Ya tenemos encima las vacaciones, algo que a los jubilados nos trae al fresco. Tengo un amigo que dice: Hoy he descansado por partida triple, por confinado, porque es festivo y por jubilado. En esas estoy yo. Dadas las vacaciones y la calina que está cayendo, aunque hay sitios peores que Alicante, dejaremos a Infoprisiones descansar en la temporada veraniega que no está bien hacerse pelmazo y hay que seguir las instrucciones de Baltasar Gracián: Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Habíamos dejado nuestra historia penitenciaria en la llegada de Antonio Asunción, sin ningún género de dudas el mejor gestor penitenciario del siglo XX, incluido García Valdés que marcó un hito con la creación de la Ley General.
Habíamos dejado a Antonio – subtitularon el artículo anterior, los motines de principios de los 90- con las grandes trifulcas carcelarias que montaron unos cuantos listos y psicópatas como ellos solos -leed de nuevo ese artículo de los motines- y con la creación del FIES.
Eso no era sino un fichero administrativo para tener controlados – no olvidemos que las cárceles son una institución de control total- a distintos colectivos susceptibles de crear verdaderos y grandes problemas: internos muy conflictivos, grandes narcos, delitos de notoria repercusión social, funcionarios y cuerpos de seguridad, etc…
El FIES, impuesto no por un capricho de Asunción ni de quienes nos reunimos con el decenas de veces para crearlo – no daré los nombres pero me acuerdo de todos- fue la percha de los palos desde el minuto uno. Todos los supuestos defensores de los derechos humanos se tiraron al cuello y, a punto estuvo de costar un disgusto serio, pues una jueza de Sevilla procesó y llevó a juicio a varios directivos de prisiones por entender que había rigor innecesario en este control absoluto y riguroso de presos extremadamente peligrosos. En El País de 17-julio-1996 está la sentencia absolutoria de la Audiencia Provincial.
Personalmente he sido siempre defensor escrupuloso de los derechos humanos, pero también lo he sido del orden y del respeto a los derechos de los otros – siempre los más débiles- en los centros penitenciarios. ¿Tenemos que defender solamente los derechos de los más violentos, de los que roban, extorsionan, apuñalan y matan a sus propios compañeros o a los funcionarios y dejarlos que se pasen todo por el forro, amparados en esos “derechos”?
Echen un vistazo por la historia de los motines y verán el acierto de ese régimen Fies. Realmente eran ochenta o noventa individuos altamente peligrosos quienes se habían adueñado de las cárceles y campaban a sus anchas mientras que todos los demás vivían atenazados por el miedo. Mi concepto de Justicia dista mucho del “café para todos” o de “tratar a todos igual”. Justicia es tratar a cada uno como se merece y, desde luego, defender siempre al más débil del abusón y del avasallador, del Kie, del más macarra y más violento en la cárcel y os puedo asegurar que, después de cuarenta años, sé de qué estoy hablando.
No se me olvida el acojono real y verdadero, la tragedia que se mascaba por momentos y cómo, en la sexta planta de Alcalá 38. Allí preparaban la defensa de los encartados en el gran lío del Fies en Sevilla. Dirigía ese cotarro mi profesor de penal – al que recibí varias veces como abogado, siendo yo Director de Picassent- Javier Boix, que también tuvo que intervenir – no olvidemos que Antonio Asunción era valenciano- en algún otro marrón sonado que algún día contaré.
De todas maneras, la cabeza de Asunción era demasiado potente como para quedarse solo en los motines y las grandes broncas que unos cuantos psicópatas liaban, cada día, en una cárcel distinta. Asunción pensaba en cosas más complicadas, era un hombre tan honrado como ambicioso político, y las encontró.
Hasta que llegó él, todos sin excepción pensaban que cuando caía preso un terrorista, ya se terminaba su historia. Estaba en la cárcel y punto final. En el 88 en España campaban por sus respetos los etarras, los grapos, los comandos autónomos anticapitalistas y algún otro grupúsculo de menor importancia, aparte de bandas contadas de ultraderecha, cada vez más marginadas.
Os voy a dar una exclusiva, para vosotros, penitenciarios. Dentro de poco saldrá un libro escrito por Juan Antonio Marín Ríos. Estad atentos y leedlo. Ese sí que sabe. No como tantos criminólogos y etarrólogos de salón, que hablan y escriben y no han visto un terrorista, ni un asesino, ni un violador múltiple salvo en los carteles que antes había en las estaciones de tren.
Seguimos. Asunción se dio cuenta de que los terroristas, incluso en la cárcel, eran un tesoro para el Estado y para la lucha contra el terrorismo que era su tarea cuando estaban en libertad: matar, secuestrar, extorsionar, causar estragos…, lo que ellos llaman “guerra asimétrica y liberadora”.
En una reunión de directores, a principios de los noventa y de la que me expulsaron por insultar con un calificativo no reproducible a uno de los que estaba allí, Asunción anunció el gran giro de la institución: las cárceles dejaban de ser un almacén de terroristas caídos y arrumbados sine die, y pasaban a ser uno de los pilares esenciales de la lucha contra el terrorismo. En las prisiones, a partir de ese momento, los terroristas no iban a estar vegetando y siendo vigilados y manipulados por su entorno, los terroristas iban a ser estudiados minuciosamente, uno a uno y de ahí, el Estado iba a sacar partido.
Hasta Asunción, los terroristas estaban agrupados en unas cuantas prisiones: Soria, Herrera, Zamora los grapos – hasta que los sacaron por la famosa fuga que ya conté- , y poco más. Esto facilitaba mucho la labor de la llamada izquierda abertzale, del MLNV- Aznar llamó a ETA Movimiento de Liberación Nacional Vasco en un afán de darle jabón, cuando ETA solo era la punta de lanza de ese movimiento, la vanguardia armada que decían ellos y el movimiento era algo mucho más amplio y complejo-.
Ese movimiento controlaba a sus presos fundamentalmente a través de dos mecanismos: los abogados, que ejercían como “abogados de ETA” – noten la diferencia entre el sentido subjetivo y objetivo del genitivo “de ETA”-, y los familiares que eran controlados en las excursiones semanales que hacían a cada prisión y sometidos al pase de lista y a la catequesis antes, durante y después de cada viaje. Yo, no nadie sino yo con estos oídos que dentro de poco irán a parar al crematorio, he oído quejarse a algunos – cuyo nombre no diré-: “oiga, es que si uno no va a la cárcel tal o cual, a montar el número en los alrededores con los cohetes y las pancartas, o no acude a la manifa, vienen a pedirle explicaciones”. El control social de la sociedad vasca en ese terreno, la presión, ha sido terrorífica y también podría dar nombres.

Asunción se cargó de un plumazo el estatus de todo el Movimiento y su manera de hacer cómoda. Se terminaron las procesiones a Soria y a Herrera y ETA tuvo que multiplicar sus comisarios políticos, uno por cada cárcel al menos, para evitar la desbandada y seguir afirmando con letras gordas en el Egin que “el colectivo de presos es un piña”.
En una carta intervenida por un servidor – aún no diré a quién- confesaba un etarra con una mezcla de nostalgia y alegría: “de la piña no queda ni el zumo”.
Asunción tuvo la genial idea de la dispersión. Reunirlos a todos en un par de cárceles – se pensó en su momento- era una manera de tenerlos controlados, con muchas medidas de seguridad y a menor coste. Dispersarlos fue la gran idea para acabar con la banda. Por eso, hoy, que ETA no existe, no tiene sentido la dispersión porque no se pensó como castigo añadido sino como herramienta para derrotar la organización, unida a otras herramientas del Estado.
Lean el libro de Marín, que fue uno de los primeros organizadores, un funcionario ejemplar y sabio, de ese asunto.
El éxito más sonado de la dispersión – inútil sin la otra cara que era la reinserción por más que la derecha ladrara continuamente contra ella- fueron las llamadas “cintas de Nanclares”. En ellas, dos miembros destacados de ETA, criticaban a la organización con ocasión de dos atentados especialmente odiosos: la muerte del niño Fabio Moreno por una bomba lapa en el coche de su padre en Erandio y la gravísima mutilación de Irene Villa también por una bomba en el coche de su madre.
Isidro Etxabe y Jon Urrutia criticaron esos atentados con un par de cojones. No entro en lo que hicieron antes, sé lo que hicieron en ese momento. Nadie hablaba, nadie se atrevía porque aún era fresca la memoria de Yoyes. Ellos se atrevieron y ahí le entró a la banda un auténtico torpedo en la línea de flotación que propició su hundimiento definitivo. Con esas conversaciones empezó y se hizo grande la llamada “vía Nanclares”. Algunos se habrán intentado colocar medallas que no ganaron. Yo sé que la inventó Antonio Asunción y sé quiénes la hicimos. Luego, en tropel y al grito de ¡maricón el último!, querían hablar todos pero en el noventa, con el clima de terror plenamente instalado no hablaba ni Dios, solo Etxabe y Urrutia. Ya les contaré.
Hoy vamos de libros y les voy a dar, a mis tres amigos de Infoprisiones, Francisco, Luis y Gonzalo, otra exclusiva. En enero saldrá otro libro. Os prometo que seréis los primeros en saber día y hora de su salida a la palestra. Me va a traer problemas, no dinero que es algo que jamás me ha interesado, pero como dice mi buen amigo Juan Alberto Belloch, otro grandísimo ministro, a ver si estos aprenden: si no decimos lo que pensamos a los cincuenta años ¿a cuándo vamos a esperar? Lo que pienso lo escribo en ese libro, unos cuantos años más tarde de los cincuenta pero libremente y sin miedo a nada.
Asunción se murió literalmente en mis brazos – sin mariconadas, pero en mis brazos- a primeros de marzo de 2016 en el Instituto Valenciano de Oncología. No había nadie más. Un hombre que había tenido pelotas y serviles arrastrándose tras él a montones, estaba solo conmigo en la UCI, sin nadie más. Hablábamos de todo un poco para distraerlo de la que se le venía encima irremediablemente, contábamos historietas de abuelos cebolleta y hablábamos de nuestras batallas con ETA. Se quejaba de mucho dolor en las piernas antes de empezar a apagarse, cuando llamé a la médico para que le inyectara un calmante, y me dijo – casi me hizo prometer-: “escribe esto, Manuel, que es historia de España que nadie conoce salvo nosotros”. Cuento la verdad, lo que vi en primera línea y no voy a decir más, así os dejo con la intriga o con la miel en los labios, que dicen los poetas.
De los últimos grandes cargos de prisiones no puedo hablar porque me falta perspectiva histórica. Paz Fernández Felgueroso parecía una abuelita bonancible y simpática, pero era una mujer enérgica e inteligente además de bondadosa. Venía curtida de altos cargos anteriores – cambió por ejemplo la bolsa que pesadamente arrastraban los carteros por esos carros con ruedas que llevan ahora-. David Beltrán era un fiscal comunicador y buena persona y también el cáncer lo quitó de en medio prematuramente. Mercedes Gallizo entró en la casa teniéndonos a todos de uñas, pero con inteligencia y dulzura, con mano dura también – fue la que se atrevió a cesar a Jesús Calvo en Meco, algo que nadie hizo, aunque lo llevaba años mereciendo. Ya contaré la historia entera algún día, cuando pase algún tiempo. La derecha, como siempre, hablaba de purgas. Ellos que son los primeros especialistas en purgar. Solo por eso, Mercedes merece mi admiración-. Gallizo se hizo con la casa que la recibió como sospechosa de todo y aprendió a quererla y a valorar, enamorada, la dificultad del trabajo de los funcionarios. Virgilio Valero y Antonio Puig fueron sus dos directores entregados, trabajadores y honestos.

De Ángel Yuste no diré nada. Tampoco de sus ministros de derechas: Oreja, Rajoy, Zoido y ese al que el ángel de la guarda le buscaba aparcamiento. Antonio me contó cómo y porqué se lo recomendó a Mayor Oreja, cuando un ultraderechista se propugnaba y tocaba todos los palos posibles para hacerse con el cargo. No diré nada de Yuste, fiel administrativo de los ministros de derechas citados, salvo que su mayor y no sé si su único acierto, fue nombrar inspectora general a Ana Zacher. He perdido la pista profesional a esta señora, una mujer inteligente, resolutiva, trabajadora y valiente. Una técnico que, sin llevar muchos años en la casa, conocía perfectamente, como solo la intuición femenina sabe hacerlo, y ponía a cada uno en su sitio con una inusual firmeza. Supo hacer a su jefe inmediato mejor de lo que era.
Penitenciarios, pasad feliz verano.
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