poco después en Algeciras.
A Abu Yusuf le sucede su hijo, Abu Jacob. Mientras este permanece en África intentando organizar su reinado, Muhammad persuade al walí malagueño para que le ceda la ciudad a cambio de una elevada cantidad de riquezas. Pero esta maniobra provoca su enemistad con el benimerín y se ve obligado a posicionarse de lado de los castellanos. La armada de Abu Jacob, preparada en la costa africana para zarpar, es atacada por las galeras cristianas y destrozada in situ.
Pero don Juan, hermano de don Sancho, se presenta al rey de los benimerines para ofrecerle ayuda. El emir pone a su disposición un nutrido ejército, pero no es suficiente para tomar Tarifa, su objetivo inmediato. A la muerte de don Sancho, Abu Jacob, cansado de tanta batalla, toma la decisión de dejar de guerrear en la Península, y los walíes, que ya no cuentan con la ayuda del emir, no tienen más remedio que rendir pleitesía a Muhammad.
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