De videntes, columnistas y eventos literarios
Hay personas que deberían dedicarse a la práctica de la videncia, echar las cartas o leer las líneas de las manos en la puerta de cualquier monumento nacional de nuestra querida España. Qué duda cabe. Aunque me temo que alguno de ellos (al menos Pedro Nuño, el señor del que hablaré a continuación, por darle un tratamiento que por supuesto no merece) fracasaría en el primer intento y dejaría una estela de mentira, suciedad y mal rollo no solo en este gremio, tan digno como otro cualquiera (Dios me libre de pensar lo contrario), sino también en el de periodistas, críticos y columnistas, entre otras ocupaciones ligadas a la información.
Recibo un mensaje con una fotografía de la columna que Pedro escribe en el diario El Mundo. Hasta ese punto todo se desarrolla con normalidad. Sin embargo, lo que leo a continuación me deja estupefacto. Sin palabras. Hay algo que no encaja en esta madeja de breves sucesos y no sé si pensar que no he leído bien el texto, me estoy volviendo loco o, incluso y Dios no lo quiera, me encuentro en una fase de pre-demencia senil. Lo leo una, dos, tres veces... Después de rascarme los párpados y estrujarme el cerebro en busca de la lejana posibilidad de encontrar un mensaje coherente oculto entre las líneas, que dicho sea de paso aún no acabo de asimilar, pienso en el daño que hacen personas (ejem...) de esa calaña en su profesión. Me llevo las manos a la cabeza y me escucho a mí mismo diciendo: Dios nos coja confesados.
Pedro Nuño de la Rosa, el tipo, el susodicho o como queramos llamarlo, se atreve a hacer una crítica incongruente y completamente fuera de lugar y de fecha sobre una velada literaria de época (me da la impresión, por las formas con las que trata el tema, de que le habría gustado ser el organizador del acto) que aún no ha tenido lugar, pues la misma está programada en el alicantino restaurante El Maestral para el próximo 9 de agosto.
Desconozco el proceso de documentación, escritura y posterior publicación que utilizan estos profesionales (si es que de profesional puede tildarse al señor Nuño; tal vez le venga algo grande ese traje), pero este individuo acaba de perder, por parte del que suscribe estas líneas, el respeto y la admiración que se le pueden profesar a un columnista antes siquiera de leer el segundo de sus trabajos, porque, visto lo visto, no pienso hacerlo en tiempos venideros.
Cabe decir (y he aquí la enjundia, el clímax o el pico más alto de este comentario) que el señor Nuño no solo ha anticipado milagrosamente la fecha del evento que nos ocupa, sino que se ha atrevido a afirmar que la cena fue muy divertida, que los comensales iban disfrazados a la usanza de final del siglo XVIII y principio del XIX y bla, bla, bla... Una prueba fehaciente de que el susodicho escribe sus columnas no ya sin asistir a los actos que disecciona en ellas bisturí en mano, sino antes, incluso, de que se hayan celebrado. Con personajes como este, ¿quién necesita acudir a un vidente?
Alicante, 28 de julio de 2019
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